Háblame de amor Capítulo 9. Casi un mito
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Capítulo 9. Casi un mito

Casi un mito

E l interior del hogar de los Rabines me resultó tan perturbadoramente conocido que debí detenerme un instante.

No era reconocimiento, sino algo más incómodo.

Algo así como la sensación de haber llegado tarde a una historia que ya llevaba siglos ocurriendo.

Mis pies parecían saber adónde ir. Él lo notó.

Observó ese leve titubeo con una atención fría, casi científica, como si evaluara una reacción esperable.

El living se abrió ante nosotros con una solemnidad silenciosa.

Los ventanales inmensos no dejaban lugar a dudas, los viñedos mandaban.

No rodeaban la casa; la vigilaban. Las hileras se extendían con una disciplina que imponía respeto, incluso obediencia.

El aire estaba cargado de ese aroma especial, terroso y dulce a la vez.

No supe si venía de afuera o si la casa lo exhalaba, como si la historia de la familia se hubiera filtrado en las paredes.

—Siéntate. Ponte cómoda... —dijo, señalando los sillones mullidos—. ¿Te ofrezco algo de beber? Ya casi es hora del almuerzo... —añadió, consultando su reloj. El gesto no fue casual; marcaba territorio, tiempo, control.

—No quisiera molestar. Seré breve... al menos esta vez —respondí, con una sonrisa cuidadosamente elegida.

—Ah, no. Eso no —replicó de inmediato—. Si has venido hasta aquí, deberás probar nuestra cocina y nuestro vino. ¿Qué diría la abuela Lola si supiera que dejé marchar a una visita sin atenderla? Bastante dicen ya que no soy amable.

Había algo en su tono. Una hospitalidad que no admitía rechazo.

—No tengo inconveniente —dije—. Será un placer. Incluso podríamos aprovechar mejor tu tiempo adelantando algunas preguntas que traigo conmigo.

—Mmmm... respecto a eso no te prometo demasiado —contestó, con una leve sonrisa que no alcanzó a sus ojos—. Puedo ser cordial, incluso generoso, y llevarte a conocer el sitio donde se levantó la primera parte de la casa. Pero debes comprender que mi vida personal no es terreno abierto.

—Creí que la carta de tu abuela había dejado claro el motivo de mi visita. No busco hurgar por capricho, solo entender qué ocurrió con aquella vieja historia.

—Las historias antiguas suelen incomodar cuando se las remueve —objetó—. Y hay quienes no saben cuándo detenerse.

—No será mi caso —aseguré—. Y si cruzo algún límite, confío en que sabrás indicármelo.

En ese momento, la entrada de una muchacha alteró el equilibrio de la escena.

El cambio fue inmediato, casi violento en su sutileza.

El rostro de él se transformó; la rigidez se deshizo, la mirada se volvió cálida, abiertamente protectora.

No hizo falta contacto ni palabras. Lo comprendí al instante.

Aquella joven no era una presencia circunstancial. Era parte del corazón de la casa.

Y yo, con una claridad que me heló el pecho, supe que acababa de pisar un terreno donde el pasado no estaba muerto... solo aguardaba que alguien lo nombrara para defenderse.

—No sabía que tenías compañía —dijo la muchacha, dejándose caer en una banqueta baja, casi al ras del suelo, como si ese fuera su lugar natural.

—Te presento a Alba Villamayor. Viene de parte de nuestra abuela. Anda tras la leyenda de la llorona... —añadió él con un dejo de ironía que me tensó los hombros.

Me erguí en el asiento y respondí, algo chispeada:

—No pensé que serías tan cerrado de entendederas con estos temas. —Entonces, reaccioné—: ¿Quién es «la llorona»?

Mi réplica lo tomó por sorpresa. Se quedó mudo. La risa de la muchacha cayó entonces como un manto piadoso sobre el choque de voluntades.

Ella se puso de pie y se acercó a saludarme.

—Hola. Soy Guida Rabines. En realidad, Margalida, pero lo detesto —aclaró sin el menor pudor—. Me encanta que le hayas hecho frente a mi hermano. Siempre se sale con la suya. Se refiere así a una mujer que solemos escuchar llorar por las noches; en especial, las de tormenta.

—No quise ser descortés —expliqué mirando al dueño de casa—.

Le tengo un gran cariño a mi abuela Berenguela y es ella quien está interesada en desatar este entuerto.

—Y volviéndome a la jovencita, saqué mi agenda y la interrogué—: Cuéntame más de a la que llamáis «la llorona».

—Mientras tanto, iba poniendo algunos datos de lo oído.

—No se escucha siempre. Sucede por la noche y tiene que ser de tormenta; de las que dan miedo. Mis padres decían que se trataba de Consuelo, que lloraba por su amor perdido. Cada miembro de la familia la oyó. No así los empleados. Y eso crea una relación directa con nuestra estirpe.

