Capítulo 15. Las «bruixas»
Las bruixas
E l celular sonaba y nadie respondía. Ya pasaban largamente las cinco de la tarde. A esa hora, su amiga Lola solía estar en el huerto, aunque casi siempre llevaba el telefonito guardado en el bolsillo del delantal, como si temiera perder una llamada que no debía ignorar. Insistió. Una vez más.
Finalmente, atendieron.
—Dime, mujer..., ¿que además del despiste se te ha sumado la sordera? —dijo la voz del otro lado, con la ironía acostumbrada.
—Mira quién lo dice... ¿ya dejaste de soplar cuando roncas? —respondió ella sin pensar. La risa fue inmediata, casi necesaria.
Se conocían de siempre. Pero ese «de toda la vida» nunca alcanzó a nombrar lo que realmente las unía.
Compartían historia, familia, amor fraterno.
.. y también del otro. Una leyenda silenciosa, heredada y retocada con los años las mantenía unidas por algo que jamás se había dicho en voz alta, pero que ambas sabían nombrar sin palabras.
—¿Qué sabes de tu nieto?
—¿Del David?
—¿De quién, sino? Pues claro, de ese. ¿O tienes otro?
Rieron de nuevo. Siempre empezaban así, como si el sinsentido fuera un ritual que las protegiera. Una forma de engañar al tiempo, a los achaques... y a la memoria.
—Lo llamé dos veces y no responde.
—Ese chico nunca responde cuando no debe.
—O cuando no puede —corrigió Lola, casi en un murmullo.
Hubo un silencio breve, cargado.
—¿Sigue allí? —preguntó la voz del otro lado.
—Sí.
—Entonces no es casualidad. Nunca lo fue.
Lola apretó el teléfono con más fuerza.
—No digas eso...
—Sabíamos que tarde o temprano iba a suceder. Desde aquella noche. Desde lo de sus padres.
—Han pasado muchos años...
—El tiempo no borra lo que está marcado —sentenció—. Y ahora mi Alba ya está allí... como habíamos previsto.
El corazón de Lola dio un vuelco.
—¿Estás segura de que era necesario?
—Era inevitable. Si no es ahora, será después. Y después siempre es peor. Veamos si, de una buena vez, resolvemos esta incógnita que nos persigue desde niñas.
Lola tragó saliva.
—Prometo ocuparme apenas regrese a la casa.
—Hazlo. Y no le digas más de lo que ya sabe. Todavía no.
—¿Y si pregunta?
—Va a preguntar —respondió la otra—. Y cuando lo haga, nada volverá a ser como antes. Tenme al tanto. Más que un pedido... es un ruego. Luego hablaremos.
La llamada se cortó.
Lola guardó el teléfono en el bolsillo como si quemara.
El cansancio le cayó encima de golpe. No era el peso de los años (o no solamente), sino el de aquel encargo que arrastraba desde hacía décadas o más, mentirle a su nieto sobre lo ocurrido con sus padres.
.. y ocultarle que aquello, lo que fuera que había empezado entonces, jamás había terminado.
***
—Abuela... —dijo David con alegría.
La voz rebotó en el corazón de Lola y le dio un brinco al alma.
Desde que su hija Inés había muerto junto a su esposo, había sentido, con una certeza muda, que también se iba con ellos.
Pero no podía permitírselo. No todavía. Debía quedarse por sus cachorros, tan extraviados como ella misma.
Y así fue como se enfundó la capa de Mujer Maravilla y los sostuvo, incluso cuando el esfuerzo le hacía clavarse las uñas en la piel hasta sangrar.
Era un pasado al que jamás volvería... y que, sin embargo, nunca dejaba de doler. Y no lo haría.
—Pues claro... ¿quién otra podría ser tan atrevida de molestarte a tan altas horas? —respondió con esa voz dulce que siempre usaba para cubrir las grietas.
