Capítulo 7. Un mal comienzo
Un mal comienzo
E se día debía resolver un tema postergado. David entendió que, si no tomaba la decisión de abrir los viñedos al turismo, estaban perdiendo un ingreso considerable. Ya había discutido lo suficiente al respecto, con su contable y gran amigo.
Resultaba evidente que las viñas vecinas habían asumido por completo su rol como parte del circuito de atractivos lugareños. Pero él se resistía. Le parecía una invasión a aquello que resguardaba por sobre todas las cosas.
—Lo hemos hablado el mes pasado y estuviste de acuerdo —reclamó Ramiro—. Si no organizamos pronto una visita, quedaremos fuera de la propuesta. Este año lo tenemos prácticamente perdido...
—¿Y entonces? —replicó David, seco.
—Se me ocurre ofrecer a alguno de mis contactos hoteleros un recorrido simple, con la posibilidad de catar tus vinos y, no sé... preparar algunas cajas para la venta directa.
Mientras Ramiro hablaba, el otro rumiaba.
Su vista recorría el escenario que descollaba en color y aroma.
Era su lugar ahora, y deseaba preservarlo.
Fue en ese mismo instante cuando descubrió a una joven con una gorra roja encasquetada, desparramada sobre un lote de Moscatel a punto de ser levantado.
Una bicicleta rosa se enredaba entre los finos racimos, dejando marcas profundas en un terreno tan cuidado por el personal.
Sin atinar a otra cosa, abrió el ventanal y lanzó un grito para llamar la atención de la intrusa.
—¡¿Qué está haciendo?! No podría ser más torpe, aunque se lo propusiera... —vociferó, gesticulando para indicarle que debía levantarse de inmediato.
Ella alzó la cabeza con una lentitud que desentonaba con el apuro que él exigía.
No se disculpó ni se apresuró. Se limitó a mirarlo, como si evaluara la escena antes de decidir qué lugar ocupar en ella.
Tenía el ceño apenas fruncido, los labios entreabiertos, y una quietud que no era sumisión ni desafío explícito, sino algo incómodamente intermedio.
David sintió que esa pausa lo descolocaba más que el daño en las plantas.
Había en esa mirada una falta de urgencia, o quizá una forma de medirlo, que lo irritó de inmediato.
No sabía si la joven no comprendía la gravedad de lo ocurrido o si, por el contrario, la comprendía demasiado bien y aun así elegía no reaccionar.
Y esa incertidumbre, inesperada y molesta, terminó por sacarlo de quicio.
—¡Le estoy hablando! —insistió, apoyando ambas manos en el marco del ventanal—. ¿No ve lo que ha hecho? —Y volviéndose a su amigo—: ¿Puedes creerlo, Ramiro? ¿Esta mujer se mete en mis tierras y pisotea sin prestar atención a lo que hace?
La joven se incorporó al fin, despacio, sacudiéndose la ropa con un gesto mínimo. No miró de inmediato las plantas aplastadas, sino la casa, el ventanal, la figura rígida del hombre que la venía increpando desde arriba. Ahora lo tenía a su lado.
—Lo escucho —dijo por fin ella, sin alzar la voz.
La respuesta, tan medida, le cayó mal. David esperó una disculpa, un sobresalto, cualquier signo de apremio. No llegó.
—Entonces comprenderá que no puede estar ahí —replicó—. Esto no es un parque.
Ella ladeó la cabeza, como si esa aclaración mereciera ser pensada.
—No lo parecía —contestó, tras una breve pausa—. ¿Acaso no ha visto que fue sin querer?
El tono no era insolente, pero tampoco dócil.
Había en él una extraña neutralidad que lo obligó a mirarla con más detenimiento. Recién entonces advirtió el enredo de la bicicleta, el polvo en sus manos, el rastro de uvas machacadas en el dobladillo de la tela.
—Es una propiedad privada —dijo, más despacio—. Y usted está causando un perjuicio.
La joven sostuvo la mirada.
—No era mi intención y me disculpo —respondió—. Pero ya estoy aquí.
Aquella última frase, dicha sin énfasis alguno, quedó suspendida entre ambos como una afirmación difícil de rebatir. Él sintió que, sin proponérselo, la conversación había dejado de ser una simple reprimenda. Y eso, más que el daño visible en la viña, lo inquietó.
Sin aguardar más, y sin siquiera mirarla, David comenzó a enderezar el estropicio.
—Mire lo que ha provocado... —dijo, y le sorprendió la dulzura que se filtró en su voz mientras trataba de recomponer, con manos aún tensas, las guías y acomodar la tierra.
Trabajaba inclinado, concentrado en el daño visible, como si así pudiera ordenar también lo que le hervía por dentro.
Recién al girarse advirtió que la joven se había arrodillado a su lado.
Sin pedir permiso, sostenía un brote con cuidado excesivo, procurando no lastimar más de lo que ya estaba herido.
