Capítulo 14. Háblame de amor.
Háblame de amor...
R eaccioné a esas palabras con los ojos anegados. Un llanto hondo, casi ajeno, me arrancó de ese estado de arrobamiento que me había dejado suspendida, como si alguien más hubiese estado sosteniendo mi cuerpo hasta ese instante.
—¿Qué sucede? —preguntó David. Sus ojos oscuros tenían un brillo extraño, una atención demasiado alerta—. Alba..., lo siento. No quise... No debía.
Fue cuando comprendí. No como una idea, sino como una certeza que se me impuso.
—Entonces tú lo sabes —dije, con un hilo de voz—. Sabes lo que nos ocurre.
Alcé la vista, descompuesta.
—Esto... esto no es solo nuestro.
Él dio un paso para abrazarme. Retrocedí de inmediato. Sentí un frío súbito en la nuca, como si algo se hubiese movido detrás de nosotros.
—No lo sé —murmuró David—. Todo empezó desde hace tiempo.
No puedo precisar el momento exacto. Lo que sí tengo en claro es que se intensificó cuando te vi en la hacienda.
En la casa vieja. Desde ese instante hay imágenes que no puedo apartar.
Escenas que no viví y, sin embargo, me reclaman.
A veces siento que no soy yo, pero como si lo fuera. .. que me atraviesan.
—A mí también —confesé, con una mezcla de vergüenza y alivio—. Es como si algo me empujara desde adentro. Me toma el cuerpo, me guía las manos, la voz. Me hace desearte con una intensidad que no reconozco.
Se estremeció.
—Y lo peor es que no se detiene. Observa. Espera.
David bajó la mirada. Su silencio fue más elocuente que cualquier palabra.
—No sé cómo detenerlo —continué—, pero tiene que terminar. Sea lo que sea.
—Lo sé —dijo él al fin, llevándose las manos al cabello, descompuesto—. He pensado que tal vez debamos volver a la casa. Seguir buscando en los baúles. Hay cosas allí que no quieren permanecer ocultas.
Dudé un instante.
—O intentar... responderles. Hacerles saber que no pueden seguir arrastrándonos.
—¿Responder a qué? —pregunté, casi en un susurro.
—A eso que insiste —contestó David—. A eso que no nos deja en paz.
Sentí un peso en el pecho, como si la decisión ya hubiera sido tomada mucho antes de pronunciarse.
—Suena a locura —dije—, pero no veo otra salida.
—Este viernes la ciudad estará distraída con los festejos patronos. El personal no vendrá. Haré que Guida se ausente.
Levantó la vista y me miró fijamente.
—Será mejor que estemos solos.
Yo tragué saliva.
—¿Crees que es correcto?
David no respondió de inmediato. Cuando lo hizo, su voz sonó cansada, como si hablara desde un lugar muy antiguo.
—¿Desde cuándo nos dejan elegir?
—Eso tiene que terminar —objeté—. No voy a seguir sintiéndome una marioneta.
Él alzó la vista, hasta entonces clavada en el piso, y esbozó una sonrisa cargada de ironía.
—No me resultó un sacrificio estar contigo...
La frase estuvo a punto de arrancarme una risa, pero me mantuve firme.
—Se trata de nuestras vidas. Me gustaría que estuviéramos juntos por algo más que por satisfacer el capricho de un fantasma.
Las ventanas se abrieron de golpe y el calor del exterior nos golpeó como una bofetada. No fue una ráfaga. Ni siquiera una brisa. Simplemente... se abrieron, obedeciendo a algo que no veíamos.
—Lo que faltaba... —murmuré.
Nos miramos y empezamos a reír. No supe decir si era por lo absurdo de la escena o porque el miedo, al fin, había encontrado la forma de colarse entre nosotros.
La risa se nos apagó de golpe, como si alguien hubiera decidido cerrarnos la garganta con un gesto brusco. El silencio que quedó después fue más espeso que el calor que entraba por las ventanas abiertas.
Sentí un cosquilleo en la nuca, esa certeza incómoda de no estar sola, aunque mis ojos confirmaran lo contrario. Él también lo percibió. Su postura se tensó, los hombros rígidos, la mirada fija en un punto indeterminado del aire.
—¿Lo sientes? —susurré.
No respondió enseguida. Tragó saliva y recién entonces habló, con una voz que ya no tenía nada de irónica.
—No quisiera, pero sí...
El calor empezó a volverse sofocante. No era el de un mediodía común, sino uno cargado, húmedo, como si el ambiente respirara con dificultad. Me llevé una mano al pecho buscando aire.
Las cortinas comenzaron a moverse con lentitud, rozándose unas con otras, como si alguien las apartara con dedos invisibles. Cada roce producía un sonido suave, íntimo, demasiado cercano.
Me obligué a mantener la calma. Si había algo que había aprendido era que el miedo la fortalecía.
