Capítulo 69
El día de la entrevista.
E l trayecto en autobuses no ha sido corto precisamente. He viajado desde Indiana durante días. Abro la bolsa que tengo en el regazo y acaricio el vestido, y las plataformas de corazones.
Lo cierto es que no me apetece acabar el trabajo, ¡me lo he pasado tan bien! Ojalá algo me permitiera alargar mi venganza un poquito más.
—Ser au pair no es santo de mi devoción, pero necesitamos pasta para los conciertos de este verano, tía —dice la chica sentada delante de mí, mucho más alto de lo que me gustaría.
Se enrolla un mechón de pelo en el dedo y masca chicle de forma irritante—.
Exacto. Sí. Ajá. Además, es en la mansión Ashcroft, tía.
Quizá me haga amiga de algún ricachón y sea él quien nos pague todos los conciertos del año.
Un sugar daddy , exacto. ¿Cuándo dices que vuelas a EEUU? Ya te echo de menos y…
No escucho más de lo que dice.
Qué. Puta. Suerte.
—Aunque no para ti —susurro relamiéndome mientras taladro su nuca con la mirada.
Macho, antes de que acabe el día voy a ir a comprar lotería, ¡porque menuda suerte!
Mi cuerpo imita los movimientos de la tonta au pair . Me levanto igual que ella y bajo del autobús al tiempo que ella.
Somos las únicas que nos bajamos en esa parada, así que estamos solas en la calle. Busco en el suelo. Tengo otras maneras de matar en la bolsa de viaje, pero me apetece una piedra. Una grande.
Compruebo que no hay nadie a la vista, o tan cerca como para pisparse de lo que voy a hacer, y me acerco por la espalda. Le asesto un buen golpe en la cabeza y, solo entonces, la cotorra suelta el puto teléfono.
Qué tía .
Le doy otro golpe de propina, porque la mancha de sangre en la piedra no había quedado bonita.
Me agacho a por el móvil, corto la llamada y marco el número de emergencias. Carraspeo mientras espero a que descuelguen, observando la sangre abriéndose camino en el asfalto.
—Emergencias, ¿en qué puedo ayudarle?
—¡Dios mío! ¡Socorro! —exclamo bajito, enrollándome un mechón de pelo en el dedo—. Hay una chica que… dios, dios… madre mía, se la ve muy mal, ¡está sangrando mucho! ¡Está en el suelo!
—Tranquilícese, señorita.
—¡No puedo tranquilizarme! ¡Tienen que mandar una ambulancia!
—Hemos rastreado su llamada y enviado una ambulancia a su localización actual. Por favor, no cuelgue el teléfono.
Cojo la piedra de antes y la espachurro contra el teléfono. ¡Upsssss!
—Bueno, me da que los conciertos de este verano los vas a ver desde las alturas, ¿eh, monada? —me carcajeo, pero miro su camiseta infantiloide y hago una mueca.
Parece mucho más adecuada que la mía, que me deja la mitad de las tetas fuera.
Ojo, eso es algo que me ha abierto muchas puertas, pero si quiero ser au pair, debería llevar algo más adecuado.
La desvisto, y mirando su sujetador cutre por encima del hombro, me la pongo y luego me largo antes de que nadie gire la calle y me vea. Atravieso la entrada de mi nueva casa, y lo hago con la piedra ensangrentada aún en la mano.
No quiero soltarla. Es mi tesoro. Mi premio.
—Pobrecilla… era mi amiga y yo… yo quiero sacarla de la pobreza —carraspeo y pruebo otra vez, intentando sonar más compungida—. ¡Ha tenido un terrible accidente! Pobrecilla… era mi mejor, mejor, mejor amiga.
La mitad de mi cabeza quiere volver y espachurrarle la piedra en el cráneo hasta que no quede nada. Pero la otra mitad se alegra de no haberlo hecho, porque así será más creíble pensar que se ha caído.
—¿Y su nombre? —chisto la lengua—. Mierda, debería haber rebuscado en sus bolsillos, ¡tengo guantes! Vamos, niña, qué error de novata.
El jardín delantero es tan grande y largo que llego a la puerta de la mansión Ashcroft un millón de minutos después.