Háblame de amor
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Capítulo 1. La Ciudad Amurallada
La Ciudad Amurallada
L a carcajada ronca y varonil me obligó a volverme.
No fue una decisión consciente. El cuerpo reaccionó antes que yo.
Busqué con la mirada al responsable de ese sonido que parecía rozarme la piel.
Lo encontré enseguida, rodeado de mujeres vestidas para lo que, a mi modesto entender, era una cacería declarada.
Piernas interminables, sostenidas por tacos afilados que las volvían peligrosas. Aun así, ninguna lograba eclipsarlo.
La cabeza oscura del hombre, tan sugerente como su risa, me hizo girar un poco más, lo justo para recorrerlo sin que pareciera evidente.
O eso quise creer. Mi condición de fotógrafa aficionada me había entrenado en el arte de mirar sin pedir permiso, de detenerme en los detalles: la forma en que ocupaba el espacio, la seguridad de sus hombros, la soltura con la que reía.
La noche estaba demasiado cargada para tanto cuerpo junto. Me alegré de haber elegido la mesa junto al ventanal, donde la brisa se colaba con descaro y rozaba el cuello, los brazos, zonas que uno olvida que necesitan aire fresco.
Nunca se me habría ocurrido acercarme a la barra como hacían las demás. No era lo mío. No tenía arranques así. De osada, nada. Más bien parca, algo tímida. Aunque...
—¿Libre? —preguntó una voz cercana.
El sobresalto me atravesó como un tirón breve. Tardé un segundo en volver y comprender que me hablaban.
—No. Claro que no... —respondí, a la defensiva, como si la pregunta hubiera sido otra. ¿Qué se creía? ¿Que la soledad era una invitación?
—Pues... lo siento. Como no la ocupabas...
Seguí el gesto y comprendí. La silla. «Idiota», me reté.
—Disculpa. Estaba distraída. Tómala, por favor. No la usaré. No espero a nadie.
Sentí el rubor treparme sin permiso. Había hablado de más. Siempre lo hacía cuando algo me sacaba de eje. Pensaría que era torpe. O peor, no pensaría nada. Ya estaría lejos, con la silla bajo el brazo. «Penosa», me dije. Y la palabra me quedó vibrando incómoda.
La idea de viajar había sido de mi abuela.
En su historia familiar se repetía el relato de una mujer que murió esperando el regreso de un amor.
A mí esas cosas no me pasaban. Nunca me pasarían, al menos, nunca más.
Tenía decidido no ser mujer de entregarse a sentimientos así.
.. tan irresponsables. Bastaba imaginar una escena donde mis emociones se salieran de cauce para sentir un vértigo seco en el estómago.
Sin embargo, no siempre había sido tan segura respecto al tema.
Dylan. El pariente neoyorquino de mi padrastro.
Alto, rubio y mujeriego. Decididamente él nunca sintió algo por mí; yo, en cambio, demasiado.
Fantaseaba con mostrarle mi tierra, como si la ciudad pudiera decir aquello que nunca me animé a pronunciar.
Salimos un tiempo, pero no dejó huella. Al menos, no una capaz de despertar en él la necesidad de buscarme, de verme más seguido.
Acordamos un impasse . Y ahora estábamos en eso.
A mí, este viaje me cayó del cielo: una coartada perfecta para tomar distancia.
No pensaba soportar otro desplante. Además, estaba la familia de por medio, y eso siempre añadía un matiz incómodo, casi asfixiante.
Nos veríamos, sí, aunque ya supiera que no continuaríamos juntos como pareja. Aun así, lo que se dice amor...
Barcelona. Ay. Había sido mi refugio hasta la pubertad.
De mi padre heredé los ojos verdes, húmedos como musgo sobre piedra marina, capaces, decían, de sostener una mirada un segundo más de lo prudente.
El resto era discreto. La altura, las caderas anchas, el pelo oscuro y lacio.
Nada que gritara. Todo que insinuaba, tal vez.
Las mujeres Villamayor teníamos fama de rostros duros.
Así contaba la historia... Todas, menos Consuelo.
Según decía mi madre, después de una de cabellos claros de dudoso origen paterno, estaba ella.
La abuela sumaba más datos; sola, esperando, acompañada apenas por una cocinera que no se iba por pena. La que murió de amor.
Busqué otra vez al hombre. Mis ojos se estrecharon entre la gente. ¿Se habría ido?
Antes de verlo, lo sentí. Un aroma tibio, envolvente. Madera, especias, algo casi animal. Aspiré sin disimulo. Estaba allí. Demasiado cerca. A un paso de mi mesa. El aire pareció espesarse entre ambos, como si el espacio se hubiese vuelto consciente.