—¿Qué deseas de nosotros? —pregunté a la nada, pero mirando a David.
Las cortinas se movieron, pero no hubo respuesta.
—Entonces basta —declaré—. No voy a seguir prestándote mi cuerpo ni mi voluntad. Sea lo que sea... se terminó.
Por un instante, el aire pareció detenerse. Las cortinas quedaron inmóviles. El calor cedió apenas, como una respiración contenida.
Creí haber ganado.
Inmediatamente una presión suave, casi afectuosa, me recorrió el vientre. No fue un dolor. Fue un reconocimiento. Una presencia que no necesitaba palabras para hacerse entender.
—Alba... —dijo él, alarmado— . ¿Qué te pasa?
Quise responder, pero una voz que no era del todo mía se adelantó en mi garganta, cargada de una calma antigua, segura de su derecho a estar allí.
—No puedes echarme —dijo—. Yo también pertenezco a ustedes.
Y en ese momento supe que no se trataba de una amenaza.
Era una promesa.
***
Consuelo
—Tengo algo para ti —dije risueña—. Puede sonar algo tonto ya que se trata de solo palabras intentando hacer poesía...
Él me observó un largo rato con aquella intensidad que lograba intimidarme.
—Nada venido de ti me resulta nimio. Eres un ángel que iluminó mis noches oscuras. Vamos... Dime aquello que me has preparado...
—Pues no creas que se trata de alguna sibila. Tengo el corazón repleto de emociones que piden salir y debo hacerlo o entregarte mi alma, que por cierto ya te pertenece.
Él me miró asombrado. Si su silencio me perturbó, nada se dijo. Entonces, recité una copla que me vino como inspiración una noche de desvelo.
La luna, mi vieja amiga,
Reina en mi soledad
Como lo hace en la vuestra,
El rugir del mar...
Mi sueño también es vuestro
Daros la oportunidad
Soltad amarras a vuestro deseo
Buscad la felicidad...
Miguel trató de no dejar salir su emoción, pero una lágrima se desprendió solitaria y cayó por su mejilla.
Entendió más de lo que yo esperaba. Le di la liberación que necesita.
Lo eximí de quedarse en tierra y junto a mí.
Su condición de gentilhombre lo obliga a no abandonar a una dama seducida.
.. Pero ¿quién soy para privarlo de cumplir su sueño?
Mi amor es tan inmenso que solo pretende su plenitud, aun cuando esta no me incluya.
Lo miré y sonreí con una dulzura que duele; no es resignación lo que me habita, sino una forma más alta de entrega.
Si ha de partir, que lo haga ligero, sin la carga de una promesa incumplida ni la culpa de un afecto que no supo retener.
El mar lo llama, y yo no seré ancla.
La luna será testigo de lo que no fue, y aun así existió.
Me quedé en la orilla, con el corazón abierto y la certeza intacta. Amar, a veces, es saber soltar sin romperse.
***
Marcela permanece detenida en la puerta de ese sitio donde lo vio llegar. Desde allí, el lugar parece distinto; más oscuro, más denso, como si ocultara algo que aún no se decide a mostrar.
David siempre había sido fácil de seguir. Un hombre de hábitos precisos, casi disciplinados, que no dejaba lugar a las sorpresas. O eso creía ella.
Lo inquietante no era haberlo encontrado allí, sino lo que esa elección decía de él.
Marcela repasa mentalmente cada seña conocida, cada costumbre repetida hasta el cansancio, buscando una fisura que antes no había querido ver.
Si deseaba divertirse, David salía de la isla.
Siempre. Entonces ¿qué hacía ahora en ese lugar? ¿Qué lo retenía?
Un presentimiento incómodo le recorre el cuerpo.
Tal vez no sea David quien ha cambiado, piensa, sino su manera de mirarlo.
El murmullo apagado que proviene del interior la envuelve, casi la empuja a retroceder.
Sin embargo, se queda. Sabe, aunque no sabría explicar cómo, que cruzar esa puerta significará entender algo que quizá hubiera preferido seguir ignorando.
Entonces, un viento suave se levanta a cierta distancia, casi con timidez.
Arremolina papeles olvidados y las pocas hojas que los árboles, exhaustos, se resignaron a perder en un verano demasiado caluroso.
El murmullo que provoca no refresca; apenas anuncia un movimiento mínimo, como si algo despertara sin decidirse todavía a mostrarse.
Con el correr de los minutos se siente más sobrecogida.
Es cuando lo ve salir de un edificio. Es evidente que estuvo con una mujer y que algo hicieron.
Ella reconoce las alertas de su cuerpo luego del placer.
Detrás de él, una joven lo despide sin más que una mirada detenida en la suya.
Se trata de la muchacha por la que discutieron la última vez.
Su corazón se agita y algo dentro le agría el humor.
Es el verdadero motivo de por qué lo está perdiendo.
Y ella no acostumbra dejar ir nada sin pelear.