Háblame de amor Capítulo 13. El mar me llama.
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Capítulo 13. El mar me llama.

El mar me llama...

C onsuelo

Despierto con la certeza de que algo me es arrebatado. No es un sueño; un despojo.

—¿Miguel? —Mi voz se pierde en la habitación húmeda de amanecer.

El vacío a mi lado confirma el temor que no me atrevo a nombrar. Una sombra oscila frente a la ventana, ondulante, como si respirara.

—Miguel..., ¿qué ocurre?

Se vuelve lentamente. Sus ojos no me miran. Escuchan. No siento que se trate de mí.

—Lo oigo, mi amor... —susurra—. El mar me reclama.

No camina, sino que parece conducido. Cada paso suyo semeja responder a una marea invisible.

—Tú tienes un compromiso con la tierra... —Intento, aunque sé que no me oye—. No puedes dejarlo todo ahora...

El mar ruge dentro de su silencio. Y yo comprendo, con terror antiguo, que hay llamados que no admiten resistencia. Entiendo, demasiado tarde, que no le hablo a él, me hablo a mí, a este miedo persistente de no ser suficiente para que alguien se quede.

Sus ojos se llenan de una tristeza que no me pertenece. Y en ese instante comprendo que está a punto de irse, y que mi amor, por primera vez, tal vez no alcance.

***

David Rabines se consideraba un hombre íntegro.

Más aún desde que había debido asumir los deberes que exigía la viña.

Su vida se regía por rutinas claras, decisiones medidas, un sentido del orden que rara vez se permitía cuestionar.

Sin embargo, desde hacía un tiempo, algo en él, una inquietud sorda, difícil de ubicar, lo desviaba imperceptiblemente de ese cauce.

No supo en qué momento exacto había comenzado, solo que ahora estaba allí, de pie frente a la puerta del apartamento de la nieta de la amiga de su abuela Lola, obedeciendo a una certeza que no había pasado por el pensamiento. Tampoco recordaba haber decidido ir. Simplemente, había llegado.

La puerta contigua se abrió de pronto y una joven salió apurada. Al girar la cabeza apenas un segundo, desapareció escaleras abajo como una exhalación. No lo vio. O tal vez sí, pero no era a ella a quien debía reconocer.

David inspiró hondo. La espera comenzaba a resultarle impropia, como si el tiempo mismo se hubiera detenido para empujarlo a avanzar.

Alzó la mano para tocar el timbre. El silencio que encontró le sugirió, por un instante, que el lugar estaba vacío, que aún era posible dar media vuelta y marcharse. Pero no lo hizo.

—Voy... —Se oyó desde el interior.

La agitación lo recorrió entero, sin aviso.

No era sorpresa ni deseo; era reconocimiento.

Como si aquella voz hubiera estado llamándolo desde mucho antes de que él supiera escucharla.

La viña, las obligaciones, incluso ese sentido férreo de integridad, lo hubiera conducido, sin desvíos reales, hasta ese umbral.

Cuando ella lo vio, se quedó inmóvil, como si alguien hubiese pronunciado su nombre desde un lugar indebido. No estaba preparada para recibirlo. Tal vez nunca lo estaría.

—David...

Él levantó apenas la mano, pidiendo permiso para entrar, un gesto mínimo que, sin embargo, parecía exigirle demasiado. No sabía con claridad qué lo había llevado hasta allí; solo sentía que, de no hacerlo, algo quedaría inconcluso.

—Me preocupó el modo en que te fuiste la otra tarde —dijo, procurando una voz serena—. No era necesario...

—Eso no lo habría dicho tu novia de habernos visto —respondió ella con una sonrisa leve, demasiado medida—. El caso es que no suelo actuar así...

—¿Así cómo?

Ella dudó. Por un instante tuvo la impresión de que la casa respiraba distinto, como si hubiese alguien más escuchando.

—¡Por Dios! Tan deschavetada... Si se lo cuento a mi abuela, ni me cree.

