Háblame de amor Capítulo 17. Hasta el Martes de Ceniza
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Capítulo 17. Hasta el Martes de Ceniza

Hasta el Martes de Ceniza

V enecia, diciembre siglo xvi

La luna se columpiaba entre las nubes que no dejaban ver del todo lo que ocurría.

Las máscaras se anticipaban a cualquier devaneo. Estaban para ocultar a quienes guardaban sus secretos. La música se escuchaba desde muy temprano. Acróbatas y malabaristas apegados a la tradición se preparaban de antemano a conquistar al público con sus brillantes actos.

Sin embargo, se esperaba más de esta celebración. Encuentros sorpresivos que proporcionaran momentos de placer en la oscuridad del anonimato.

Ella había llegado sola. De otro modo, hubiera sido imposible escapar del celo bajo el que su marido la tenía guardada. Una cárcel de lujo, pero prisión al fin.

Su atuendo había sido elegido con un cuidado casi ritual.

El terciopelo oscuro caía pesado sobre el cuerpo, ceñido lo justo para insinuar sin conceder.

Un encaje pálido asomaba en el escote como una promesa deliberadamente incompleta; y la máscara, blanca, de bordes dorados, borraba cualquier rastro de nombre o linaje.

Aquella noche no era esposa, ni una sombra obediente ni pertenencia a nadie. Era una figura más entre cientos, protegida por el ruido y la penumbra.

Avanzó entre la multitud con paso medido. El suelo húmedo devolvía un brillo incierto a las luces de las antorchas, y el aire olía a cera, vino especiado y sal.

Nadie preguntaba ni reconocía; las miradas resbalaban como si todas supieran guardar el mismo pacto.

Un laúd marcó el pulso de la fiesta y los cuerpos respondieron, enlazándose, separándose, probando la distancia justa para no romper el hechizo.

Ella se detuvo junto a un balcón interior desde donde podía verse el canal. Las góndolas pasaban lentas, negras, casi silenciosas, como pensamientos que prefieren no decirse en voz alta.

Sintió entonces algo nuevo. No solo la culpa, no el miedo —esas viejas compañías estaban siempre presentes—, sino una ligereza temblorosa, la certeza de que, al menos por unas horas, el mundo no le exigiría explicaciones.

Una risa cercana la sobresaltó. Alguien había pronunciado su nombre, o creyó oírlo; pero al volverse, solo encontró máscaras ajenas, gestos amables, manos que ofrecían copas. Aceptó una. El vino ardió suave en la garganta, y con él, la noche pareció abrirse un poco más.

La celebración seguía creciendo, y con cada nota, con cada roce fortuito, la ciudad entera parecía conspirar para sostener el secreto.

Venecia sabía hacerlo; envolverlo todo en belleza, dejar que el deseo respirara sin ser visto, y luego, al amanecer, devolver a cada cual a su jaula con la delicadeza de quien nunca ha visto nada.

—¿Puedo ofrecerle un momento de gloria? —Las palabras dichas a sus espaldas la conmovieron.

Tampoco supo si eran dirigidas a ella hasta que se volvió.

Él llevaba la típica maschera nobile , la seda de su ropa negra como la opacidad de lo que se avecinaba, ocultaba su cabeza tras un sombrero que lo sumía en un completo acertijo.

Ella sonrió bajo su máscara y se revolvió inquieta. Cuando trató de escapar sintió la presión de una mano que la detenía.

—Aguarda, preciosa. Aún no me has respondido... —La fuerza que hacía él era demasiada. No podría huir fácilmente y un miedo visceral la obligó a gritar. Fue cuando alguien apareció y quitó su mano que la aferraba con vaya saber qué intención.

—¿Quién te crees para entrometerte? —dijo el cazador de presas fáciles—. ¿O es que la deseas para ti?

—Vete antes de que haga una locura...

El cobarde lo observo unos instantes hasta percatarse que no se trataba de un gentilhombre. Al imaginarse vencido por un gallardo caballero, optó por la retirada.