—Vamos, que tú jamás molestas —dijo David, acomodando una factura sobre el escritorio—. ¿Cómo anda esa artritis?
—A mal traer, mi muchacho —contestó tras una pausa apenas perceptible—. Por eso aún no los he visitado.
David sonrió, aunque algo en el tono le resultó difícil de nombrar.
—Me preocupaba... pensé que ya no nos querías más —bromeó, siguiéndole la parodia. Sabía que su abuela se excusaba con la artritis cada vez que la invitaban a dejar Barcelona.
—¡Válgame Dios! ¿Cómo puedes decir algo semejante? —replicó con una angustia que parecía sincera—. Pues te digo que pronto me tendrán por ahí. Iré con una vieja amiga...
Se interrumpió un segundo, como si midiera sus propias palabras.
—Una mujer de la que prefiero no hablar demasiado. Pero le tengo jurado que como vuestro viñedo no hay otro... ¡Y qué vino!
—Si no digo yo siempre, la publicidad de mi abuelita Lola es la que me da los créditos con el público. —Rio David—. Queremos verte, doña Lola. Te aguardaremos ansiosos.
—Pronto, mi niño. Apenas concrete unos asuntillos aquí, me voy volando a tu tierra —dijo con ligereza—. Aunque ya sabes cómo son estas cosas... a veces no llegan cuando uno quiere, sino cuando deben. —Luego retomó el tono cálido—. ¡Que Dios os bendiga! Déjale un beso muy grande a mi Guida.
—Será dado. Un beso a ti.
La comunicación se cortó.
Era temprano para dormirse.
David tomó las llaves del auto. Pensó en la cala donde, según la versión que circulaba desde el principio, se producía una reunión tácita entre las hermanas Villamayor.
Tenía la incómoda sensación de que todo estaba acelerándose.
Los incidentes que antes ocurrían de tanto en tanto, ahora se sucedían casi a diario.
Y, por primera vez, se preguntó si su abuela estaba simplemente llegando... o si llevaba tiempo esperando.
Porque, si de algo estaba seguro, era de dónde provenía todo aquel movimiento.
***
Alba
Estaba decidida a llegar con esto hasta el final.
Se lo había prometido a mi abuela, y esa promesa pesaba sobre mí como una vigilancia constante, una forma de mantenerme en línea.
Me repetía que era por ella, que no había espacio para la duda, aunque en el fondo sabía que también era una coartada; una manera de justificar aquello que empezaba a desbordarse.
David me inquietaba. No solo por lo reciente de nuestro vínculo, sino porque despertaba en mí algo que creía clausurado, cuidadosamente sellado.
Con Dylan, el afecto había sido una construcción paciente, correcta, casi aprendida. Un sentimiento edificado con esmero, como quien sigue un manual.
En cambio, con David, las emociones brotaban sin permiso; violentas, impropias, difíciles de contener. Y esa diferencia me avergonzaba. Me hacía sentir desleal, incluso falsa, como si hubiera pasado años engañándome a mí misma, aceptando una versión cómoda de lo que creía sentir.
Pero nada de eso ocurría en soledad.
El novelón —ese amor antiguo, transcurrido hacía siete siglos— parecía operar como un intermediario oscuro.
No se limitaba a ser leído; se imponía. Se filtraba en nuestros pensamientos, deslizaba impulsos que no sabía si eran míos o heredados, y alteraba la forma en que mirábamos, decidíamos, deseábamos.
A veces tenía la impresión de que no éramos nosotros quienes avanzábamos hacia el desenlace, sino «ella» la que nos movía, paciente, segura de que terminaríamos obedec iéndola.
Otras, en cambio, sentía que no era del todo yo quien pensaba así. Como si la historia nos hubiera elegido y cada página actuara sobre nosotros con una voluntad propia.
Intentaba convencerme de que todo era producto del cansancio, de la sugestión, de mi imaginación agotada. Pero no. No era eso. Esto estaba ocurriéndonos. A David y a mí.
