Ha entrado en casa (Depredador Enmascarado 1) Capítulo 86
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Capítulo 86

V erónica se queda mirándome confundida.

— ¿Clara?

—Kenerick sabe que si yo muero de forma repentina mi dinero será repartido en miles de pedazos, y entregado a la beneficencia, y a Liam —susurro a toda velocidad—.

Es algo que los Ashcroft llevan haciendo desde hace generaciones con tal de cubrirse las espaldas.

Y cuando mis padres murieron, estaba tan hecha polvo que ni siquiera quise cargarme esa ridícula tradición que demuestra que los matrimonios de mis antepasados no estaban, en absoluto, basados en la confianza.

—Respira, por dios. ¿Qué estás diciendo con todo esto?

—Creo que mi marido quiere quitármelo todo. Y que está liado con la au pair.

Verónica me coge del brazo y tira de mí con fuerza.

—¿Quitártelo todo? Y una puta mierda.

—Esa boca.

—Nos hemos pasado la vida siendo correctas, Clara, ¿y para qué? ¿De qué ha servido?

Debo estar chalada, pero tiene más razón que una santa.

Cada día me maquillo el tatuaje provocativo que me hice en la universidad con tal de que Kenerick no lo vea. Llevo perlas, vestidos perfectos y hablo con moderación. Nunca hago lo que me gusta. Nunca mando a la mierda a la gente cuando se lo merece. ¡¿Y de qué me ha servido?!

Estoy tan alterada que dejo que Verónica me lleve hasta el dormitorio de Chloe que está vacío, lo cual no es una buena señal.

—He estado muerta de celos de esa puta au pair —admito por primera vez, liberándome—. Y resulta que tenía motivos. ¿Dónde está ahora? ¿Follándose a mi marido?

—Mira esto. —El labio inferior de mi amiga se aprieta con rabia y me fijo en lo que sostiene.

Sobre la cama hay unos cuantos papeles arrugados. Un segundo…

«—…Y ti ra todos esos papeles del escritorio, por favor.

—Son notas, Clara. No puedo tirarlas. Son muy importantes para mí.

—¿Notas?

—Sí, me las escribió mi novio.

—No sabía que tenías novio.

—Sí. Es algo cursi que… bueno, que hacemos desde hace poco. Pero me gustan mucho…».

Tengo un mal presentimiento. Me acerco más. Se me revuelve el estómago al reconocer la caligrafía de la mitad de ellas. Intercambiaban cartas.

He cogido el cuchillo favorito de Clara, el de plata que siempre usa para comer. Adivina dónde me lo he metido. Te daré una pista: lo llevo encima todo el día. Pregúntate dónde.

—Tuya.

No me provoques delante de ella. Vuelve a mirarme con esa cara de puta y te bajo las bragas y te follo sobre la encimera hasta reventarte.

—Tuyo.

—Esta es la letra de Kenerick —jadeo.

—O sea que sí se la tira. Será cabrón —dice Verónica con asco.

—Podrán servir como prueba —le digo cogiéndolas todas y tirando de ella hasta el dormitorio principal.

Meto en el bolso las que caben, junto a las pastillas y el móvil, y el resto las arrugo en mi mano. Solo con eso, corremos de vuelta a la entrada. Verónica cada vez ralentiza más el ritmo cuando alcanzamos las escaleras laterales y al final tengo que gritarle:

—¿Qué estás haciendo? ¡Date prisa!

Consigo arrastrarla hasta el salón, pero Kenerick entra por la otra puerta y nos topamos con él de cara.

Su ceño se frunce y sé que pensaba preguntar un inofensivo «¿qué estáis haciendo?», pero la pregunta muere en su boca en cuanto ve lo que tengo arrugado en la mano. El papel estaba cortado y quemado por las puntas, así que lo reconoce.

—¿De dónde has sacado eso?

Por primera vez quiero darle un puñetazo en la puta cara a mi marido.

—De la cama de la zorra a la que te estás tirando, cabrón —espeto.

No parece arrepentido. De hecho, su expresión se vuelve de lo más calculadora.

ESTOY CASADA CON UN PSICÓPATA.

—¿Esto estaba en la cama de Chloe? ¿A la vista?

—¡¿Eso es lo que te importa?! ¡¿El puto descuido de esa asquerosa?!

—Cálmate, Clara —suaviza el rostro y alza las manos—. Esto no es lo que parece. Solo estás confundida.

Lo mato. ¿Pretende fingir que esto tampoco ha pasado? ¿Darme más pastillas? YO LO MATO.

Tengo la vena de la frente a punto de reventar y estoy lista para romper en gritos y alaridos, pero entonces Verónica dice:

—Lo sabe todo.