Capítulo 67
Unas horas antes.
E l hospital huele a lejía, a café recalentado y a miedo cocido a fuego lento. Nada más cruzar las puertas automáticas, el aire acondicionado me acaricia la piel como la mano fría de un muerto.
Me siento como en casa porque no hay otro color que no sea el blanco ni en las paredes, ni en el suelo, ni en los muebles.
Compro unas flores y subo en ascensor a la séptima planta.
El ambiente allí está mucho más animado.
Una señora llora en silencio junto a la máquina de café mientras un auxiliar arrastra un cubo amarillo sobre el suelo brillante.
Un chaval duerme sobre tres sillas de plástico azul y la mujer a su lado, de rostro similar, mira la pantalla del móvil sin ver nada.
Me acerco al mostrador de información y pongo mi mejor cara de chica buena.
—Hola. Vengo a ver a Annabelle Brown.
—¿Quién eres? —La mujer teclea sin levantar la mirada del ordenador.
Tiene las uñas cortas en color nude y esa expresión de quien ya ha tenido suficiente humanidad por hoy.
—La cruz de tu existencia.
Inclina la cabeza hacia mí, despacio, con una irritante ceja alzada.
—Un pequeño chiste para destensar el ambiente. ¿No? Vale —carraspeo.
Le digo que soy su hermanastra para que me deje pasar, que nuestros padres están liados, pero nosotras no nos odiamos aunque sería lo típico. Me pone pegas, así que me pongo a llorar como una desconsolada. A gritos.
Me manda a la ciento trece.
Me escurro entre los pasillos abarrotados de gente. Al llegar a la puerta en cuestión me topo con una pareja bastante mayor. Los padres, supongo.
Sé que Annabelle no tenía familia aquí porque se lo oí decir a Clara, así que supongo que habrán volado desde Inglaterra.
— ¿Son los señores Brown? —me acerco y les entrego las flores—. Una mujer de pelo rubio me ha dado esto para ustedes y ha dicho que iba a pagar la factura de su hija en recepción. —Les guiño un ojo—. Creo que si se dan prisa, todavía podrán agradecérselo.
Tardan un poco en reaccionar, pero el marido coge las flores al tiempo que la mujer se pone en pie.
No sé qué dicen, la verdad es que no les presto mucha atención.
Estoy ocupada calculando mentalmente cuánto tiempo voy a tener.
Al final abandonan sus pertenencias en los asientos y se van pasillo abajo para agradecérselo a esa mujer rubia.
Hacerlo les sería mucho más fácil si existiera.
Entro en la habitación de Annabelle.