Capítulo 3. «Te esperaré.»
«Te esperaré...»
—Aquí estoy, Manuela, no quise preocuparte. Es que tan solo... pues, bueno..., me pareció distinguir una nave aproximándose a la costa.
Las palabras de la joven a la cocinera, única habitante junto a ella en el hogar de los Villamayor, se repetían cada noche.
La pobre mujer, aun con la tristeza que le provocaban, no dejaba de aclararle que no podía ser.
Llevaban demasiados meses aguardando noticias sin asidero, promesas que el mar había sabido tragarse.
—No puedes seguir aquí con este frío. Será mejor que entremos. Te prepararé una taza de caldo que te devuelva el calor al cuerpo.
—En seguida, Manuela. Déjame mirar solo un poco más. Apenas la luz del faro muestre si de verdad se trata de un barco, bajaré.
—Pero, niña...
—Debo hacerlo.
Como cada noche, la mujer observó, resignada, la secuencia de los hechos. Se alejaría unos minutos y luego volvería por la muchacha. De no hacerlo, la encontraría rígida, helada, apoyada contra el murallón, aguardando... esperando ¿qué?
Era un enigma que no lograba esclarecer. Tal vez nunca lo haría.
Desde hacía mucho tiempo y contrariando a su adusto padre, Consuelo se había instalado a vivir con los Rabines.
Su única hermana viva la necesitaba. Y ella se sentía parte de esta familia.
Su sobrino la adoraba y una cierta emoción le despertaba Miguel, el hermano de su cuñado Juan, que, si bien solían discutir en más de una ocasión, se quedaba colgada de esos ojazos azules como el mar de las calas isleñas.
Consuelo se había negado a abandonar la casa cuando su hermana partió junto a su esposo y el niño. El mar tenía a Juan tan seducido que jamás pudo soltar amarras. Y aunque le había prometido a su mujer, Berenguela, hacerse cargo de los viñedos familiares, no dominó su genio y volvió a embarcarse.
Entonces, la tierra pasó, sin discusión, a manos de Miguel, su hermano. Y allí se inició un sendero sin regreso.
Porque en esas tierras generosas quedaron anclados un joven con ansias de volar y una muchacha con la necesidad desesperada de aferrarse a un sitio que la contuviera.
***
Consuelo
Me despierto sin haber pegado un ojo. Tengo miedo de que el carro de mi padre haya venido por mí. Quedarme no parece una opción, pero dejarlo aquí solo con todo...
Unos golpes en la puerta terminan de despabilarme.
—Consuelo. —Oigo decir—. Han venido a buscarte. ¿Tienes listos tus baúles? Aún no te he visto desayunar.
Miguel no sonaba muy feliz que digamos. Pude distinguir cierta desilusión en su tono de voz. En parte, era la misma que me acompañó toda la noche.
—Ya bajo. Decidles que esperen.
Con premura me vestí y, luego de lavarme el rostro con el agua fresca que jamás faltaba en mi lugar de aseo, me acomodé el cabello como pude y me preparé para enfrentar mi decisión.
El siervo de mi padre, uno de los pocos que aún poseía, aguardaba con impaciencia.
—Debéis perdonarme, pero no pienso viajar hoy...
—Pero, niña, su padre dio órdenes precisas de que la llevase de regreso a la finca.
—Pues infórmale que todavía no va a poder ser. Tengo algunos recados sin concluir que mi hermana me dejó. Apenas los realice, Miguel me llevará.
— Usted sabe que no me dejará en paz hasta que cumpla mi tarea... —dijo el hombre, añadiendo por lo bajo—. No puede quedarse sola, sin un ama que la acompañe. ¿Qué dirán...?
—¡Lo que quieran! —respondí, harta de ser la pusilánime que acataba toda orden sin chistar—. ¿Acaso no hemos estado siempre en boca del pueblo? —objeté, en mi defensa—. Puedes decirle a mi padre que no me encuentro en condiciones de viajar. Mi pie está causándome más molestias que de costumbre...
Tenía que bastar. Cada vez que mencionaba mi miembro tullido, algo hacía que mi padre bajase la guardia.
—Está bien —terció el hombre, resignado—. Nada puedo hacer si su decisión está tomada. No se sorprenda si, en poco más, me ve de regreso junto a mi señor.
—Que así sea... —respondí, y me volví hacia la casa.
Sabía que no iba a ser fácil mi estadía en el viñedo. Más aún si solo lo habitaban Miguel y los peones. Pero mi corazón estaba atado a esta tierra.
También a su dueño.
Cuando entré en la casa, Miguel me miró sonriente y, con una sorpresa casi infantil, preguntó:
—¿Qué tienes pensado hacer? No te creí capaz de desafiar a tu padre...
Su expresión, tan franca y luminosa, bastó para empujarme a seguir adelante, aunque el corazón me latiera con violencia.
—Voy a quedarme hasta que concluya la cosecha. Me ocuparé de la casa, cocinaré para todos. Luego... luego habrá tiempo para arrepentirme —le confesé, sintiendo cómo el rubor me ardía en el rostro.
Lo cierto es que estaba convencida de que, si me marchaba, jamás me permitirían regresar.
Y quizá ni siquiera lo intentaría. Miguel había quedado solo, desamparado, con una tristeza tan honda que parecía habérsele instalado en el pecho desde la partida de su hermano. Yo no podía abandonarlo también.
—Te lo agradezco. No sé cómo podría recompensarte tanta gentileza. Pero... estoy feliz de tenerte conmigo.
Aquellas palabras terminaron de quebrarme.
Fueron el golpe final para ese conflicto mudo que me taladraba el corazón cada vez que pensaba en él.
Lo amaba. Lo amaba con una devoción silenciosa y sin esperanza, con un amor que no pedía nada y aun así dolía hasta dejarme sin aliento.
Sabía que jamás sería correspondida. Miguel no me miraba como a una mujer, sino apenas como a la hermana de su cuñada; la pobre lisiada, siempre dispuesta, siempre solícita, que se ocupaba de atenderlo incluso cuando él nada pedía, incluso cuando yo misma necesitaba ser atendida.