Capítulo 10. Carrer de l’Estany Rodó, Alcudia
Carrer de l’Estany Rodó, Alcudia
L lego y, casi al mismo tiempo, la puerta de mi vecina se abre. Me está resultando habitual...
—¡Epa! —dice, apoyándose en el marco—. ¿Cuánto hace que no te veo? ¿Usaste la bici? ¿Qué tal te va?
La miro, sorprendida. No por las preguntas, sino por la forma en que me observa, como si estuviera pasando lista. Ella se adelanta a mi silencio y se ríe, satisfecha.
—Veo que sí la usaste —agrega, señalando mis piernas antes de que yo diga una palabra.
—¿Por dónde te empiezo a responder? —pregunto, mientras dejo la bicicleta contra la pared y estiro apenas una pierna, exage rando el gesto—. Me encantó recorrer la ciudad en tu bicicleta. Aunque no me esperaba semejante periplo... y mis músculos pueden dar fe.
—Ajá —responde, divertida—. ¿Y aparte de la tortura física?
—Aparte de eso —sonrío—, todo más que bien.
Ella asiente despacio, como si confirmara algo que ya sabía, y se queda ahí, sin volver a entrar, mirándome un segundo más de la cuenta.
—¿Tenés tiempo para una charla?
—Es lo que me sobra. Pero deja que me adecente un poco y en un rato estoy de vuelta.
—Ok. Te espero. Mientras pongo agua a calentar...
Su ritual del mate ya me resulta conocido; hay algo tranquilizador en esa repetición.
Después de un baño que me devuelve a la vida, cruzo a lo de Dolores. La cocina está apenas iluminada y ella ya tiene el mate en la mano, como si hubiera calculado el momento exacto. Al verme, arquea apenas una ceja y sonríe de costado, sin decir nada. Ese gesto mínimo me afloja el pecho.
Me alcanza el mate . El vapor tibio me roza la cara.
—Tenés cara de haber vivido algo... —dice al fin, en voz baja.
Me siento. Apoyo el mate entre las manos como si necesitara anclarme a algo.
—Fue una tarde intensa —empiezo—. Demasiado, incluso.
Dolores asiente despacio. No pregunta. Solo escucha.
—Sentí cosas que no esperaba —continúo—. Deseo... por alguien que apenas conozco. Y, por momentos, fue como estar en una realidad paralela.
Ella vuelve a sonreír, apenas. Se limita a cebar otro mate y me lo acerca, como si ese gesto fuera su manera de decir «seguí».
—¿Y eso te asusta? —pregunta, finalmente.
Niego con la cabeza.
—No —respondo—. Me despierta curiosidad.
Dolores sostiene mi mirada un segundo más de lo necesario.
—Entonces —dice—, no fue una mala tarde.
Sin saber muy bien cómo (yo, tan dada a la reserva), me descubro contándole a mi vecina los pormenores de mi viaje.
Aparecen la abuela Berenguela, la Lola, los caminos que me trajeron hasta aquí.
Le explico mi necesidad de averiguar qué fue del destino de esa jovencita, un pedido de mi abuela que acepté casi sin pensarlo.
Dolores no dice nada. Solo inclina levemente la cabeza y deja el mate sobre la mesa, como si ese gesto me cediera el turno definitivo.
—Pero no es solo eso —agrego, y la frase pesa más de lo que esperaba—. Hay algo más.
Respiro hondo.
—Aunque me empeñe en negarlo, estoy huyendo de un amor no correspondido. Vine creyendo que el movimiento iba a ordenarme, que cambiar de paisaje bastaría.
Dolores alza apenas una ceja. No hay juicio, solo una atención quieta que me obliga a seguir.
—Y ahí es donde me descubro pareciéndome a Consuelo —continúo—. En esa obstinación por creer que la distancia cura lo que, en realidad, solo se calla. En seguir adelante como si no doliera, cuando duele.
Me escucho y no me gusto del todo.
—Tal vez no vine a buscar respuestas —aclaro, más bajo—, sino una exc usa elegante para no quedarme y enfrentar lo que no fue.
—No viniste a huir —dice—. Viniste a comprobar si todavía duele.
El silencio que sigue no pide respuestas. Solo verdad. Y no sé si estoy dispuesta a abrirme tanto...
***
David
—¿Te marchas?
—Ya es hora —respondió David, concentrado en los botones de la camisa, como si cada uno fuera una decisión menor y no la suma de todas.
Habían pasado una buena noche juntos. Eso no lo ponía en duda.
Lo que sí le pesaba era la mañana; ese momento en que el deseo dejaba de servirle de coartada.
Marcela quería más. No lo decía siempre, pero él lo sentía en los silencios, en la forma en que ella estiraba las horas.
Y él... Bueno. Hasta hacía unos días estaba convencido de que sería la mejor propuesta.