Ella estaba tan agitada que un leve mareo la hizo apoyarse contra su defensor.

—Lo siento. Perdóneme el atrevimiento.

—No debería caminar sin compañía. Es una zona demasiado oscura.

—Es que se trata de eso. Solo vengo a observar. Me divierte ver a los otros.

—Una fisgona... —Al notar que ella se compungía, se retractó—. Fue una torpeza de mi parte decirle eso. Cada uno es dueño de disfrutar la vida como puede.

—¿Y usted?, ¿cómo lo hace? —Luego agregó—: Digo, si se puede contar...

—Soy marino...

—Un amor en cada puerto...

—¡Qué atrevida es! —Ambos rieron—. Bueno, algo así. Y usted, ¿qué hace una bella señorita en este lugar tan...?

—¿Pecaminoso?

—¡Por todos los dioses! Que no quise decir eso...

—Pero lo pensó. Y no hago más que escaparme de una realidad insulsa para sentir el ardor de una risa impropia, la caricia robada, una pasión que me eriza la piel...

Él se desconcertó. No supo si aquello era una invitación abierta o apenas un deseo pronunciado en voz alta, nacido del amparo de la máscara y la noche. Dudó un instante antes de tomar su mano, preparado para el rechazo.

Pero ella avanzó un paso más y se colocó a su lado, tan cerca que el roce de las telas fue una confesión silenciosa.

Entonces sus bocas se encontraron, primero con cautela, luego con una familiaridad inquietante, como si ese gesto hubiese sido ensayado en otra vida.

Se reconocieron sin palabras; una exploración lenta, cargada de tiempo postergado y de una espera que ahora reclamaba su tributo.

A la joven la atravesó una certeza tan intensa que le robó el aliento.

No era un desconocido. El modo en que él la sostenía, la cadencia de su respiración, esa mezcla de ímpetu y cuidado despertaban en ella un recuerdo imposible, uno que no lograba nombrar.

La sensación la hizo estremecerse, como si estuviera dentro de un sueño recurrente del que nunca quería despertar.

Sintió la gloria del descubrimiento. Algo extraño le sucedía con ese hombre.

No se trataba de un perfecto desconocido.

El sabor salado y exquisito de su cuerpo, la dulzura que por momentos superaba el desmadre de una pasión exquisita, la obligaba a gemir con la sensación de estar en su sueño recurrente.

La noche los protegió. Nadie interrumpió ese instante suspendido; y Venecia, cómplice antigua, pareció cerrar los ojos. Entre sombras, murmullos y prendas olvidadas, dejaron que el deseo hablara por ellos, incontenible, ardiente, como una fuerza largamente a resguardo que por fin encontraba salida.

Las manos de él hicieron maravillas en el cuerpo de ella... también su boca. Y su corazón explotó como hacía años... siglos que no le ocurría.

Ella pronunció su nombre sin darse cuenta. Le vino de repente. Superando capas y capas de pensamiento... ¡No podía ser! Reconocía la presencia de una experiencia a la que podía darle forma, aunque estaba tan instalada como si formase parte de su vida desde siempre.

Él se detuvo apenas un segundo. Lo suficiente para comprender desde qué tiempo venía ese sentimiento indescriptible que estaba instalándose nuevamente en sus emociones, en su corazón, en su alma. Estaba demostrado que ya lo había hecho en su cuerpo.

Intentó sellar un pacto que aún desconocía. La estrechó contra sí con una urgencia distinta, casi reverente, como si en ese abrazo intentara fundirse con ella y borrar, aunque fuera por esa noche, todo lo que el mundo insistía en separar.

Por un segundo presintió la presencia de alguien o algo. Un murmullo que repetía como un salmo aquellas palabras en su oído.

Reverenció su boca con un beso profundo, que, a pesar de todo, sabía a despedida. Él debía abordar su nave y ella... pertenecía a otro hombre. Al menos en este momento era suya.

Y entonces fue cuando lo dijo:

—Hazlo, mi reina... Háblame de amor...