Capítulo 5. El viñedo del señor Rabines
El viñedo del señor Rabines
D avid Rabines había dado por concluida la labor de ese día. En su despacho, el coñac reposaba un instante en la boca antes de bajar, denso y tibio, como si exigiera atención. Lo bebía despacio, no por disfrute, sino por costumbre, por la necesidad de marcar el cierre de la jornada.
Desde la ventana, la mirada se le perdía en los viñedos. La uva empezaba a tomar el color esperado, obediente al ritmo del tiempo, alcanzando una madurez que nunca fallaba con el final del verano. Esa certeza, sin embargo, no lograba tranquilizarlo.
Había cosas que no maduraban con la misma docilidad.
Pensó que la tierra cumplía siempre su parte; los hombres, en cambio, no tanto.
Y mientras apuraba el último sorbo, una inquietud leve, casi un presentimiento, se le quedó prendida en el pecho, como una sombra anticipada que el paisaje aún no sabía nombrar. ..
Su vida se h abía cimentado sobre lo que sus padres le dejaron. No solo bienes, no solo una casa frente al mar y una hermana pequeña; sino una forma de estar en el mundo. Y qué peso tan desmedido resultaba esa herencia para alguien como él.
Cuando el accidente se los llevó, él vivía suspendido en un limbo cómodo y ruidoso.
Madrid era una sucesión de noches largas y mañanas ajenas.
Rara vez dormía en su apartamento; la mayoría de las veces despertaba en una cama distinta, con el cuerpo cansado y la conciencia intacta solo para volver a huir.
Nada lo ocupaba más que divertirse, pasarla bien, mantenerse liviano.
Como si así pudiera esquivar cualquier deuda.
Entonces ocurrió lo peor. El llamado lo arrancó de golpe de esa vida sin raíces.
Regresó a Palma con una congoja espesa, casi física, y un dolor que no admitía consuelo.
Eran dos padrazos. Y estaba su hermanita, la que había llegado después de tantos intentos fallidos, cuando ya nadie se animaba a prometer nada. La amaba de un modo feroz y callado.
La casa lo esperaba intacta, oliendo a sal y a madera vieja.
El mar, siempre igual, parecía observarlo con una paciencia cruel.
Allí, en ese silencio cargado de recuerdos, entendió que ya no podía seguir escapando.
La culpa le cayó encima como una marea tardía; no haber estado, no haber escuchado, no haber sido.
Por eso no dudó. Dejó atrás su mundo insustancial y se comprometió con su tradición. Con la que le habían legado sin pedirle permiso. Un reclamo persistente de su padre cuando aún vivía... y que ahora resonaba, más fuerte que nunca, en cada rincón de la casa.
—¿Vienes a la mesa? —La voz de su hermana Margalida, Guida para la familia, lo trajo de regreso. La percibió tras la puerta entornada y su rostro se dulcificó.
—Claro..., si mi panza ya cruje...
—¡Exagerado! Te vi llenar el plato tres veces durante el desayuno —dijo, risueña. Se acercó a su hermano y le acarició la mejilla apenas rasurada. Él le tomó la mano y la retuvo unos instantes, como si aquel gesto pudiera demorarse más de lo permitido.
—Bien sabes que, si por mí fuera, me la pasaría comiendo —adujo con gesto de mártir.
—Y sin engordar. Vaya a saber dónde la guardas. La suerte de algunos...
David la estrechó contra su pecho. Al hacerlo, le llegó el olor conocido de la casa, a pan tibio, madera antigua, algo de humo.
Pensó, sin quererlo, que esos detalles eran los que se perdían primero cuando el tiempo decidía avanzar sin pedir permiso.
Caminaron juntos hacia el comedor. Habían quedado pocos, sí, pero mientras siguieran sentándose a la misma mesa, el mundo aún parecía en su sitio.
—¿Llegó Marcela?
El rostro de Guida se ensombreció al instante.
—¿Qué, la has invitado?
—Chiquilla... —bufó él—. Deja de crearme problemas; bastante con los que ya tengo. Es mi novia y tendrás que aceptarlo de una buena vez.
—Es que no me cae.
—Pues a mí sí, que es lo importante.
La actitud de su hermana empezaba a impacientarlo.
Hacía ya algunos meses había iniciado una relación más o menos seria con la hija de un vecino viñatero, tan del oficio como él.
Era una joven hermosa, con un apartamento cerquita de la playa; le cerraba por todos lados.
Sabía que tenía algo de estirada, sí, pero en lo demás le venía como anillo al dedo.
***
Consuelo
Como cada mañana, me levanté apenas el sol hizo su aparición. La casa, sumida en una calma casi reverencial, me ayudaba a despejarme sin sobresaltos. Era el momento ideal para decidir qué cocinaría. Si mi padre me viese en estos menesteres, terminaría horrorizado.
Había aprendido a cocinar con las lecciones de don Cosme. Comida sencilla, pensada para gente sin pretensiones. Eso sí, rica en sabor y acompañada de la tranquilidad de saber que nadie iba a censurarme.
