Capítulo 16. Mal sueño
Mal sueño
D olores observaba con atención el movimiento del mercadillo, aunque la sensación persistente era la de estar siendo observada ella misma. Los puestos, las voces, los colores parecían desplazarse con una cadencia ajena, obediente a un ritmo que no lograba identificar.
En cuanto vio a su amiga barcelonesa cruzar la calle, supo con una certeza que no le pertenecía del todo que había llegado el momento.
No decidió sacar las cartas; simplemente estaban ya entre sus manos. Las guardaba con celo desde tiempos inmemoriales, y aun así nunca había sido ella quien las dominara. Al rozarlas, tuvo la impresión inquietante de que la reconocían, de que evaluaban su duda.
¡Qué difícil podía resultar formar parte de una conjura tan añeja!
¿Por qué se le había ocurrido aceptar? La pregunta surgía tarde, siempre tarde, como si alguien más hubiera respondido por ella mucho antes.
Su vida había sido tranquila hasta entonces.
.. o quizá solo había sido tolerada, a la espera de que las cartas volvieran a pronunciarse.
Cuando volvió a observar por la ventana, Alba ya no estaba. Aquella ausencia no la sorprendió; al contrario, le confirmó algo que ya sabía. Dentro de un rato escucharía sus pasos subir por la escalera, medidos, inevitables, como si el trayecto hubiera sido ensayado muchas veces antes de realizarse.
La recordó entonces, no como un acto voluntario, sino como quien responde a un llamado interior.
Alba era una joven especial. No poseía una belleza evidente, de esas que se imponen a primera vista, pero cada parte de su cuerpo parecía acomodarse con precisión a su manera de estar en el mundo.
Incluso su rostro habría podido considerarse feo si no se lo miraba más de una vez; y bastaba esa segunda mirada para que algo cambiara, para que resultara imposible apartar los ojos.
Había llegado desde lejos con un boceto trazado por manos ajenas; líneas incompletas, indicaciones vagas, suficientes. Hacerse amiga de la dueña de las cartas. Nada más... y nada menos.
Dolores comprendió, con una lucidez tardía, que Alba no estaba improvisando su acercamiento. Estaba cumpliendo una forma prevista, una silueta pensada mucho antes de que ambas se conocieran.
El dibujo de la mujer, antiguo como una Biblia, pareció asentir en silencio...
***
Consuelo
Lo supe apenas abrí los ojos. La noche anterior nos habíamos amado con una pasión que rozaba el exceso, como si el cuerpo intentara retener lo que el alma ya sabía perdida.
Después, no hubo descanso verdadero. Su ternura llegó tarde, medida, ajena. Mi piel la recibió igual, con una docilidad que ahora me avergüenza, y al amanecer aún conservaba el aroma de su amor, tan pasional, casi antiguo, como si no fuera de esa noche, sino de otra más lejana.
El otro lado de la cama estaba vacío.
No desordenado, no abandonado con prisa; vacío con intención. Las sábanas estiradas, el aire frío, el silencio intacto, vigilante.
Entonces lo entendí. No había huido. Había cumplido algo.
Y mientras el silencio se cerraba a mi alrededor y supe, con una certeza helada, que mi peor pesadilla no comenzaba ahora; llevaba tiempo gestándose, esperando que yo despertara para hacerse real.
***
Alba
Tuve un sueño que me obligó a despertarme en plena noche.
Estaba de pie en la Puerta del Moll, en un tiempo remoto, gritando el nombre de Miguel con una desesperación que no parecía mía.
El cuerpo me pesaba, exhausto, como si hubiese corrido durante horas; y supe, con la lucidez cruel de las pesadillas, que ese cansancio tenía un nombre y era Consuelo.
Me vi correr sin rumbo, la voz desgarrándose en el aire hasta volverse irreconocible.
Grité hasta desgañitarme, hasta caer rendida al comprender que no iba a volver.
Miguel la había dejado. Se había marchado a buscar su suerte en ese mar con el que siempre sostuvo una competencia desleal, como si alguno de los dos exigiera un sacrificio.
Entonces la vi; la muralla. No era solo piedra. Se alzaba oscura, húmeda, como si hubiera absorbido siglos de vigilias, despedidas y cuerpos arrojados al vacío. Algo en ella parecía observarme, reconocerme. Sentí que no estaba allí para proteger, sino para impedir toda huida.
Sin saber por qué, comencé a treparla. Mis manos buscaban salientes que parecían retirarse apenas las tocaba.
Cada metro ganado aumentaba el vértigo y una certeza.
La torre no esperaba defensa, sino caída.
Temblaba. No solo por la altura, sino por un miedo más profundo, un impulso ajeno que me empujaba hacia arriba y, al mismo tiempo, me llamaba desde abajo.