Caminar por la playa siempre me devolvía una calma especial; allí pensaba con mayor claridad. Mi conexión con el mar es absoluta. Soy un elemento más, fluyendo con el vaivén de la marea, dejándome llevar sin resistencia.
Sabía que era algo tarde para acercarme hasta la costa, pero mi espíritu decidió por mí. La abuela hab ía mencionado una cala donde las hermanas, Berenguela y Consuelo, encontraban esa misma paz. Hallarla sería un gran paso; verla, sentirla, apreciarla como ellas lo hacían.
Según la información recibida, no estaba lejos.
Dejé el apartamento y tomé la bicicleta de Dolores, que guardaba en el garaje.
Avancé sumergida en mis pensamientos, tan abstraída que no supe cuando llegué a la playa.
Tampoco cuando distinguí a la persona sentada en una entrante del mar hasta estar casi a su lado.
Era David. (¿Quién otro podría ser?).
Por la expresión de espanto en su rostro entendí que, para él, también se trataba de una sorpresa.
—¿Qué haces aquí? —le pregunté, con una sonrisa forzada.
La situación viró de lo inquietante a un negro azabache. (Vamos... cualquiera se habría asustado).
—Si te digo que no lo sé, ¿me creerás?
—Pues claro, hombre. Si desde hace unos días vamos como marionetas.
Me había enojado. Una furia súbita me desbordó y terminé gritando al cielo, sin medir palabras.
—¡Déjanos en paz de una buena vez! ¿Hasta cuándo seremos perseguidos por algo que no entendemos? ¿Qué quieres de nosotros?
La brisa suave que acompañaba el calor de la tarde se enfrió de golpe. Ambos sentimos la presencia que revoloteaba a nuestro alrededor. Algo agitó la arena y levantó un remolino breve, casi ceremonial.
Era ella.
La reconocí por las pinturas que había visto en la casa vieja. Una jovencita nos observaba con una adoración silenciosa, antigua, imposible de confundir.
Algo en mí se aquietó.
Supe, sin n ecesidad de explicaciones, que estaba en el sitio correcto.
Nos enfrentábamos a una historia antigua, pero que nos estaba acercando de un modo distinto, casi íntimo, como si hubiese aguardado este momento.
La atracción existía por fuera de cualquier lógica y sin necesidad de un fantasma que intentara convencernos; al menos, eso quise creer.
Aun así, tuve la sensación incómoda de que algo (o alguien) nos observaba en silencio, no para intervenir, sino para asegurarse de que cumpliéramos nuestro papel.
La sonrisa de David me conquistó (si es que hacía falta algo más para lograrlo).
Era genuina, nacida en los ojos, y al verla sentí cómo mi respiración se aflojaba, cómo el aire entraba con menos resistencia en el pecho.
El viento aún conservaba un resto de frío, y la piel se me erizó, no supe si por la brisa o por la certeza que empezaba a instalarse en mí.
Estiró el brazo y tomó mi mano. Sus dedos estaban tibios; el contraste con el aire salino me recorrió el cuerpo como una descarga suave.
Me acercó hasta sentarme a su lado. El gesto fue simple, casi cotidiano, pero cuando me rodeó con el brazo sentí el peso exacto de su cuerpo junto al mío, el ritmo acompasado de su respiración, el latido firme que parecía marcar un compás ajeno al tiempo.
El abrazo se desplegó como una caricia directa a mi espíritu errante.
Me abandoné a esa cercanía con una docilidad que me sorprendió, como si hubiese estado esperando ese contacto desde siempre.
Y fue entonces cuando la idea me atravesó con una lucidez inquietante; aquella sensación de llegada, de refugio, de hogar, no era una promesa, sino un umbral.
Porque nada que se siente así de verdadero puede ser inocuo.
Y aun sabiéndolo, no me aparté.