—Buenos días, muchacha. No logro superarte con el madrugón. ¿Es preciso que te levantes tan temprano? Puedo decirle a Cosme que te eche una mano...
—Nada de eso. Lo necesitas en la cosecha. Puedo arreglarme sola.
—Lo cierto es que cada día lo haces mejor...
—¿A qué te refieres?
—Cocinar... ocuparte de la casa. ¿No sientes molestia en tu pie?
Si Miguel me hubiese estado observando con atención, habría notado el súbito acaloramiento de mi rostro. No deseaba tratar ese asunto con nadie; mucho menos con él. Pero estaba demasiado concentrado en devorar lo que había preparado con tanto esmero...
—Estoy bien...
Algo debió de presentir, porque alzó la vista y se quedó mirándome.
Sentí la caricia de sus ojos y, con ella, una confusión inesperada.
Por un instante lo descubrí sorprendido por emociones que le surgían sin haberlas convocado.
Luego asintió y bajó la cabeza, como si aquello que había intuido no fuese del todo de su agrado.
Miguel siguió comiendo, aunque ya no con el mismo apetito.
Movía la cuchara con una lentitud que no le era habitual, como si cada gesto hubiese empezado a exigirle una atención incómoda.
Yo fingí ordenar la mesa, limpiar una mancha inexistente, ocupar las manos para no ocupar el pensamiento. Pero todo en mí estaba alerta.
De cualquier modo, había algo en su silencio que pesaba más que cualquier pregunta.
Miguel no era hombre de grandes palabras, pero tampoco de vacilaciones.
Y, sin embargo, allí estaba; con la espalda apenas encorvada, la mirada perdida en el plato, como si hubiese tropezado con una idea que no sabía dónde acomodar.
Pensé en mi pie, en la molestia que se había vuelto costumbre, en la fragilidad que me empeñaba en negar.
Concluí, también, en lo absurdo de ese empeño, como si ocultar el dolor fuese una forma de seguir perteneciendo a un lugar que aún no sabía si me aceptaba del todo.
Me descubrí deseando que no insistiera, pero también, y eso me inquietó más, que lo hiciera.
—No debes forzarte —dijo al fin, sin mirarme—. A veces uno se acostumbra a callar lo que duele... y cree que así desaparece.
La frase quedó suspendida entre nosotros. No supe si hablaba de mí o de sí mismo. Tal vez de ambos. Sentí un nudo en el pecho, una emoción torpe que no encontraba nombre. Miguel nunca se permitía ese tipo de desliz, como decir más de lo necesario o dejar asomar una grieta.
—Estoy acostumbrada —respondí, y recién entonces levanté la vista.
Nuestros ojos se encontraron por un segundo de más.
Lo suficiente para que comprendiera que él había visto algo en mí que yo todavía no me animaba a reconocer.
Y lo suficiente también para advertir que ese descubrimiento lo había puesto en guardia.
Miguel era hombre de pisar firme; no le agradaban los terrenos movedizos, ni en el campo ni en el alma.
Asintió, como quien acepta una verdad que no piensa discutir, y se puso de pie.
—Gracias por el desayuno —dijo—. Estaba... muy bueno.
Lo observé alejarse con una sensación extraña, mezcla de alivio y pérdida.
Su silencio me había dicho más de lo que habría querido oír.
Y mientras recogía los cuencos, supe que algo se había desplazado imperceptiblemente entre nosotros.
Nada visible aún ni confesable. Pero suficiente como para volver distinto el resto del día.
***
David
—¿Me buscabas? —El capataz del viñedo se acercó con ese paso seguro que dan los hombres que conocen la tierra palmo a palmo.
Siempre se había sentido orgulloso del orden con que el dueño de la finca llevaba adelante el trabajo, aunque en los últimos tiempos lo notaba distinto, como si la mirada se le quedara a veces detenida en algún punto que nadie más veía.
Pensó, no sin pudor, en dificultades económicas, pero enseguida descartó la idea.
Poco podría hacer él para aliviar algo así.
—Buenos días, Pedro. Estuve observando la parcela sur y hay riesgo de perder la espaldera si no la aseguramos. Se espera viento fuerte, con mucha arenilla...
—Claro, don David, me pongo con los hombres y en menos de lo que se imagina, queda resuelto.
Cuando el hombre se alejó, él se permitió sonreír.
No una sonrisa plena, sino esa que nace del recuerdo.
Todavía le costaba reconocerse en ese lugar, convertido en el hombre al que otros obedecían.
La memoria le devolvió, como un relámpago tibio, al muchacho flaco y testarudo al que más de una vez habían tenido que rescatar de una buena tunda.
En la finca todos lo habían visto crecer, tropezar, volver a levantarse. Y aunque aquel «don David» ahora le calzara, lo aceptaba como se acepta una prenda vieja; gastada, sí, pero cargada de una historia que no se quiere soltar...