«No soy yo», pensé. «Regresa», me ordené, antes de que ese mandato silencioso me obligara a seguir.
Cuando me descubrí en el borde de una de las torres, el viento me golpeó el rostro como un aviso. La piedra bajo mis pies estaba helada, viva. Inspiré con fuerza y logré arrancarme de la desazón, como quien se suelta de un borde a último momento.
No deseaba pensar más en esta historia. Un presentimiento, la certeza de que el final sería insoportable, me devolvió a este tiempo.
Desperté jadeando, con los latidos desordenados. Reuní coraje y me incorporé. Mareada, con pasos imprecisos, fui hasta la cocina. La luz era tenue, incorrecta para la hora.
Había alguien parada cerca de la ventana. Dolores estaba allí.
No se movía y tampoco parecía sorprendida de verme. Su mirada, fija, demasiado atenta, me dio la sensación de que había estado esperándome. Quise decir su nombre, pero el aire no alcanzó. Antes de que pudiera retroceder, el mundo se inclinó y se apagó.
Rato después desperté en el piso. Estaba sola y aterida.
Seguramente me había tropezado con algo y caído.
¿O tal vez se me bajó la presión? No sentía más que un dolor sordo en el costado, donde el cuerpo había recibido la mayor part e del golpe, una molestia soportable que parecía confirmar una causa trivial.
Como pude, me incorporé. Cada movimiento era torpe, lento, como si aún no hubiera regresado del todo.
Volví a la cama arrastrando los pies y, al pasar por la cocina, noté que la puerta no estaba del todo cerrada.
Apenas entornada. Me detuve un segundo. Recordaba con claridad haberla dejado cerrada antes de acostarme.
Aun así, no quise pensar demasiado en ello.
Me senté en el borde de la cama e intenté ordenar los recuerdos. Entonces apareció la imagen de Dolores, nítida, inoportuna.
«Qué locura», me dije. ¿Cómo iba a estar allí si no tenía llave para entrar? La lógica volvió a imponerse, con esa eficacia frágil que tiene cuando el cuerpo está exhausto.
Me recosté. El cansancio me venció sin resistencia y por fin me dormí tranquila; digo esto porque no soñé nada que pueda recordar. Sin embargo, antes de que el sueño me cerrara los ojos, tuve la certeza, breve, aunque incómoda, de que no era la puerta la que había quedado mal cerrada.
***
El timbre suena de ese modo ya conocido.
—Aguarda... Déjame que encuentre la otra chinela, ¿quieres? —La cabeza me latía del dolor. El calor, desde bien temprano, agobiante. Y el piso sin aire acondicionado...
Me paré en la entrada y abrí la puerta de golpe.
—Pasa. Si vuelves a tocar ese maldito timbre voy a gritar.
—Y te dolerá más la cabeza...
Me vuelvo, curiosa:
—¿Cómo sabes...?
—Las ojeras, mamita. Te llegan hasta la comisura de la boca.
—Exagerada —comento, y voy hacia el baño. El espejo me muestra un rostro terrible. No la estaba pasando bien.
Veo que mi vecina se dirige hacia el freezer , trae uno de esos refrigerantes y me lo intenta acercar a los ojos.
—Esto pasa cuando no se duerme bien. Vení... Sentate en el sillón para que puedas descansar la cabeza. —Le hago caso porque de verdad no doy más. La frescura del hielo en las sienes logra calmarme—. ¿Vas a contarme qué pasó o te lo sacaré a los tirones?
La miro y aparto la vista, como si el refrigerante hubiera destapado algo más que el dolor.
—No me mires así —digo, casi en un susurro—. No tengo fuerzas para inventar una mentira decente.
Ella se sienta frente a mí, apoya los codos en las rodillas y me observa con esa mezcla de paciencia y amenaza.
—Entonces decime la verdad indecente —responde—. Esas suelen ser más interesantes.
Cierro los ojos un instante. El zumbido en la cabeza persiste, pero ya no es lo único que duele.
—Anoche no dormí —confieso—. O dormí..., pero mal. Soñé cosas raras. Me desperté en el piso, con frío. Y desde entonces tengo esta sensación —me llevo la mano al pecho— de que algo quedó abierto.
—¿Abierto? —Arquea una ceja—. ¿Una puerta, una ventana... o vos?
No contesto enseguida. El silencio se espesa entre las dos, apenas roto por el rumor lejano de la calle.
—Yo —admito al fin—. Creo que fui yo.
Ella no se burla. No minimiza. Solo se levanta, vuelve a acomodarme el refrigerante y me palmea la rodilla.
—Bueno, mamita —dice con una calma que me desarma—. Entonces hoy no se cierra nada. Hoy se toma agua, se baja un cambio... y después veremos.
Abro los ojos y la miro. Por primera vez desde que sonó el timbre, respiro un poco mejor.