Háblame de amor Capítulo 4. Déjà vu
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Capítulo 4. Déjà vu

Déjà vu

E l apartamento me ofrece, a través de un amplio ventanal, la mejor vista de la costa. Me quedo inmóvil, con la mano aún apoyada en la manija de la valija, como si cualquier gesto pudiera quebrar este instante, como si temiera que el movimiento desarmara la escena.

Abajo, el mercadillo hace bullir las calles del casco vie jo; un rumor constante, siempre vivo, siempre ruidoso.

Es una ciudad preciosa. Pero no es solo eso lo que me conmueve.

Hay algo antiguo latiendo bajo la superficie, una historia que no se exhibe del todo y que, sin saber por qué, me convoca; dialoga con la mía propia, o al menos, con la que vine a buscar.

Siento una presión suave en el pecho, una mezcla de expectativa y temor.

Como si hubiera cruzado un umbral invisible.

Los colores se funden con las palmeras altas, balanceadas por un viento cálido que trae consigo el polvo fino de la calima.

Cierro los ojos un segundo. El aire parece espeso de recuerdos que no son míos.

.. o que t odavía no reconozco como propios. Respiro hondo. El aire tiene memoria.

Después de la ducha, con el cuerpo relajado pero la mente inquieta, acomodo las maletas sin demasiado orden.

Antes de subir había comprado algunos alimentos secos; una previsión mínima, casi simbólica.

Mañana me ocuparía de la heladera, del trabajo, de darle forma a los días.

Hoy no. Hoy necesito sentir el lugar antes de pensarlo.

Salí a caminar. La playa, mi debilidad de siempre, me recibe en silencio.

Recuerdo las extensiones interminables de las de Barcelona, donde la mirada se pierde y el frío despeja a la gente, dejando una belleza abierta y desprotegida.

Aquí, en cambio, es distinto. Las calas ofrecen refugio.

Aguas turquesas y cristalinas, arena clara y fina.

Entiendo, con una certeza que me desarma, que no solo el mar está a resguardo (yo también).

Mi celular suena y atiendo sin mirar de quién se trata.

—Prometiste llamarme apenas llegaras...

—¿Abuela? Espera... —Las quejas ya venían en fila, sin tomarse siquiera el trabajo de respirar—. Justo iba a hacerlo ahora.

—No le mientas a esta pobre vieja... Que a mí ya no me engañan con esos argumentos. Tu madre está que trina, y ustedes saben lo insufrible que se pone cuando se preocupa.

—Tranquila, abuela. Ya estoy instalada y el lugar es muy cómodo.

—Más te vale, chiquilla. Eso es lo primero. ¿Y la comida? ¿Compraste algo o vas a vivir de aire y entusiasmo? La Lola me dijo que por ahí cerca tendrías un mercadillo y un par de tiendecitas de toda la vida.

—Pensaba salir a investigar... —digo, con voz aplicada, sin mentir.

—¿Investigar? ¡Anda ya! Eso se llama «ir a comprar», como se hizo siempre. Venga, deja el teléfono y muévete, que luego te entra la pachorra.

—Pero si estoy hablando contigo, abuelita Berenguela... —Le sigo el juego. Seguro que se había preocupado de verdad y, en el apuro por llegar, había olvidado por completo que le prometí llamarla apenas pusiera un pie en la isla—. Os juro teneros al tanto de todo.

—Eso espero. Y procura ir a la playa, ¿eh? No vaya a ser que hagas un viaje entero para encerrarte como monja por culpa de un capricho mío.

—Nada que ver. Sabes que lo hago por ambas. Te mando un abrazo enorme, abuela.

—Otro para ti, mi niña. Y te cuidas...

***

Al otro día, bien temprano, decido recorrer el mercadillo. Cargo un melón en su punto justo y un buen trozo de queso. Cuando elijo un vino para acompañar la cena, mis ojos se detienen en el nombre del puesto: «El Faro».

Mi corazón se acelera por un sinsentido de emociones que arrasan con cualquier pensamiento lógico.

De pronto, un frío me recorre la espalda y una humedad me salpica el rostro, como si una lluvia inesperada me hubiera alcanzado.

