Ha entrado en casa (Depredador Enmascarado 1) El Circo V mejor viva que muerta
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El Circo V mejor viva que muerta

PARTE DOS: Diecinueve años.

Reducirle no ha sido lo difícil. Cargarlo en el coche sí, ¡pesa mil toneladas! Doy buen uso al trastero que tengo alquilado al este de California y lo encierro allí. Vuelvo dieciocho horas después. Una persona normal se habría meado y vomitado encima, pero el hombre lobo solo está cabreado .

—¿Quién eres? ¡¿Qué estoy haciendo aquí?! —pregunta al oír los tacones, pero yo no salgo de las sombras.

—Suponía que una duraría viva el mismo tiempo que la otra por ser siamesas, pero Dana sangraba muchísimo más… —Sin poder evitarlo, se me escapa una carcajada traviesa.

He asesinado y torturado a siete personas, pero las siamesas siguen siendo mi sueño recurrente. Dicen que el primer asesinato nunca se olvida, ¿será cierto?

Ellas son donde mi mente se pierde cuando duermo a pierna suelta y del tirón toda la noche. Imaginando sus cadáveres medio descompuestos es con lo que me corro hasta desmayarme.

Mis dos obras de arte.

A Dana le arranqué los ojos y a Maura el cuero cabelludo. No en ese orden. Fue genial hacerlo poco a poco y enfrente de la otra para que lo vieran.

—¿Qué?

—¿Qué? —lo imito mofándome de su tono de idiota—. ¿Debería cortarte a ti también por la mitad?

—¿Quién eres?

—¿No me reconoces sin las marcas de tus dientes? —sonrío de manera torcida cuando por fin mi voz hace sonar las alarmas en su estúpida cabeza.

Salgo de entre las sombras y dejo que vea mi vestido. No es el mismo, porque mi cuerpo ha crecido desde entonces, pero hay partes que sí. Las mangas, la falda… Los ta cones ya no son botas, sino sandalias, pero cargan con los mismos corazones.

— Nathalie.

—Bingo. —Sonrío y estoy segura de lo que ve: una anormal fila de dientes.

Una de las peticiones de mi operación estética fue esa, que mi boca se abriera de más al sonreír.

Yo solo veo huesos. Un nombre que tachar. Cosas que cortar. Otras que devolver a su sitio. Disfruto haciéndole llorar tanto como lo hice yo la primera vez que me cogió en brazos, cuando mis padres todavía estaban presentes.

—Espera —pide cuando me acerco a él con una sierra.

No. Suficiente charla.

Nathalie quiere jugar.

Con cada herida que le hago y cada chorro de sangre que se vierte en el suelo, protejo a otra niña. Y encima me excita muchísimo. A veces tengo que parar para no correrme del gusto.

Lo de arrancarle todos los dientes me lo pone difícil de cojones.