Háblame de amor Capítulo 11. Un día de domingo
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Capítulo 11. Un día de domingo

Un día de domingo

E s tarde y el sueño se me niega con una obstinación casi física. Un domingo que no se dej a archivar, que vuelve una y otra vez, como si aún no hubiese terminado de suceder.

Sabiendo que habría otras personas, invité a mi amiga argentina a acompañarme.

Aceptó sin dudar, seducida por esa interna que empezó a tomar forma apenas me escuchó narrar lo ocurrido.

Su presencia me resultaba necesaria; un ancla, un cable a tierra frente a esa energía difícil de nombrar que se filtraba por la casa donde habían estado Consuelo y Miguel.

No era un recuerdo exacto ni una ausencia del todo; era algo suspendido, una vibración que se me adhería a la piel y no me soltaba.

Ahora, a solas, el cuerpo lo recuerda antes que la mente.

La piel sensible, como si hubiese estado expuesta a una corriente leve pero constante.

Me doy vuelta en la cama; las sábanas rozan y ese contacto mínimo basta para traer imágenes, gestos, silencios.

No pienso en escenas completas, sino en fragmentos: una cercanía prolongada, una respiración ajena demasiado próxima, una sensación que no llegó a consumarse y, sin embargo, insiste.

El pecho se me tensa, el calor vuelve. No hay culpa, tampoco calma. Solo la certeza de que algo quedó vibrando, suspendido entre lo vivido y lo imaginado. La noche avanza y yo permanezco despierta, acompañada por esa presencia invisible que no se nombra... pero se siente...

Llegamos temprano y, aun así, el recorrido ya convocaba a varias personas.

El predio se encontraba cercado; las vides, pesadas de fruto, dibujaban hileras prolijas que parecían cerrarse sobre sí mismas.

Había también niños, siempre sujetos a la mano de algún adulto, como si el lugar exigiera cierta vigilancia, cierta contención.

Desde la entrada distinguimos a Ramiro, el empleado de Rabines, conversando con los visitantes con una cordialidad ensayada.

Detrás de él, bajo una carpa montada para la ocasión, un grupo de jovencitas ofrecía la cata del vino producido en el viñedo.

Las copas brillaban al sol, el líquido giraba lento, y el aire comenzaba a impregnarse de un aroma dulzón que invitaba a demorarse más de la cuenta.

A medida que avanzábamos, el murmullo de las conversaciones se volvía más bajo, más compacto. El aroma dulce de las uvas maduras se mezclaba con el del alcohol reciente y el calor comenzaba a pesar sobre la piel.

Fue cuando sentí una presión leve en el pecho, una alerta sin causa visible. No había nada fuera de lugar y, sin embargo, todo parecía demasiado contenido, como si el sitio guardara algo que todavía no estaba dispuesto a revelarse.

Dolores debió percibir algo en mí, porque su mano se posó en mi brazo con naturalidad, sin apuro. El contacto fue breve pero suficiente.

—¿Por qué no entramos? —propuso—. Me resulta por demás interesante probar ese vino y dar mi opinión.

Apenas sentí su tacto, algo en mí se acomodó. Como si ese gesto sencillo hubiese puesto límite al desorden interno, devolviéndome al presente.

—De acuerdo... —respondí—. Trata de no emborracharte.

Ella rio, una risa franca, liviana, que contrastó con la densidad del ambiente. Y mientras avanzábamos, su mano permaneció un instante más de lo necesario en mi brazo, recordándome que no estaba sola, que todavía había anclas posibles.

Mientras cruzábamos el sendero hacia el estand con cajas envueltas con cuidado, cajones de madera que hablaban de una prolijidad casi ceremonial, levanté la vista sin intención precisa.

Entonces fue cuando lo vi. David estaba allí, junto a su hermana, recorriendo el despliegue con una atención que parecía distraída... hasta que no lo fue.

Nuestras miradas se cruzaron apenas un segundo; no más.

Lo suficiente. Sin ningún gesto que delatara sorpresa ni saludo posible; solo ese contacto fugaz que interrumpe el pulso interno y obliga a recomponerse de inmediato.

Él desvió la vista primero, como si nada hubiera ocurrido.

Yo tardé un instante más de lo prudente.

El aire se volvió incómodo, denso en un punto exacto del cuerpo. Seguí caminando, consciente de cada paso, del movimiento de mis brazos.

A nuestro alrededor, los pequeños grupos se repartían entre los parterres de las uvas más excelsas, comentaban, reían, degustaban.

Todo seguía su curso normal. Bueno, si definimos «normal» como el estar parada en un sitio donde hace siglos alguien vivió una realidad que por momentos la siento como propia.

Tomé conciencia de que debía acercarme a saludarlo. La abuela me lo reprocharía sin piedad de enterarse. Además, había sido él quien me invitó. No había escapatoria elegante.

—Excelente presentación... —lo felicité, cuando estuve frente a él.

—¿Te ha agradado? —preguntó—. Para tratarse de la primera vez, no me puedo quejar. La verdad es que supuse una concurrencia más masiva y no tanta calma entre los asistentes.

—No se debe prejuzgar... —le señalé, apuntándolo apenas con el dedo.

Sonrió de medio lado.

—Ah, pues has venido con ganas de discutir. Hoy no voy a responder tus pullas. Es un día para disfrutar.

Y sin darme tiempo a reaccionar, me tomó del brazo. El gesto fue natural, casi cordial, pero sentí cómo esa cercanía reactivaba algo que creía bajo control. Me condujo hasta la mesa, tomó una copa ya servida y me la ofreció.