David advirtió entonces que no había reproche en su tono, pero sí una vigilancia sutil, como si ambos caminaran sobre un terreno que podía ceder en cualquier momento. Aun así, ella no retrocedió.

—Entra, por favor —resolvió al fin, haciéndose a un lado.

Al cruzar el umbral, David sintió un estremecimiento breve, injustificado. El aire parecía más denso allí dentro.

—La joven que vive al lado... —comenzó él, casi para aferrarse a algo concreto.

—Sí. Es la misma con la que fui a tu viñedo.

—La nueva amiga argentina...

—La misma... —Señaló un sillón, sin mirarlo del todo—. ¿A qué debo el honor de esta visita? Y sin aviso previo —añadió, como si quisiera restarle importancia, aunque no lo logró.

—Eso es lo más preocupante —respondió David, y sus ojos se demoraron en ella apenas más de lo prudente antes de apartarse.

—¿Tiene necesariamente que haber un motivo?

—Por lo general...

—¿Encubierto?

Ella sintió un leve mareo, como si las palabras llegaran con un segundo de retraso, o como si no provinieran solo de él.

«Debes retenerlo...», oyó con claridad una voz interna que no parecía del todo suya.

—Preferiría que no —dijo, alarmada—. Me inquietan los arribos sorpresivos, sin causa. En estos días se me confunde un poco lo terrenal con lo etéreo...

David apretó la mandíbula. No se movió. Ni la tocó. Pero algo en esa quietud denunciaba un esfuerzo contenido, una tensión que se le marcaba en el cuello.

Sentados a escasa distancia, él percibía su nerviosismo. Más aún, lo compartía. Tomó sus dedos con cuidado y tiró de ella apenas. El gesto fue tan inesperado que Alba perdió el equilibrio y cayó sobre su cuerpo. Entonces David la tomó, decidido, en sus brazos, y la besó.

Los labios se unieron como si se reconocieran.

Las imágenes irrumpieron sin orden. Escenas superpuestas, caricias indebidas, manos que parecían recordar el camino mejor que ellos mismos.

Entró en su cuerpo como si lo conociera; palpó sus senos abarcándolos con ambas manos y presumiéndolos con adoración.

Fue en ese instante cuando Alba tuvo la certeza.

No estaban solos.

No escuchó pasos ni vio sombras, pero una presión sutil se instaló en la habitación, como si el aire hubiese sido ocupado por una atención ajena.

Sintió la piel erizarse, no por el contacto de David, sino por la sensación inequívoca de ser observada.

Caminó hacia el dormitorio y él la siguió como poseído por una fuerza superior.

Aunque ya nada podía detener la avalancha de pasión que los impulsaba a actuar sin medir las consecuencias.

Cuando la ropa comenzó a incomodarlos, reaccionaron sin pensar. La urgencia con que se deshicieron de ella resultaba demasiado precisa, casi obediente. Alba cerró los ojos un momento y creyó percibir, detrás de sus párpados, una forma inmóvil, expectante.

Pensó que lo único que importaba era volver a sentirlo. No entendía cómo, pero estaba segura de amarlo. Desde hacía mucho tiempo... siglos, sin exagerar.

Cuando abrió los ojos, notó algo distinto en David. Sus pupilas, habitualmente oscuras, reflejaban una claridad extraña, como si una luz que no pertenecía a la habitación se hubiese instalado en ellas.

Él la sostuvo con una devoción que rozaba lo ritual. Y mientras lo hacía, Alba tuvo la inquietante certeza de que aquel gesto, esa adoración, no estaban dirigidos solo a ella.

—Cuánto debimos esperar... —murmuró David.

La frase no resonó únicamente entre ellos. Pero no les interesaba. Se estaban encontrando con la misma premura de antes... ¿antes de qué? No lo sabían. Ambos armonizaban de un modo indescriptible. Cuando el placer los descubrió, estaban tan compenetrados que estallaron al unísono.

Rato más tarde él se vuelve y la observa. Estaba tan hermosa como la recordaba. Su piel, su ardor, su ternura... Entonces no pudo callar. Las palabras brotaron solas de su boca.

—Háblame de amor...