—Ya lo creo... ¿Y no os asusta saber que tenéis un fantasma con ustedes?

—Eso es lo extraño. No. Es como si nos resultase tan común...

—Pues juro que me han impresionado.

—Lo bien que hace. La abuela Lola siempre habla de su amiga Berenguela con mucho cariño... —Al observar el cambio de tema, noté que Guida miraba hacia la puerta y asintió—. Nuestro almuerzo nos espera.

***

Más tarde, ya en el apartamento, escribo, en detalle, lo ocurrido.

¿Qué puedo decir de la visita? Todavía no termino de asimilar las vibraciones que alteraron mi percepción, esa frontera imprecisa entre lo viv ido y las imágenes que se me imponían.

De pronto, una sombra enturbiaba la claridad de la hermosa tarde y, cuando buscaba su origen, no encontraba más que la nada misma. ..

Escribir me devuelve a la recorrida por la casa solariega.

Algunos retratos me produjeron una incomodidad difícil de nombrar, como si no solo observaran, sino que esperaran.

El gran solar partía la vivienda en dos, y esa división no parecía casual.

La sección más al sur conservaba, con una dignidad obstinada, los restos de otros tiempos.

Desde el fondo se alcanzaban a distinguir la muralla de piedra y el corazón de Alcudia.

No era una casa antigua; era una permanencia.

Estuvimos solos. Guida tenía otros asuntos que atender.

—Esta parte de la casa mis padres la mantuvieron como fue construida —dijo David—. La piedra la protege. Y cuando debimos intervenir, lo hicimos con cuidado. Mucho cuidado.

Hubo algo en la forma en que lo dijo que me hizo pensar que no hablaba solo de muros .

—Según tengo entendido, data del siglo xiv —comenté, mirando mis apuntes, como si necesitara aferrarme a algo concreto.

—Así es. Dentro verás mapas y dibujos. Un antepasado nuestro, «el pirata», hacía bocetos sobre las futuras siembras.

—Entonces descienden de Juan, no de Miguel...

Mi sorpresa lo hizo sonreír, pero fue una sonrisa breve, medida.

—¿Te inquieta tanto que haya un pirata en la familia?

—No es eso. Creí que Miguel había regresado cuando Consuelo ya estaba muerta...

El silencio se tensó entre nosotros. Su mirada me obligó a bajar los ojos, como si hubiese pronunciado algo que no debía. En ese momento entendí que las sombras no eran solo un efecto del lugar; eran palabras no dichas, versiones incompletas.

—Según los escritos que se hallaron, Miguel murió en el mar...

—No sabía eso —respondí—. Siempre pensé que la había abandonado.

—Los Rabines somos gente de palabra.

El tono era correcto, casi impecable, pero había en él una grieta sutil, una ironía que no se permitía salir del todo. Sentí que hablábamos de otros hombres, de otros tiempos, y sin embargo algo nos rozaba de manera directa, incómoda.

—No quise ofenderte. ¿Puedo ver esos escritos? —pregunté, sabiendo ya que estaba cruzando un límite.

—En otra visita. Esos papeles no se ofrecen a la ligera. Hay que saber dónde buscarlos.

Asentí, consciente de mi atrevimiento y de algo más, de que no todo deseo de verdad es bienvenido. Pero si de algo estaba convencida era de que este hombre me atraía como la miel a la abeja. Y para mí, una colmena.

—Es tarde. Debo irme. —Algo en mí se resistía a quedarse más tiempo. Como si estuviese al borde de cometer una locura.

Me acompañó hasta la salida. Allí, cuando ya creía que el encuentro había terminado, dijo:

—El domingo tendremos el primer tour oficial por el viñedo. Vendrá gente. Se abrirán espacios que han permanecido cerrados mucho tiempo.

Hizo una pausa mínima, suf iciente para incomodarme.

—Te invito a que vengas y pases el día con nosotros. Si no tienes otro compromiso.

Su tono fue amable, casi afectuoso. Sin embargo, algo en la forma en que sostuvo mi mirada me dejó sin aire.

Comprendí entonces que el domingo no era solo una invitación. Era una entrada. A esa casa, su historia y a lo que no se decía. Esa parte oculta a los mortales. ¡Qué ironía! Y yo convencida de que venía a hacer un gran descubrimiento... Me estaban esperando.

Tuve la sensación (absurda pero nítida) de que allí dentro había algo aguardando. No una persona exactamente. Más bien una presencia. Un secreto que respiraba en los pasillos, que escuchaba detrás de las puertas cerradas.

El domingo no sería un almuerzo. Sería una revelación.

O una advertencia disfrazada de hospitalidad.

Aun así, supe que iría. Y supe que ese día no saldría indemne.