Capítulo 6. Marcas de ayer.
Marcas de ayer...
E sta mañana me levanté decidida a comenzar mi trabajo, como quien se impone una disciplina casi militar para no concederse el lujo de pensar.
Había en mi determinación algo rígido, forzado, una voluntad que no nacía del entusiasmo, sino del miedo. Sabía, aunque evitaba formularlo con claridad que, al empezar, no solo abriría un archivo o acomodaría papeles sobre el escritorio; desataría algo más hondo, más antiguo.
Me movía con una eficacia mecánica, preparando café, ordenando el espacio, respirando hondo como antes de una inmersión prolongada. Cada gesto era una excusa para postergar el instante exacto en que tendría que enfrentarme a eso que aguardaba, paciente, detrás de la primera palabra.
Porque empezar significaba «remover». Y remover implicaba aceptar que lo que parecía una simple tarea era, en realidad, una puerta.
Mi nueva amiga Dolores me había prestado, sin reparos, su bicicleta, y como casi todo en la isla no queda lejos, me puse en marcha, más como deporte y por no verme en el problema de encontrar otro modo de llegar.
Tenía la tarjeta en mi poder y la hacía girar entre los dedos, intentando adivinar cómo sería ese sitio donde, según las cartas que Consuelo enviaba a su hermano, siempre medidas e incompletas, había vivido junto al hombre que amaba un tiempo que ella llamaba maravilloso.
La mirada se me detuvo en el nombre de la finca: «El Faro», y un escalofrío me hizo erizar la piel. ¿Por qué me ocurría esto? Otra vez me angustiaba una pena tan desolada e ingrata que hasta se me humedecieron los ojos.
Entonces pensé en Consuelo, ¿sería tan maravilloso para Miguel también? Porque en ningún renglón quedaba del todo claro si él había sentido lo mismo. O si, como habría sentenciado la Rosalía sin titubeos, se trataba de uno de esos casos merecedores de la «medalla olímpica de oro al más cabrón».
Pensé en llamar antes de aparecer sin aviso.
Una idea razonable, adulta, casi sensata.
Pero el corazón empezó a latirme con un entusiasmo impropio, apenas imaginé la posibilidad de cruzar ese límite que yo misma había trazado con este novelón ajeno.
Porque una cosa era leer cartas intrusas, y otra muy distinta ir a tocar el territorio donde ese amor, real o exagerado, había tenido alma.
Decidí no llamar. Más que por valentía, por cansancio. Y también por ese impulso poco confesable de no dar margen para arrepentimientos.
Salí con la agenda en la bandolera y un café bien cargado haciendo las veces de armadura. Me dirigí como si no esperara nada, aunque cada paso desmentía esa ficción.
El lugar apareció ante mí sin aspavientos, demasiado real para tantas conjeturas. Me detuve unos segundos antes de entrar, lo justo para sentir que algo se acomodaba mal en el pecho.
Recordé a Consuelo, lo que había callado más que lo que había escrito, y a ese hombre ausente que seguía marcando el pulso de la historia sin dar nunca la cara.
Crucé el umbral con la incómoda certeza de que, a partir de ese instante, ya no iba a poder seguir fingiendo que todo esto era solo trabajo.
El camino hacia la viña se estrechó a medida que me alejaba de la urbanidad. Con la bicicleta a mi lado comencé a moverme de a pie.
El murmullo del mar fue quedando atrás, sustituido por un silencio tenso, apenas interrumpido por el roce del viento entre las plantas y el crujido seco de la grava bajo mis sandalias. Cada paso parecía marcar una distancia no solo física, sino también interior.
El sol caía a plomo, pero allí el aire era distinto. Más denso. Como si la tierra respirara otra memoria. Me detuve un instante, apoyé la mano en el muro bajo de piedra que bordeaba el sendero y cerré los ojos. La piel me ardía, pero por dentro sentí un frío leve, una inquietud sin nombre.
No era una viña cualquiera. Lo supe antes de verla.
Las hileras de cepas se extendían ordenadas, pacientes, como si llevaran siglos aguardando.
El verde oscuro de las hojas contrastaba con la tierra rojiza, resquebrajada por el calor.
Y, sin embargo, había allí una armonía antigua, casi solemne.
Una forma de permanencia que no necesitaba explicaciones. ¿Me estaban dando la bienvenida?
Di unos pasos más y el aroma me envolvió de golpe. Uva madura, polvo, sol. Ese mismo perfume que había sentido al bajar del avión. El mismo que me había desarmado en la cabina. Sentí un vértigo breve, como si el tiempo se plegara sobre sí mismo.
Entonces ocurrió.
Una imagen (no un recuerdo, no del todo) me atravesó con la claridad de un relámpago. Una mujer de espaldas, el vestido agitado por el viento y los pies desnudos sobre esa misma tierra. Esperando. Siempre esperando.
Tragué saliva. No era mi historia. Y, sin embargo, me habitaba.
Avancé entre las cepas con una cautela casi reverencial. Cada racimo parecía cargar un secreto; cada sombra, una ausencia. Comprendí que ese lugar no solo guardaba el origen de una familia, sino también la huella de una promesa incumplida.
Allí, donde la viña actual respiraba vida, algo había sido arrancado de raíz. Y yo había venido a buscarlo.
Me detuve en el centro del terreno. El corazón me latía con fuerza, como si hubiera llegado a destino después de un viaje que no había comenzado en ese aeropuerto, ni siquiera en este siglo.
Recuerdo haberme adentrado con bicicleta y todo al sitio prolijamente vallado. Sin embargo, poco me importaba...
Respiré hondo y crucé lo que parecía el umbral del cuento.
***
Consuelo
La tempestad no daba respiro y nos obligó a quedarnos dentro, con la sensación incómoda de tener el día suspendido.
El calor, al menos, encontraba alivio en la lluvia.
Habíamos entrado empapados después de cerrar postigos y resguardar las mulas; el agua nos chorreaba por el cuello, por los brazos, dejando la ropa rendida a cada curva.
Mientras intentábamos secarnos, el cuerpo empezó a hablar antes que la razón.
Sentí la tela de mi camisa pegada a la piel, pesada, tibia.
Al bajar la mirada confirmé lo evidente.
Mis pechos se marcaban sin disimulo. Y entonces lo sentí a él, incluso antes de verlo.
La quietud de Miguel, el modo en que su respiración se volvió más lenta, más profunda.
Cuando alcé los ojos, su mirada estaba allí, fija, devorando sin tocar.
No era descaro; era una atención concentrada, casi reverente, que me erizó la nuca.
Me cubrí con la manta en un gesto torpe. La lana áspera rozó mis muñecas, mi clavícula. Él apretó la boca, como si contuviera una palabra, un impulso y dio un paso. Solo uno.
El espacio entre nosotros se volvió denso. Pude oír su respiración, sentir el calor que despedía su cuerpo húmedo, percibir el leve temblor de sus manos, abiertas, indecisas, a los costados.
No me tocó. Tampoco se apartó. Y en esa espera algo se me desordenó por dentro.
El pulso acelerado. La garganta seca. La conciencia súbita de cada parte de mi cuerpo bajo la manta.
¿Era anhelo lo que me tensaba? ¿Ansiedad?
Tal vez una voracidad silenciosa, naciendo despacio, que reclamaba lo mismo que la suya y me dejaba inmóvil, sosteniendo el instante como si fuera frágil. .. o inevitable.