Capítulo 8. ¿Coincidencia?
¿Coincidencia?
—¡P ero si eres el nieto de doña Lola...
! ¡Válgame Dios! —dije, llevándome, un poco exagerada, ambas manos a la cabeza, pero me la debía—.
Esa mujer tan tierna y superamable. Dime, ¿a que no sacaste nada de ella?
—Mi reacción se nota que lo toma desprevenido.
Seria, sí; sin boca para defenderme, no.
Tuve que ceder al impulso de escapar cuanto antes. Mi recelo inicial se transformó en desdén al recordar su actitud al verme en su tierra.
La sonrisa se le desbandó al galanazo, que (oh, fíjate tú) resultó ser el mismo que venía cruzándose conmigo desde casi la partida de Barcelona y recién me ubicaba.
—En eso te doy toda la razón. Mi abuela es la encarnación misma de un hada del bosque. Y ninguno de nosotros heredó de ella ni el dedo meñique —sentenció, acompañando la confesión con un gracioso gesto que terminó por hacerme reír.
—Lo siento... —agregué, de pronto compungida.
Fue entonces cuando el llamado Ramiro nos observó en silencio. Negó apenas con la cabeza y, con la discreción de quien sabe cuándo sobra, decidió dejarnos a solas.
—Dado que has llegado hasta aquí, te invito a visitar mi viñedo, todo sea por la abuela...
Mi mirada se ensombreció ante su modo de hablar; el dibujo de sus manos en el aire, el giro lento del rostro, la pausa apenas marcada entre una frase y otra.
Había algo en esa cadencia que me resultaba peligrosamente conocido.
Sentí un rubor treparme desde el pecho hasta el cuello, como si el cuerpo se me adelantara al pensamiento.
Una imagen, breve e involuntaria, se fijó en mi mente y me obligó a tensar los hombros, a anclar los pies al suelo para no traicionarme.
—Te traigo una carta de presentación —dije, buscando refugio en la bandolera, agradeciendo el roce áspero de la tela contra mis dedos.
Entonces me tomó del brazo para detenerme.
No fue un gesto brusco, apenas la presión justa, el pulgar afirmándose sobre mi piel.
Aun así, el contacto me desarmó. Sentí el calor atravesar la manga, el pulso ajeno marcando un compás que no era el mío, y por un instante olvidé cómo seguir respirando.
Todo estalló hacia adentro, silencioso y feroz, mientras permanecía inmóvil, sosteniendo una calma que ya no me pertenecía.
—Perdón... —dije, como si la disculpa me sirviera de ancla, repitiéndomela en silencio para no avanzar un paso más.
Lo vi recomponerse. Algo lo había sacudido también a él; lo presentí en el modo en que tensó la mandíbula, en ese segundo de más antes de volver a mirarme. Fue evidente por el gesto que dejó escapar, aunque ens eguida lo cerró. No. No tenía intención alguna de revelarme nada.
—Ven conmigo —dijo, señalando la casa con un movimiento breve, como si necesitara ponerse en marcha para no quedarse allí.
—Lee la carta primero.
—Si tanto insistes... —Accedió, aunque su mirada ya se había apartado, buscando algo a que aferrarse.
—En ella está clara la explicación de mi visita. Puede que te resulte molesta con tanta...
—Nada de molestias —la interrumpió—. Y deja ya de dis culparte cada dos palabras.
Tomó la carta sin mirarme. El papel crujió al abrirse. Se apartó un paso para leer; el espacio entre nosotros quedó quieto.
Yo no me moví. Bajé la mirada. El silencio pesó. Solo el roce del papel y su respiración, demasiado marca da.
Frunció el ceño. Tragué saliva. Me miró unos segundos como si midiese hasta dónde pensaba inmiscuirme en su historia familiar. Quise hab lar, pero no me animé. Preferí esperar.
—Así que... —dijo, y carraspeó—. Vienes a investigar sobre mis antepasados —observó risueño. Parecía causarle gracia.
Asentí. Él apretó la carta contra la palma. Exhaló, breve.
—No lo esperaba. Pasa. No es cosa de un minuto.
Dio medio p aso hacia la casa. El tono fue correcto; el cuerpo, no. Los hombros tensos, la mirada esquiva. La carta había hecho la mella suficiente para crear un clima de tensión intensa, casi visible, como si el aire se hubiera vuelto más denso entre nosotros.
Si por un momento pensé en huir, fue ese. Exactamente ese. Porque algo, muy adentro, me advertía de que no se trataba de una simple conversación incómoda ni de un malentendido doméstico. Estaba metiéndome en una gorda.
Lo supe por la forma en que evitó sostenerme la mirada. Por el modo en que sus dedos, inquietos, rozaban el marco de la puerta como buscando apoyo. Por esa pausa apenas perceptible antes de invitarme a pasar.
Había una grieta abierta. Y yo estaba a punto de cruzarla.
***
Consuelo
El calor no me deja dormir. Me incorporo con un jadeo breve y me paso un paño húmedo por el cuello, los hombros, el pecho. La piel arde y, aun así, tarda en calmarse. El agua se evapora enseguida, dejándome más consciente de cada poro.
Entonces escucho sus pisadas en la parte trasera de la casa, justo allí donde corre una brisa escasa pero bendita. Ese aire que a mí no me alcanza. Todo el día fue igual. Se anunciaba lluvia para la noche y la noche llegó seca, espesa, pegada al cuerpo.
El camisón se me adhiere. Me lo separo con los dedos, impaciente. El abanico apenas mueve el aire, pero insiste, como yo. Respiro hondo. Demasiado hondo.
Voy a salir. Lo decido sin decirlo en voz alta.
También tengo derecho al placer... a recibir... a...
No termino la idea. El cuerpo la completa por mí. Necesito calmar esta agitación sorda que me sube desde el vientre y me desordena la respiración.
Lo imagino refrescándose en el pozo. El agua deslizándose por su piel, el alivio inmediato, la quietud posterior bajo la noche. La imagen me sacude. Sin camisa. La tela apenas cumpliendo su función. Trago saliva. El pulso se me vuelve más evidente, más bajo.
Avanzo. El suelo está tibio bajo mis pies. El aire roza la piel húmeda y me eriza. No me detengo, aunque la vista me golpee, porque de hacerlo sería ceder del todo.
Es entonces cuando me ve. No me da tiempo a huir. Se me acerca sigiloso. Parece un depredador y yo su presa. Dejamos de ser quienes fuimos para transformarnos en esto... Dos personas muy solas que, de algún modo, se necesitan.
Se detiene apenas un segundo y luego camina hacia mí, con pasos pesados, deliberados, como si cada uno me concediera la oportunidad del arrepentimiento. El aire entre nosotros se condensa. Siento el pulso en la garganta, en el vientre, en las manos. No voy a dejar pasar este instante.
Levanto el camisón con ambas manos. El gesto es lento, consciente. La tela se desliza por la piel todavía húmeda y el frescor nocturno me recorre como un estremecimiento inevitable. Me quedo así, sin avanzar ni retroceder.
La luz de la luna me delata. Mi cuerpo queda reflejado en sus ojos, y en esa imagen me reconozco expuesta, firme, temblando apenas. No digo nada. No hace falta. Todo está dicho en la manera en que respiro.
—Bella Consuelo... —Sus palabras justificaron mi entrega.