El Circo II mejor muerta que viva
Nueve años.
N o debería haber intentado huir otra vez. Me lo admito cuando, una semana después, sigo pagando el castigo.
—Atadla —ordena el jefe ocupando su silla.
A él le encanta mirar.
—No hace falta. No se moverá —prometen dos voces femeninas a coro.
En cuanto me inmovilizan contra una mesa, el cuerpo del lobo y el sombrerero loco se ciernen sobre el mío para morderme.
Son las siamesas quienes me sujetan los brazos para que no pueda levantarme. Ellas son las únicas con las que bajé la guardia. Las que fingieron no disfrutar con mi dolor.
Solía odiarlas… ahora son como el postre que me muero por comerme. Remarco todos sus nombres en mi lista mental cada vez más larga, lo hago una y otra vez.
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Apenas me queda espacio para cicatrices nuevas. Al público no le gustan las personas corrientes. Quieren monstruos… Y en eso me han convertido.
Hay una razón por la que los niños no crecen en el circo. No tienen oportunidad de hacerlo. El público disfruta de ver asesinatos mientras se mantenga la fantasía de que no es real.
Es algo que he visto en cantidad de ocasiones con mis propios ojos. La última, por poco pierdo los míos. Ese fue el día que me rajaron la cara por todas partes y me volvieron una de las mejores atracciones. Si no me dejaron ciega fue porque les resultaría un inconveniente tener a dos niñas ciegas.
Mary es la otra.
Ella es el juguete sexual del jefe.
No puedo hacer nada por ella, igual que no puedo hacer nada por mí. Pero si tuviera oportunidad la mataría. Desearía que alguien mostrara la misericordia de rebanarme el cuello y detener esta maldita pesadilla.
—¿Qué te dije la última vez, Nathalie? —pregunta el jefe, esa sombra en la esquina, siempre presente. Pero no puedo pensar.
Otro mordisco.
Otro más.
Los dientes se clavan.
—¿Sabes lo que les pasa a las niñas que ya no valen para salir a escena? Que las sacamos a otros sitios. Estoy seguro de que sabes de lo que hablo.
—No volveré a intentar escapar. Lo prometo.
—¿Qué te dije la última vez, Nathalie?
—Necesito las uñas, no me las quites. Las necesito —pido en súplica, pero a él le da igual.
Las necesito .
¿Qué me arrancaré si no?
El dolor que me inflijo no me alivia, pero me da algo de control.
Alcanza uno de mis pies y me corta parte del dedo meñique. Pero no pasa nada. Nadie lo verá dentro de mis zapatillas. Todavía les soy de utilidad.
Hace tiempo que entendí que todos aquellos a los que les faltan extremidades, llegaron aquí con todas ellas.
Mientras mi piel se abre y se agrieta froto mis dedos para descubrir que… No tengo más uñas que arrancarme. Mierda . Tampoco tengo ninguna pared cerca donde abrirme un poco la cabeza.
Lidiar con el dolor se hace dificilísimo, así que grito.
No les gusta que arme escándalo sin que me lo pidan, así que al acabar me paso horas castigada, atada en la rueda de los cuchillos. Pero a mí me encanta, porque allí nadie me toca.
En momentos como este no deseo que alguien me mate.
Deseo matarlos a todos con mis propias manos. Luego ya se verá lo que hago conmigo misma.
—Te toca salir —dice una prostituta, esa que lleva una semana y media aquí.
Aún no la he añadido a mi lista, pero estoy segura de que falta muy poco. Caigo sobre mis rodillas cuando me suelta. Me enfundo en el vestido roto que tengo por uniforme y en las bonitas botas rojas de corazones.
Si no fuéramos un circo ambulante, ni tuviese que salir a escena, estoy segura de que nadie se habría acordado de mí.
Encuentro al jefe en el pasillo, con un hombre mayor.
—Señor Ashcroft, bienvenido. ¿Tiene apetito? —escucho preguntar a una de las prostitutas mancas mirándome a mí.
Ofreciéndome.
El viejo trajeado me mira con asco y sacude la cabeza.
—No las elijo para eso. Invierto el dinero para recoger muchísimo más.
Habla de mí como si fuera una transacción. Un entretenimiento.
Lo he oído antes.
—¿Estás seguro de que eso vende? —pregunta el señor Ashcroft, asqueado—. Yo también quería lo más opuesto a la perfección, pero esto… Es atroz.
Me mira con desprecio mientras yo apunto su nombre en mi lista mental.
Ya son más de quince.
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La lista es lo único que me mantiene con vida.
Algún día me vengaré.