Háblame de amor Capítulo 2. Alcudia arena blanca y agua cristalina
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Capítulo 2. Alcudia arena blanca y agua cristalina

Alcudia: arena blanca y agua cristalina

C uando el avión tocó tierra isleña, mi cuerpo respondió con una vibración que no supe ubicar. No era el impacto del aterrizaje, era otra cosa.

Tomé mi maleta pequeña y crucé mi bandolera por el pecho. Como un autómata comencé a ubicarme en la fila para el descenso, pensando en nada y en mil asuntos diferentes...

La calidez suspendida en el aire me trajo un olor particular, tan intenso que me cerró el pecho y me provocó un recuerdo sin rostro.

¿Ese perfume? Algo profundo, envolvente... peligrosamente familiar.

Entonces, ante mi más completo asombro, se materializó el hombre del bar. Parado en el pasillo del avión, reía a una jovencita que lo observaba con embeleso.

De pronto, sin darme tiempo siquiera a recomponer mi propia expresión embobada, cruzamos miradas.

Él vestía un traje claro, muy distinto a la informalidad con que lo había visto en el bar.

La azafata le sonrió y él le devolvió el gesto con naturalidad, como si perteneciera a ese mundo desde siempre.

Me quedé quieta. Excesivamente. Tanto que no advertí el empujón de los pasajeros ansiosos por descender. El sacudón y mi exclamación sorprendida recorrieron la cabina y atrajeron miradas; incluida la de él.

—Vamos, muchacha. Debes dejar el camino libre o te atropellan... —Lo oí decir.

No lo vi llegar. Lo sentí.

Un brazo firme me sostuvo por la cintura y me desplazó con decisión hacia un costado, tan cerca de su cuerpo que el aire pareció enrarecerse mientras la marea humana pasaba a nuestro alrededor.

—Quita... —atiné a decir, más por reflejo que por convicción—. Ya está bien...

Pero no lo hizo.

En medio del alboroto, abrió la puerta d el baño de la cabina y me guio hacia adentro, resguardándome del empuje general.

—Entonces, que ni gracias —bromeó, con una sonrisa ladeada—. Cabreada como una mula por un simple apretón para salvarte de la estampida.

Ese aroma volvió a envolverme. Sentí que algo cedía dentro de mí, como si el cuerpo reconociera antes que la razón. Las piernas me flaquearon.

—¿Oye? —Su voz se volvió más baja, más cercana—. No irás a desmayarte...

Me sostuvo con cuidado; una mano, firme; la otra, dudosa, como midiendo hasta dónde era correcto tocarme.

—¿Azafata? Tengo una mujer descompuesta... —Lo escuché gritar como burlándose.

La vergüenza, o tal vez el miedo a la exposición, me obligó a recomponerme. Me aparté lo justo para alcanzar la pileta y humedecer mi nuca. El espejo me devolvió una imagen pálida... y los ojos de él reflejados detrás.

Seguía sosteniéndome.

—Estoy bien —dije—. Lo juro.

—¿De verdad? —Sonrió—. No estoy para levantarte en un espacio tan pequeño.

Esa sonrisa. Tan peligrosa que me obligó a reunir fuerzas para soltarme de una vez.

—Tranquilo. Ya puedes dejarme. Y gracias por el salvataje de emergencia.

—No fue nada...

Ensanchó la sonrisa hasta casi cerrar esos ojos oscuros, profundos como la noche que ya se adivinaba sobre Mallorca.

En ese gesto percibí algo imposible de explicar; el eco de una noche que no recordaba haber vivido.

Como si una brisa antigua cruzara el espacio reducido del baño, trayendo consigo una promesa incumplida.

—Entonces, si dices que estás bien, me marcho —dijo.

Sin darme tiempo a responder, tomó el maletín del suelo y, antes de salir, se aflojó el nudo de la corbata con un gesto lento, deliberado. Demasiado íntimo para ser casual.

Lo vi irse.

Si creyera en esas cosas, juraría que acababa de reencontrarme con alguien que nunca había olvidado.

***

El pueblo de Alcudia me recibió con un calor agobiante. Mar y montaña; como si lo tuviera todo concentrado en un mismo abrazo. Y una playa desbordada de turistas que parloteaban en lenguas distintas, ajenos al peso de las historias que ese suelo guardaba.

El viaje en bus hasta mi destino había resultado breve. Tan breve que, entre revisar la agenda y anotar algunos interrogantes que se habían ido abriendo en el camino, el chofer anunció el arribo antes de que pudiera cerrar una idea completa.

Según las indicaciones de la abuela, el apartamento donde me hospedaría quedaba a pocas cuadras de la costa y muy cerca de la parada donde me dejaría el autobús. Me acerqué a un negocio de venta callejera y pregunté al vendedor:

—Busco el Passeig de la Mare de Déu de la Victòria...

—Sigue por ese camino y dobla en la primera esquina.

Tras agradecerle, continué el trayecto. El lugar pertenecía a una antigua amiga de la abuela, de esas amistades que sobreviven al paso del tiempo y a las distancias.