Hoy algo —o, mejor dicho, alguien—, y contra su propia voluntad, perturbaba su decisión.
Sin embargo, Marcela aún no era su esposa. Esa frase, tan limpia, tan socialmente correcta, le permitía seguir midiendo, posponiendo, cuidando una imagen que todavía le convenía.
Ella se desperezó con una languidez casi distraída.
La sábana se deslizó apenas. David alzó la vista y el golpe fue inmediato.
Por un instante, quedó atrapado por esos pechos firmes, con un pezón que comenzaba a erguirse ante su escrutinio.
Miró la hora y sonrió. La deseaba, sí. Pero también sentía culpa.
La certeza de que su mirada prometía algo que él no pensaba cumplir.
Especuló en lo fácil que era quedarse. Con una frialdad que lo incomodó, razonó sobre lo inconveniente que sería que alguien los viera juntos tan íntimamente.
Se conocían todos. Como una telaraña de la que, de quererlo, le costaría salir. ..
Miró la hora. Un gesto automático. Un escudo.
—Tú ganas... —dijo al fin, sonriendo.
Marcela rio, pero sus ojos lo estudiaron un segundo más de lo habitual. Como si adivinara que aquella rendición no era entrega, sino aplazamiento. David se desvistió con rapidez, casi con urgencia, temiendo que si se detenía a pensar volvería a huir.
Cuando se besaron, el cuerpo de ella se ofreció sin reservas. El de él respondió con la misma intensidad. Pero, en algún lugar entre las sábanas, David supo que estaba comprando tiempo. Y Marcela, sin decirlo, entendió que ese tiempo tenía fecha de vencimiento.
***
Atardecía cuando David se descubrió mirando por la ventana, como si allí hubiera algo (o alguien) que lo absolviera de pensar.
Los canales, concebidos para otorgar a la ciudad un aire veneciano, devolvían los últimos reflejos del sol con una belleza casi mecánica. Al fondo, la Fuente de Agua seguía su curso, indiferente.
Él no se movía. Permanecía de espaldas a la habitación, retrasando el momento de darse vuelta, consciente, sin necesidad de verla, de la mujer semidesnuda que ocupaba el espacio detrás. Su presencia pesaba en el aire, no por lo que ofrecía, sino por lo que no exigía.
Habían sido horas de sexo placentero. Nada que mereciera ser recordado. Y, aun así, mientras la luz se extinguía, esa certeza no terminaba de asentarse.
Un gemido lo hizo volverse. La supo dormida —o eso quiso creer—, quizá atrapada en algún resto de lo que habían vivido. A David le resultaba imposible desalojar de la cabeza lo ocurrido el domingo anterior; bastaba evocarlo para que el pulso se le desordenara.
No era la primera vez que le ocurrían cosas. Es más, tenía el tema tan incorporado a su memoria que lo dejaba pasar como un suceso sin importancia. Pero ocurría y demasiadas veces...
Volvía a estar en ese sitio impreciso que, aun así, reconocía como propio.
Un territorio sin bordes claros, donde era él y no lo era del todo; donde era ella, y sin embargo se desdibujaba.
Todo se mezclaba en una misma respiración contenida, como si el recuerdo tuviera cuerpo y lo reclamara en silencio.
Entonces toda su anatomía ardió. Desde la cabeza hasta la punta de los pies.
Sintió sus manos recorrerlo de un modo tan sensual como inocente en su hacer.
El recuerdo lo hizo jadear sin contención. Tuvo que tomar su saco y salir del apartamento o acabaría por volverse loco.
***
Consuelo
¿Qué podría haberme dado mayor felicidad que este instante?
Nada. Lo observo dormir con la mansedu mbre de un niño.
Me resulta imposible conciliar el sueño después de habernos amado con tanta intensidad; pasión y ternura entrelazadas, con ese leve tinte perverso que me llevó a abandonarme y dejarlo hacer, sin reservas, con mi cuerpo.
Tengo hambre, sí, pero no pienso moverme de su lado. Velaré su descanso.
El cuerpo protesta, pero lo acallo. Hay pérdidas que comienzan con descuidos mínimos: una ausencia breve, una distracción, un instante en que alguien más ocupa el sitio que una creyó seguro.
Mientras duerme, su respiración es mía. La escucho en silencio, como si cada exhalación fuera una promesa de permanencia. Si abriera los ojos y no me encontrara aquí... ¿qué cambiaría en él? ¿Qué puerta se abriría sin que yo lo supiera?
No quiero averiguarlo.
Que nadie lo mire así. Que nadie aprenda la curva exacta de su descanso. No es arrogancia, es miedo. Un miedo antiguo, adherido a la piel, que me susurra que todo lo amado puede evaporarse si no se lo custodia.
Cuando llegue el amanecer, me encontrará despierta, quieta, gloriosamente enamorada.
Y secretamente aterrada de que incluso eso no sea suficiente para retenerlo...