Háblame de amor Capítulo 12. ¿Quién soy?
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Capítulo 12. ¿Quién soy?

¿Quién soy?

—¿S eñorita Villamayor? —Escucho que me llaman desde algún lugar recóndito. Mi mente forcejea por ubicarse, por regresar de un mundo que no me pertenece.

Cuando al fin reacciono, me descubro entre los brazos de Rabines. Su expresión revela un temor que no alcanzo a medir.

—No logro comprender qué me sucede... —murmuro, más para mí que para él.

Mi piel sigue ardiendo. Una emoción desbordada me empuja a aferrarme a su cuerpo macizo, buscando sostén.

Él no vacila. Me besa con urgencia, como si ese gesto hubiese estado aguardando su momento.

Hay en su boca un deseo tan inesperado como largamente contenido.

Abro los labios y dejo pasar su lengua; una excitación desconocida me atraviesa y mis manos, sin permiso, se ajustan a su espalda ancha, reclamando más.

—Alba... —Oigo entre jadeos.

Entonces la imagen de Dolores, reflejada en un espejo colgado en la pared, me golpea con brutal claridad. Recuerdo quién soy. Recuerdo que esto no está bien.

—Perdón... —susurro, cubriéndome el rostro, vencida por la vergüenza—. No entiendo qué me pasa... Es como si otra persona habitara en mí.

Las lágrimas amenazan. ¿Cómo pude hacer este papelón?

Por fortuna, mi compañera toma el mando. Me aparta con decisión y me conduce fuera del salón. Antes de irnos, la mirada feroz del dueño de casa termina de hacerme comprender la magnitud de lo ocurrido.

—¿Qué te pasó? —pregunta mi vecina apenas salimos—. Si no llego a ser yo quien los ve... imaginá si aparecía esa novia chufi que tiene... ¡Mamita querida!

El planteo de Dolores es tan sensato que me obliga a enfrentarme conmigo misma. Me avergüenzo. No soy así... ¿quién es esta mujer que irrumpe en mí sin pudor?

Entonces sucede, una brisa inesperada me roza el rostro, demasiado precisa para ser casual. No refresca el aire; me atraviesa. Y con ella llega una calma inquietante, como si alguien hubiese puesto una mano invisible sobre mi espíritu alterado.

Ella está aquí... Lo sé sin verla. Lo sé como se saben las cosas que no se explican.

¿Cómo puede una presencia —real o imaginada— desatar semejante torbellino de emociones? ¿Y por qué todas convergen en David?

No es solo deseo. Es otra cosa. Una grieta. Un llamado.

Volvemos con Dolores en un auto de Mallorcab.

El silencio es incómodo. Cada una viaja encerrada en sus pensamientos, pero los míos laten con una intensidad ajena.

Considero contarle mi sospecha, decirle que algo (o alguien) me habita desde hace días.

Ella conoce la historia, sí..., pero ¿me creería?

¿O haría lo que temo hacer yo misma: atribuirlo todo a una mente sugestionada?

Con mi abuela no puedo hablar. Bastaría una palabra para que el miedo echara raíces en ella.

Y con David... con David es imposible.

¿Cómo decirle que no siempre soy yo cuando lo miro así? Que hay momentos en los que siento que otra observa a través de mis ojos, que se estremece con su cercanía y empuja mis actos hacia un límite que no reconozco como propio.

Decírselo sería perder todo contacto con él. Callarlo, tal vez, también.

No sé si me visita un fantasma o si soy yo la que se desdobla para soportar lo que siente.

Solo sé que, desde que ella está, David ya no es solo David... y yo he dejado de ser completamente yo.

De repente Dolores me mira fijamente:

—Vamos a tener que hablar mucho nosotras... —Su comentario termina por decidirme.

***

Consuelo

—Ven...

Lo que en su boca suena a orden, para mí es una invitación sublime. El agua fresca, después del día caluroso, me arranca un gemido involuntario. Él me gira con suavidad y su boca recorre mi nuca, lenta, insistente, avivando la excitación.

Mi cuerpo queda cautivo de su respiración agitada, del modo en que me sostiene, como si el mundo se hubiera reducido a ese arroyo, a la noche cerrada y a la certeza de no querer estar en ningún otro sitio.

