Ha entrado en casa (Depredador Enmascarado 1) Capítulo 88
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Capítulo 88

C hloe ha apuñalado a Verónica.

Mi marido me pone los cuernos con todo lo que se mueve.

¿Van a matarme a mí también?

Dios mío, ¿y qué será de Liam? ¡No puedo abandonarlo en un mundo en el que está él!

No dejo de correr mientras saco el móvil del bolso y llamo a la policía. ¿El problema? No da señal. No funciona. Lo vuelvo a intentar con el corazón a punto de salírseme por la garganta.

—He cancelado tu línea, Clara. ¡Ni te molestes! —ruge a mi espalda, pisándome los talones en un pasillo de la cárcel en la que se ha convertido la mansión de mi familia.

Diosdiosdiosdios.

Entro en la sala del piano, en la que entrevisté a Chloe.

—¡Marthia! ¡Jonah! ¡Ayuda! —grito con fuerza, pero Kenerick me rodea la muñeca con la mano en un agarre imposible de soltar.

Al verlo ladear la cabeza en un «awww, qué mona eres» recuerdo que hoy tenían la noche libre y que mañana por la mañana un equipo especializado vendría a recoger todo lo del cumpleaños.

Quizá también aprovechen para llevarse mi cadáver.

—Veo que vas haciendo memoria.

Chloe aparece tras él, manchada de sangre y no tiene la mirada perdida. Parece una chica la mar de normal. ¡Es espeluznante teniendo en cuenta lo que acaba de hacer y que aún tiene el cuchillo en la mano!

—Te has acostado con ella. ¿Por qué? —retrocedo hasta que mi espalda choca contra la pared—.¿No era suficiente con Verónica? ¿Con robarme? ¡¿Con hacerme creer que estaba perdiendo la puta cabeza?!

—Desvístete, Nathalie.

Me petrifico. Siento cómo el sudor frío resbala por mi frente, mi nuca y mi espalda.

Chloe lo hace. Se desviste y las marcas junto a sus muslos, su bajo vientre, sus pechos… tiene cardenales por todas partes.

Los que solía tener yo.

Todo lo que hacía conmigo, lo ha hecho con ella.

Se me rompe un poco más el corazón. Me ha traicionado de todas las formas imaginables.

—Yo te quería —susurro.

—Es mío —dice Chloe pasándose por el pelo las manos manchadas de sangre de Verónica—. Y ahora esta casa también lo es.

—Sujétala, Chloe.

—No te me acerques —valoro coger cualquier jarrón de la sala y atizarle con él a esta asesina desnuda, ¡pero no soy ninguna puta asesina!

Mi exmejor amiga, que al parecer no está muerta, aparece dando tumbos de un lado a otro.

Kenerick le hace un gesto y Chloe se ocupa de ella, cuchillo en mano. Dios. Oigo el cuerpo de Verónica caer al suelo en la entrada de la sala.

Antes de que pueda hacer nada, Kenerick me embiste y me aplasta contra la pared. De la chaqueta de su estúpido traje perfecto saca un bote pequeño de cristal con un líquido azulado dentro. Veneno.

—¡Suéltame!

—De eso nada.

—¿Cómo has podido?

—¿Prostituirme durante años con tal de quedarme con todo tu dinero? Vamos, Clara, me lo he ganado.

—¿Prostituirte? —me hiela la sangre aún más—. ¿Nunca…? ¿Nada fue real?

—No, claro que no lo fue. ¿Necesitas que te lo escriba en un papel para que te quede claro?

—¡Cabrón!

—Abre la boca. Vamos, no te asustes. El sabor te resultará muy familiar.

Se me llenan los ojos de lágrimas de la impotencia, de saber que el padre de mi hijo ha estado envenenándome poco a poco y de que el hecho de conocer a alguien desde hace años, ¡no es sinónimo de conocerlo de verdad en absoluto!

Giro la cara y forcejeo, pero si Kenerick no tiene oportunidad de alcanzar mi boca no es por mí, sino porque de un golpe en la cabeza lo derriban. En cuanto recupero la libertad y alzo la vista, el cuerpo de Damon se presenta furioso ante mí con el atizador de la chimenea en la mano.

—No. La. Toques —ruge.

—¿Acabas de atizarme con eso? —No reconozco la voz de mi marido cuando se lleva la mano a la cabeza y encuentra sangre, ese sonido gutural no es humano.

Me alejo un paso y piso la sangre de Kenerick. Le ha abierto una buena brecha y yo… No puedo respirar. Oigo… sonidos escalofriantes y proceden de donde Chloe ha alcanzado a Verónica. Húmedos, de s alpicaduras.

Pero estoy paralizada ante la mirada oscura de mi marido.

—Vete, Clara —Damon tira de mi muñeca y por poco me caigo al suelo de lo que me tiemblan las piernas.

—Damon, son… —«peligrosos» no llega a salir de mi boca.

—¡Vete! —Grita con fuerza y obedezco, pero para entonces Kenerick ya se ha levantado.

Antes de que lo alcance, Damon utiliza el atizador para herir su mejor arma, aquello que engatusa a todos: la bonita y angulosa cara de Kenerick. Le corta justo en la mejilla y su grito me hiela la sangre. Es tan profundo que no me queda duda.

Lo ha marcado de por vida.

Me marcho, pero no fuera de la casa, sino escaleras arriba. No puedo abandonar a Damon a su suerte. No lo haré. Tengo que encontrar un teléfono que sí funcione y llamar a la policía.

«¿Y si te matan?», susurra una voz en mi cabeza haciéndole los coros a los gritos y los golpes horribles que oigo a mis espaldas, pero la ignoro y corro tan rápido como puedo, aferrándome a la barandilla cuando tropiezo presa del pánico.