Lo vi pedirle algo al camarero. A él y a una de sus acompañantes los condujeron hacia un sector más reservado. La mujer se le colgó del brazo con naturalidad, como si ese gesto le perteneciera desde siempre. Antes de irse, levantó la vista.
Sentí el impacto de su mirada: rápida, segura, divertida.
No se detuvo, pero dejó su marca. La morena le tomó el rostro y lo besó sin pudor.
«Aprende», me dije, con una mezcla de ironía y ardor.
Giré la cara para ocultar el rubor. Según me habían criado, no se tocaba así en público.
El deseo era algo que se administraba en silencio.
Con un suspiro de hastío llamé al empleado y pagué lo consumido; un té desabrido (el agua de la zona me resultaba ajena) y unas masitas algo secas.
Nada parecía haber cambiado, y sin embargo yo sí.
Tomé la valija, crucé el bolso bandolero sobre el pecho, como si ese gesto pudiera protegerme de algo que recién empezaba a despertarse.
La odisea había comenzado, me dije.
La promesa hecha a mi abuela, esa de conocer la historia de su familia en Alcudia, dejaba de ser un deber heredado. Sin saberlo aún, estaba a punto de convertirse en otra cosa.
***
El avión despegó a horario, algo poco habitual, especialmente en esa época del año.
Por la ventanilla, solicitada expresamente para observar Barcelona desde el aire, pude apreciar con claridad la silueta inconfundible de la Sagrada Familia.
Miré el reloj y calculé que, en unos cuarenta minutos, estaría avistando la isla de Palma.
Con cuidado de no molestar a la señora que ocupaba el asiento del medio, saqué la agenda en la que llevaba registro de la información recopilada por la abuela Berenguela.
También conservaba varias cartas de una de sus parientas, aunque esas no habían querido entregármelas.
Apenas me permitió leerlas y tomar nota de algún dato relevante.
Las tenía en un marco con vidrio. Una reliquia para mostrar con orgullo.
De tan amarillas, parecían a punto de desintegrarse con solo mirarlas. Cartas amarillentas...
Pensar en mi abuela me devolvió a aquellas noches en que solía quedarme a dormir en su casa y despertaba con los discos de pasta de Nino Bravo girando en el tocadiscos.
Cartas amarillas era una de sus canciones preferidas.
Cuando el aparato se rompió, la tristeza que le provocó fue inmensa.
.. hasta que le conseguí un celular y la sumé a una cuenta de Spotify.
Sonreí al recordar la alegría que me produjo mostrarle que allí podía encontrar todas sus canciones.
También le enseñé a conectarse a un parlante pequeño, aunque sorprendentemente potente, y la música volvió a llenar la casa como antes.
Volví la vista a la agenda y retomé lo escrito la última vez...
La historia familiar se remontaba a mediados del siglo xiv , en el entonces señorío de Alcudia.
Fue allí donde el rey Jaume mandó levantar la muralla que protegía la isla de los ataques moros.
El mismo monarca otorgó (a un pariente, por llamarlo de algún modo, pues nunca había logrado precisar cuántas generaciones nos separaban) a don Augusto de Villamayor y Planes la posesión de un extenso terruño donde, durante años, se alzaron los olivares, orgullo indiscutido de la familia.
A su muerte, las tierras pasaron a manos de su hijo Bernardo.
Pero la peste había arrasado con casi todo el linaje y el lugar quedó sumido en el abandono.
Poco pudo hacer Bernardo con lo que restaba; prefirió partir hacia otras tierras, dejando atrás no solo las propiedades, sino también el peso de tanta pérdida.
Tras varios hijos, nació una Berenguela. Y en ese hilo familiar de nombres nunca faltaron un Bernardo, un Augusto, una Consuelo y, claro, tampoco una Berenguela, que mantuviera viva la tradición.
Las voces en la cabina me hicieron regresar al presente.
Sobrevolábamos la isla de Palma. El castillo de Bellver.
Un atardecer precioso que, visto desde el aire, parecía detenido en el tiempo.
Incapaz de contenerme, saqué la cámara y, como había hecho antes de despegar, tomé varias fotografías para sumar al archivo familiar.
Era el lugar desde donde mis antepasados habían partido en busca de un futuro mejor.
Pero algo había quedado inconcluso.
Una mujer aguardó, hasta no poder más, el regreso de un amor trunco.
Y mi abuela quería saber.
Y como yo adoraba a mi abuela... bueno, pues decidí darle el gusto.