Es tan real que me limpio la cara, convencida de estar mojada.

Por instinto cierro los ojos y mágicamente se hace de noche.

Ante mí la luz de un faro se refleja en el mar. ..

Entonces siento que me sacuden con suavidad. Noto a la mujer del puesto observarme con preocupación.

—Señorita... ¿se encuentra bien?

—Sí, claro —respondo, avergonzada—. Será el sol, que me ha calentado demasiado la cabeza.

Ella me mira sin decir nada. Quizá no me creyó. Y estuvo bien. Tampoco yo sabía qué me estaba ocurriendo.

Junto mis cosas y emprendo el regreso a lo que sería, por unos meses, mi nuevo hogar.

El edificio es antiguo. Mi apartamento queda en el tercero y las escaleras, empinadas y gastadas, delatan que en cada nivel hay un corredor largo y, al menos, dos familias habitando las viviendas.

Al llegar, empiezo a oír música. Me resulta conocida. Me detengo frente a la puerta vecina, intentando descubrirla. ¡Que no puede ser! ¿Es la que yo creo que es?

En ese preciso instante, la puerta de enfrente se abre y aparece una joven que, tan sorprendida como yo, analiza mi inmovilidad. Entonces irrumpe el estribillo y, sin mirarnos siquiera, empezamos a cantar a dúo:

Y busqué entre tus cartas amarillas

mil «te quiero», mil caricias

y una flor que entre dos hojas se durmió...

La risa nos obliga a detenernos al mismo tiempo. Nos miramos, todavía sorprendidas por la coincidencia. Tratándose de una canción más vieja que Matusalén, resulta una total coincidencia que siendo tan jóvenes la sepamos cantar.

—Hola. —La escucho decir—. Soy Dolores. María de los Dolores Arregui.

En su acento descubro enseguida que no es española. Es menuda y lleva la cabeza explotada de rulos castaños. Su rostro me resulta amable. Y su modo de hablar, tiene un arrastre suave en las palabras, una cadencia distinta a todas.

—Alba Villamayor —respondo—. Por unos meses, tu nueva vecina.

—¡Genial! Ya estaba cansada de vivir sola.

Sonríe con una naturalidad que desarma. Se corre apenas de la entrada y me invita a pasar.

—¿De dónde sos? —pregunta, como si la respuesta le importara de verdad.

—De aquí... bueno, de cerca —contesto, sin ganas de dar demasiadas precisiones.

—Yo soy de Argentina —dice—. ¿Querés tomar algo? Estoy con el mate, pero puedo hacerte un café... o un té.

Señala una mesa pequeña junto a la ventana. La música sigue sonando de fondo.

—Esa canción... —digo—. La que estabas escuchando.

—¿La conocés? La escuchaba mi abuela cantada por Nino Bravo. Tenía el disco simple. Lo gastó de tanto escucharlo... Esto es de un programa de mi país. La cantan Baglietto y Vitale... son «copados». ¿Los ubicás?

Niego con la cabeza. Se ríe, como si eso confirmara algo.

—Allá son archiconocidos. Unos capos.

La observo mientras prepara el mate con una concentración casi ritual. El agua, la yerba, el gesto aprendido.

—¿Querés probar? Dale, te cebo uno. Si vamos a ser vecinas, más de una vez terminaremos desayunando juntas. Y el mate, conmigo, no falta nunca.

Dudo. Soy cuidadosa (quizá demasiado, me reprocho) con lo que llevo a la boca, pero acepto. El primer sorbo es extraño, áspero, pero no desagradable.

—¿Y? —pregunta, expectante.

—Es... distinto —digo—. Raro al paladar.

—Ya te vas a acostumbrar —asegura, convencida.

Por lo general me cuesta hacer amigas. Sin embargo, esta cercanía improvisada no me incomoda.

Volvemos a poner el video en YouTube, cantamos a voz en cuello Cartas amarillas y, aunque por razones distintas, siento que a las dos nos invade la misma nostalgia.

Como si esa canción hubiera abierto una puerta que ninguna estaba del todo preparada para cruzar.

Esa noche sueño con cartas viejas y desgastadas por el tiempo. Cartas de un amor que no pasa con el correr de los años... Un amor eterno.