La pasión nos obliga a salir. Nadie puede vernos y menos, oírnos. Sin cambiarnos nos dirigimos a la casa, y una vez dentro, nos comenzamos a besar con voracidad. La sensualidad del momento nos mantiene exultantes con cada gesto, cada mano descubriendo su propio camino.

—¿Qué me haces, mujer? Jamás creí que existiera un ardor tan cautivador...

Le acuno el rostro, gozosa de ser poseída por un hombre tan viril.

Con sus manos, me tienta, y mi cuerpo aprende, torpe aún, a seguirlas.

No pienso, lo siento. La piel se me afina bajo sus caricias, como si cada punto tocado despertara otro más adentro.

Al recorrerlo, advierto su respuesta antes de comprenderla, un latido que se anuncia sin pedir permiso.

Cuando mis dedos lo rozan, se le escapa un gruñido bajo y el temor me cruza fugaz, punzante.

—No te detengas, pequeña... —murmura—. No hay herida en tu gesto, solo deleite.

Algo en mi pecho se abre entonces.

—Eres hermoso... —digo, casi para mí.

Su risa me rodea, cálida, y enseguida sus brazos.

Me recoge sin brusquedad, con una firmeza que no oprime.

Me dejo estar. No hay lucha ni deseo de huir.

Soy presa por voluntad, y él lo sabe. Su boca me recorre como si buscara mis secretos.

Se detiene detrás de las orejas, muerde mis lóbulos con una suavidad que me desarma.

Con una reverencia casi instintiva se apodera de uno de mis pechos: lo seduce, lo apremia, lo reclama con una avidez contenida.

Percibo su dominio en la pesadez de su respiración, en ese control llevado al límite. Se agita al escuchar mis gemidos.

Su mano se pierde entre mis piernas y un calor indescriptible comienza a expandirse, absorbiendo cada rincón de mis entrañas.

Me acaricia sin pudor, de una manera indecorosa que me desarma por completo.

Vibro... tiemblo... Algo crece dentro de mí, urgente, excitante.

Descubro que necesito gritar, y él acude de inmediato, besándome con una pasión desbordada.

Exploto de un modo alucinante, cuando un dolor punzante me atraviesa y me impulsa a querer apartarlo, un intento inútil frente a su fuerza.

—Shhh... calma, pequeña —susurra—. Es solo un instante. Ya pasará... Déjame hacerte feliz.

Y no se equivocaba. Sentirlo dentro de mí fue la experiencia más intensa que había vivido en todos mis años.

Tiempo después despierto en mi cama. Durante un instante creo que todo ha sido un sueño, una invención piadosa de la noche. Luego advierto mi desnudez y el aire sobre la piel me devuelve la verdad. Suspiro, colmada.

Me hizo suya, y nada de cuanto hubiera escuchado a escondidas, entre murmullos de cocina y palabras veladas, me había preparado para la vastedad de lo sentido. Hay experiencias que no se explican. Son esas que se alojan en el cuerpo y lo transforman.

El amor, pienso, mientras me recojo en el lecho, vuelve habitable la vida. Al menos para alguien como yo...

***

Alba

—¿Y desde cuándo sentís esto? —dijo Dolo, usando ese término impreciso con el que aludía a la extraña sensación que, a ratos, me hacía creer que no estaba sola dentro de mí.

Su pregunta escarbó en los últimos meses de mi vida. Tras el final confuso de la historia con Dylan, apareció mi abuela con la excusa perfecta: un viaje a Mallorca para despejar la cabeza.

—No hace mucho —respondí—. Pero estas sensaciones de estar en otro sitio empezaron cuando llegué a la isla.

—Ese hombre parecía poseer una escritura. Quizá tenga algo que nos ayude a entender... Podemos volver y preguntarle. Creo que te sucede algo extraño y que para saber de qué se trata, presiento que en el viñedo hay muchas respuestas.

Me la quedé observando. Su seguridad me asustaba. Era como si también ella formara parte de este intricado.

—Tienes razón. Algo de Consuelo yacía en esa casa...

Al pronunciarlo, un estremecimiento me cruzó el cuerpo. Porque desde mi llegada a ese sitio, había momentos en los que el aire parecía condensarse a mi alrededor, y una certeza ajena se instaló en mis pensamientos.

Consuelo ya no era solo una historia. A veces, sabía cosas que yo no había vivido. Y lo más inquietante no era sentirla cerca, sino reconocer que no me resistía.