El Circo I mejor muerta que viva
Cuatro años.
M amá me ha vestido de manera especial, como cuando viene la mujer de traje que quiere alejarme de ellos. Estaría asustada si no fuera porque me han dicho que hoy voy a vivir algo mágico.
La lluvia golpea los cristales, pero eso no hace que el coche vaya más despacio.
—¿Cuántas rayas son eso, Bill?
—Una puta barbaridad, joder, Lisa.
—¡No voy a entregarla por menos de cien mil dólares! ¡Mírala bien, joder! Es muy guapa.
—¿Cien mil? ¡Que no son la puta mafia! ¿Te crees que van a tener tanto? —papá aprieta el volante nervioso.
—En internet podrían darnos más… por otro tipo de contenido.
—¿Qué vas a hacerte ahora, su camarógrafa?
—¡Puede!
—¿Tú, Lisa? ¿En serio? Pero si no sabes hacer ni la «o» con un canuto.
—¡Cállate, imbécil!
Siguen discutiendo y lanzándome miradas muy alegres, pero no distingo bien las palabras que dicen. Vamos muy deprisa y tenemos varias ventanillas del coche rotas desde el verano.
Me gusta.
Odio oírlos discutir y me lo evito gracias al cristal que falta. Yupi. A veces se pegan fuerte y me da mucho miedo, y por desgracia, ahora no puedo esconderme bajo la cama.
Paramos el coche frente a una gran carpa de dos colores, roja y beige.
—Va, joder, han pasado más de doce horas desde la última.
—¡¿Te crees que no lo sé?!
—Pues vámonos ya, la carpa está justo ahí. —Tira de mamá y ella grita.
—¡Qué prisas, me estoy haciendo el ojo! ¿Quieres que vaya guapa o no, joder?
—Me importa una mierda, quiero que vayamos ya.
Mamá no se lo toma bien. No le gusta que la interrumpan mientras se maquilla.
No es hasta que sus ojos están muy negros que salimos del coche. Por suerte, no se olvidan de mí. A veces pasa y da mucho miedo. Estar sola en el coche de noche no me gusta, a veces aparece gente muy rara.
—Dios, Bill, joder —la carcajada de mamá le hace el coro a sus tacones viejos hundiéndose en el fango.
Eso tampoco le gusta. Se enfadará cuando se dé cuenta.
Me mantengo callada para que los gritos no se dirijan en mi dirección. Aunque ahora parecen contentos, la cosa puede cambiar muy rápido. Lo sé bien.
Me doy mucha prisa para que no tengan que esperarme, pero papá me coge de la chaqueta y tira de mí hasta que, durante unos segundos, mis pies no tocan el suelo. Nos metemos dentro de la carpa y solo entonces papá me suelta.
Es enorme.
Más que el cole al que voy algunas veces.
Veo payasos tristes subidos a zancos con la cara a medias de pintar. Veo un sombrerero loco con parte de las tripas colgando. A dos chicas unidas por su propia carne. Los cuchillos y la sangre están por todas partes, y el olor a animal sucio también.
Tengo mucho miedo. No me gusta este lugar.
—Familia Carrow —papá se identifica frente a uno de esos hombres que son tan peludos que parecen lobos—. Hemos hablado por teléfono.
El ceño fruncido del hombre peludo se intercambia por una sonrisa llena de dientes.
Los tiene todos afilados. Por más que trato de ocultarme tras las piernas de papá, no lo consigo.
Él no me lo permite. Mis padres me colocan frente a ellos y el señor lobo se agacha sobre sus rodillas para verme mejor.
—El jefe estará muy contento contigo. —Me ofrece la mano y cuando yo escondo las mías, mamá me da un empujón.
Acabo en sus brazos. Todos se ríen mientras yo me quedo muy quieta. Me da un abrazo que huele a la bebida que pone violento a papá y luego se levanta sin soltarme. Quiero que se aleje de mí, pero no digo nada por temor a las represalias.
—Pasen por aquí, señores Carrow.
Echa a andar, pero pronto nos invita al interior de una sala.
Las lágrimas no dejan de caerme por las mejillas, pero cuando miro a mamá me pone cara de enfado y sé que no puedo pedirle ayuda, ni nada. Dentro de la sala pequeña hay un escritorio y un hombre alto sentado tras él, en una gran silla.
—Mi niña, pórtate bien —pide papá en cuanto el hombre lobo me deja en la mesa.
No me gusta cuando me llama «mi niña». Siempre pasa algo malo después.
Tres de los cuatro adultos hablan sin que yo termine de entender de qué. El hombre lobo me acaricia los hombros y dejo de respirar. No me gusta que me toque, así que me aparto.
Oigo carcajadas, gritos de dolor y música fuera de esta sala. No me gusta este sitio. Nada de nada. Entonces papá recibe un buen fajo de dinero. ¿Este es su nuevo trabajo? Mamá y él se alejan y creo que es para contarlo, pero no… no vuelven.
No se dan la vuelta.
—¿Mami? ¡Mami! —chillo mientras se me escapan más lágrimas por el miedo. Me bajo de la mesa para llamarla y decirle que se han olvidado de mí, pero no los alcanzo. Las manos del hombre lobo me frenan—. ¡Mami!
—Si te portas bien, tus padres volverán —susurra en mi oído—. Si te portas bien, saldrás viva de aquí.
Me han dejado sola.
Llueve bastante así que cuando me saca de la carpa y me lleva a una caravana, me mojo la cara y el pelo. Allí dentro están las dos mujeres unidas por la carne de su propio cuerpo que he visto antes.
—Hola, cariño, yo soy Maura.
—Y yo Dana.
—Puedes confiar en nosotras, te vamos a cuidar muy bien. —Maura me limpia las lágrimas, pero me salen nuevas.
—Nosotras crecimos aquí, ¿sabes? No está tan mal —explica Dana con la mirada perdida mientras me llevan junto a un tocador.
Son ellas las que me cortan el pelo de forma desigual y rara, las que me pintan la cara y me llevan de vuelta a la carpa.
Cuando me meten en la pequeña jaula esférica ya no lloro, pero no dejo de temblar.
—Te va a gustar trabajar aquí, pequeña, en serio —promete Dana y luego procede a arrancarse todas las pestañas.
Es su ritual.
El de Maura consiste en arrancarse pelo.
Dicen que el mío puede ser darme de cabezazos contra la pared, que los rituales sirven para mantener las emociones a raya. Me obligan a probar y los barrotes de la jaula consiguen que me duela mucho. Tanto, que me olvido de la angustia que siento durante un momento.
Los aplausos y los gritos se vuelven más y más fuertes. Dana le da un buen empujón a mi jaula y ruedo hasta el centro de un gran escenario. Por si la pesadilla no fuera lo bastante aterradora, llegan dos leones. Dos animales dispuestos a hacer lo que sea para llegar hasta mí.
—¡Mami! —chillo con fuerza desgarradora, pero mis padres no aparecen.
Cuanto más me asusto, más corro dentro de la jaula. Eso hace aumentar los gritos, los aplausos y las risas.
Ahora soy parte del espectáculo.