David se quedó inmóvil un instante. No sabía si apartarla o dejarla hacer. Había en ese gesto una cercanía inesperada, una intromisión sigilosa que no terminaba de incomodarlo del todo.
Ella no lo miró; siguió acomodando la tierra con una atención casi reverente, como si el viñedo no le fuera ajeno.
Ese mutuo silencio, compartido sobre las plantas dañadas, tensó el aire de una forma nueva: ya no era solo el choque inicial, sino algo que pedía ser nombrado o, al menos, contenido.
Sintió que debía decir algo serio, más formal y a la altura de los daños, firme. Buscó sus ojos más por necesidad de afirmarse en un punto que por verdadero deseo de hablarle. Y entonces algo se le desacomodó.
Había en ella un gesto, una forma de sostener la mirada, que le resultó inquietantemente familiar.
La había visto antes, estaba seguro. No allí, no en ese viñedo, pero en otro sitio.
La certeza no venía acompañada de una imagen nítida, apenas de una sensación persistente, como una palabra a punto de decirse.
Ese era el hecho.
No el daño en las plantas.
Tampoco la intromisión.
Ese reconocimiento impreciso que le robó, por un instante, toda autoridad.
—David...
La voz llegó desde el sendero, demasiado cerca como para fingir que no había sido oída. Él alzó la cabeza con un sobresalto contenido. Era Ramiro, que avanzaba entre las hileras con el ceño fruncido, observando la escena con una mezcla de desconcierto y cautela.
—Pensé que... —se interrumpió al reparar en la joven arrodillada junto a su amigo—. No sabía que teníamos visita.
David se irguió despacio. Se limpió las manos en el pantalón y, por primera vez, pareció dudar de qué decir. La cercanía compartida unos segundos antes se volvió incómoda bajo esa mirada ajena.
—No la tenemos —respondió al fin—. Se metió sin permiso.
Ramiro desvió la vista hacia la bicicleta enredada entre los racimos, luego a las plantas lastimadas. Asintió, como quien entiende el problema, pero no termina de ubicarlo.
—Ah —dijo—. Ya.
La joven se puso de pie entonces. Se sacudió la tierra de las rodillas y alzó la vista con una calma que contrastaba con la rigidez de ambos hombres.
—Lo siento —dijo—. Debí avisar antes de venir. Soy Alba Villamayor... y su abuela y la mía son tan amigas que estoy parando de visita en su apartamento.
El nombre q uedó suspendido un instante. No era una justificación, pero tampoco una excusa.
Más bien una clave inesperada, lo bas tante precisa como para desarmar el enojo que David aún intentaba sostener.
Ramiro fue el primero en romper el silencio. Se aclaró la garganta, como si necesitara tiempo para ordenar la información antes de hablar.
—Villamayor... —repitió, más para sí que para ella—. Claro, ahora entiendo.
Esbozó una sonrisa breve, educada, y dio un paso al frente, interponiéndose apenas entre Alba y el dueño del viñedo, no para proteger a ninguno, sino para suavizar el clima.
—Ramiro Ordóñez —se presentó—. Disculpe el recibimiento, no solemos tener visitas... inesperadas.
Luego miró de reojo a David, esperando quizá una señal, alguna confirmación que no llegó. Alba sostuvo la bi cicleta con ambas manos, atenta, sin urgencia por irse.
—Si está alojada en casa de doña Lola, entonces no es exactamente una desconocida —continuó Ramiro—. Aunque el viñedo, ya ve, es un sitio delicado.
La joven asintió con un gesto leve.
—Lo comprendo. —Nunca jamás se había comportado tan ridículamente. Se sentía una idiota; sin argumentos para responder a los ataques, aunque debía reconocer, justificados, del señor Rabines.
Ramiro volvió a mirarla, evaluando. Había en su actitud una hospitalidad en construcción, todavía frágil.
—Tal vez —añadió— podamos arreglar esto con calma.
David seguía en silencio. Tenía los ojos fijos en Alba, no ya con e nojo, sino con esa atención inquieta de quien acaba de recordar algo importante y aún no sabe qué hacer con ello.
—¿Puede hacerme un favor? Quítese la gorra... —ordenó. Ella lo hizo sin dudarlo—. Ya sé quién eres... —exclamó él, con una certeza que le devolvió el aplomo.
Alzó la vista y la señaló apenas, más con la palabra que con el gesto.
—La del avión —añadió—. La desagradecida.
El silencio que siguió fue distinto a los anteriores.
No era de cautela, sino de impacto. Ramiro los miró a ambos, desconcertado.
Alba, en cambio, no retrocedió. Lo observó con atención renovada, como si aquella acusación hubiera abierto, por fin, una puerta que ella también reconocía.
No solo se trataba del guapetón que le venía quitando el sueño.
Había algo en él que la trasladaba a otro lugar. .. a otro tiempo.