Lo alentador era que su nieto era dueño de una viña ubicada donde, según los cálculos familiares, se había levantado la que perteneció al pirata, el esposo de la hermana de Consuelo.

La historia era intrincada, sí, pero apasionante.

Una de las dos hijas de Villamayor y Planes había sido prometida a un conde que, con el tiempo, resultó ser intermediario de un bucanero que azotaba las costas del Mediterráneo. Un juego de alianzas, silencios y conveniencias que había marcado a más de una generación.

Sin embargo, ese hombre no era el verdadero motivo de mi viaje, sino su hermano.

En varios escritos, Miguel aparecía retratado como un joven tan aventurero como el mismísimo pirata.

Temerario, inquieto, con el mar siempre llamándolo.

Hasta que algo ocurrió. Un hecho preciso, nunca del todo explicado, que alteró su rumbo y lo obligó a postergar los sueños, a querer ser alguien en tierra firme .

Ese clic extraño que, a veces, nos empuja a crecer buscando una respuesta para el futuro.

Pero entonces... ¿dónde encajaba Consuelo?

Cada vez que escuchaba su nombre, sentía que la mirada se me nublaba. Un pellizco hondo, casi físico, me apretaba el alma y me llevaba a empatizar con una pena que no me pertenecía, pero que sentía propia.

Ese sentimiento estaba ahí, latiendo en el camino de Consuelo; lo había palpado en cada línea de las cartas enviadas a Bernardo, su hermano. En ellas se respiraba la soledad de quien quedó esperando. La de una mujer detenida en el tiempo, aguardando el regreso de un amor que prometió volver...

***

El vuelo había dejado a David exhausto. Barcelona aún le martillaba las sienes.

Muchas reuniones, palabras medidas, asuntos de la sucesión que, sin ser graves, le dejaban un regusto áspero, como si algo no hubiera quedado bien cerrado.

No era cansancio físico; era otra cosa, una inquietud baja que no sabía nombrar.

Por eso, pensar en la hacienda le producía alivio. Volver. Replegarse. Dejar atrás un tramo de su vida. Incluso aquella escapada (unas canitas al aire, se dijo) le había servido para convencerse de que seguía siendo dueño de sí mismo.

Pensaba en eso cuando la vio.

La recordaba vagamente del after del aeropuerto. Entonces no había significado nada. No era hermosa; tampoco fea. El rostro duro, casi hosco, arruinaba cualquier intento de agrado. Alta, con caderas firmes, detalle que registró sin esfuerzo, pero no fue eso lo que lo detuvo.

Fueron los ojos.

Un verde extraño, profundo, que no parecía reflejar la luz, sino absorberla.

No pensó en playas ni en postales felices, sino en el mar cuando se vuelve denso, cuando d eja de invitar y empieza a arrastrar.

Ese mismo tono que había visto, alguna vez, en los azulejos antiguos de la casa vieja, allí donde la humedad jamás terminaba de secar.

La muchacha esta ba detenida en el pasillo, inmóvil, ajena al murmullo irritado del pasaje. Como si no escuchara. Como si esperara algo. Lo observaba con un cierto embeleso ya conocido.

Sintió la molestia crecerle, pero no era ira. Era otra cosa, más opaca, más urgente.

No pensó antes de actuar.

La tomó por la cintura y la apartó. El gesto fue automático, pero el contacto no. En cuanto sus manos tocaron su cuerpo, algo se desajustó. La piel de ella estaba tibia, demasiado presente, y ese calor no se disipó al soltarla. Se le quedó adherido.

Ella se tensó y lo miró poco amable, como si supiera algo que él no.

Entonces apareció el deseo.

No como una fantasía ni como un impulso elegido, sino como una orden muda.

Brutal. Un mandato que no pasaba por el pensamiento.

Quiso retenerla, hundir los dedos, comprobar que aquello era real.

Cuando ella intentó apartarse, un vacío súbito le atravesó el pecho, idéntico al que sentía cada vez que cruzaba el ala antigua de la casa.

Y las imágenes irrumpieron.

El pasillo estrecho. Las paredes gruesas.

El olor a encierro y salitre. Las habitaciones conservadas como si el tiempo no tuviera permiso para entrar.

La misma sensación de estar siendo observado por algo que no necesitaba mostrarse.

Comprendió, con una lucidez incómoda, que ese deseo no era nuevo. Solo había encontrado un cuerpo.

La soltó de golpe. Ella perdió el equilibrio y estuvo a punto de caer.

Dijo cualquier cosa, una frase sin sentido, solo para romper el hilo invisible que aún los unía. Llamar a la azafata. Delegar. Alejarse.

No quería saber. No quería entender por qué esa mujer había despertado lo mismo que la casa callaba desde hacía años. Porque si lo entendía, tendría que aceptar que nunca había sido del todo libre de marcharse.

Tomó al toro por las astas y se fue, convencido, o desesperado, de que huir era todavía una opción.