—Sublime... —Escuché decir a Dolores. Recién entonces recordé que no había venido sola.

—Perdón —añadí—. Te presento a Dolores Arregui, una amiga que hice en Alcudia.

—Encantado —dijo él, con una cortesía correcta, casi automática.

Fue en ese instante cuando algo me obligó a girar.

Una joven se acercaba hacia nosotros. Vestía de manera llamativa, con tacones altos y destellos impropios para la ocasión, pero que, sin duda, realzaban una belleza natural imposible de ignorar.

No parecía haber llegado para mezclarse con el entorno, sino para imponerse sobre él.

—David... —lo llamó.

Él respondió con un gesto ambiguo, a medio camino entre la incomodidad y la resignación.

—¿Quiénes son? —preguntó ella, sin molestarse en disimular la brusquedad.

La respuesta quedó suspendida apenas un segundo.

Lo suficiente para que yo la midiera sin querer.

Linda, sí, eso no se le podía negar. Pero la falta de cortesía, el tono, la manera de irrumpir.

.. todo en ella gritaba una carencia más profunda.

No era solo descortesía; era ausencia de clase.

Vulgar, confirmé. Y no pude dejar de notar la presencia de mis celos.

—Tenga —me ordenó él, como si no me conociera y con cierta distancia, simulando no haberse percatado de la pregunta de la muchacha—.

Beba. Hallará aquí más historia que en esas viejas leyendas que ha venido a investigar.

—Sin esperar mi respuesta se volvió hacia la mujer y, tomándola del brazo, comenzó a caminar con ella hacia la casa.

Parecía estar sermoneándola por su comportamiento.

Por mi parte, una mezcla de sorpresa, resistencia y una aceptación que me incomodó reconocer.

Aun así, no pude negarlo. Tenía razón. Y mientras sostenía la copa, consciente del calor del vidrio y de su proximidad todavía latente, comprendí que aquel encuentro no iba a limitarse a una simple cortesía.

Lo veo volverse y llevarla junto a Ramiro. Ella camina, con apuro, hacia el interior de la vivienda. Rabines se acerca como contrariado.

—Ven conmigo. Tengo algo preparado para mostrarte... —Una orden más y esto terminaba mal... Dolo seguía distraída entre botellas y etiquetas cuando asentí y lo seguí. Nos abrimos paso entre la gente, envueltos en un murmullo creciente que celebraba la belleza del lugar.

No tardé en reconocer el destino. La vieja casa.

La que había aprendido a guardar recuerdos como quien guarda secretos.

Y otra vez ocurrió. El cuerpo antes que la mente.

La sangre antes que la memoria. Todo en mí respondió.

Sentí una caricia mínima, casi imaginada.

Lo miré para preguntarle qué hacíamos allí con tanta gente en su casa.

Mi alma se suspendió como una nube. Los ojos oscuros de David se tornaron azules y, por un instante, su sonrisa dejó ver una picardía desconocida. .. o revelada solo para mí, esta vez.

Fue un destello mínimo, pero suficiente para desordenarme. No dijo nada; tampoco hizo falta. Bastó ese gesto leve, la comisura apenas elevada, la mirada sostenida un segundo más de lo prudente para que el aire se espesara entre nosotros.

Entramos a un sitio antiquísimo. El umbral conservaba el olor antiguo de la madera y la humedad noble de las casas que han sabido esperar.

Cada paso despertaba ecos, como si el suelo reconociera mis pies.

David avanzó primero, con una familiaridad que no era alarde, sino pertenencia.

Yo lo seguí, consciente de mi respiración, de la piel alerta.

La luz se colaba por una ventana alta y dibujaba sombras oblicuas sobre las paredes; formas que parecían moverse cuando no las miraba de frente.

—Aquí —dijo en voz baja.

Se detuvo junto a una pared marcada por el tiempo.

Al acercarme, sentí otra vez ese roce; esta vez en la espalda, deliberado y breve, como una promesa que se retira antes de ser reclamada.

No me tocó más. No necesitaba hacerlo. La casa, el silencio contenido, su cercanía exacta.

.. todo conspiraba. Y yo supe, con una certeza inquietante, que lo que había venido a mostrarme no era solo un lugar.

Era una memoria viva. Y yo estaba dentro.

De los tres baúles dispuestos en el suelo, solo uno estaba abierto. Dentro alcancé a ver telas demasiado nuevas como para tener algún sentido. Lo vi acercarse y tomar algo de allí. Lo abrió con sumo cuidado y mi cabeza comenzó a girar...

—¿Te encuentras bien? —Su tono preocupado me trajo de regreso. La vergüenza me sostuvo tanto como su brazo.

—Parece que tu destino fuese salvarme —exclamé, más para salir del apuro que por convicción.

En sus manos había algo que aún no lograba descifrar. Alcancé a distinguir, al final de las capas de fina tela que lo cubrían, una forma conocida. Parecía un libro. Entonces lo abrió y, durante un tiempo, dejé de ser la misma.

Por las noches, como un ritual y una vez concluida la labor y con la certeza de que todos duermen, vamos al arroyo que cruza la hacienda. Si alguien me hubiera hablado de este descaro mío, lo habría tachado de mentiroso sin dudar.

Llegamos. Nos desvestimos en silencio. Nos miramos sin ahorrar detalle, como si el cuerpo del otro fuese un territorio recién descubierto. Él toma mi mano y me atrae hacia sí. Me besa. Siento su corazón y el mío marcando el mismo pulso...