Ha entrado en casa (Depredador Enmascarado 1) Capítulo 66
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Capítulo 66

L o miro con rabia, con odio porque haya tenido las respuestas a mi alcance y no me las haya proporcionado. PORQUE TODAVÍA NO ME LAS DÉ.

No hablas porque sabes que tendré miles de preguntas.

—Dime de una vez quién eres.

Sacude la cabeza y me lanzo hacia él ignorando el miedo de lo que pueda encontrar al otro lado de la verdad. Una vez más demuestra que no soy rival para él, ni siquiera dejando mis modales a un lado. Aun así, no cejo en mi empeño de arrebatarle la máscara.

Se deja caer contra la pared para que no sea yo la que recibe el golpe cuando lo arrollo, pero no puedo apreciar el gesto porque me ha aprisionado las manos a la espalda sin esfuerzo y estoy rebosante de ira asesina. Incluso cuando su manera de cogerme se parece mucho a un abrazo.

—Te juro que si no empiezas a hablar claro… —jadeo a punto de sollozar—, o a hablar algo, voy a perder la cabeza, pero de manera definitiva.

Respiro contra su cuerpo sintiendo hasta el último músculo duro que tiene. Debe poseer cientos, si no miles.

—Shhhh —dice como si escuchara todo el ruido de mi cabeza.

—No solo no me hablas, ¿sino que encima me mandas a callar? Tratar con seres humanos es lo tuyo, desde luego.

Me suelta despacio, en una clara advertencia que ignoro, porque en cuanto vuelvo a ser libre, mis manos vuelan hasta la máscara.

No me hace daño al aprisionarme de nuevo, ahora contra la pared, pero contengo la respiración.

Su cuerpo es una seductora y odiosa jaula de cinco metros de altura jodidamente delicado cuando quiere, violento cuando no.

Reparo en el hecho de que ninguna de sus notas ha sido amenazante.

En que me pican los labios con las ganas que tengo de volver a encontrar los suyos.

Y eso en un momento como este dice muy poco de mí.

—Todas las personas que conozco están en esta fiesta —susurro para mí y él asiente. Tú no eres una de ellas. Sé que no va a decirme quién es porque la máscara la lleva por algo, pero…—. ¿Vas a ayudarme?

Asiente.

Esta vez cuando me suelta, no trato de abofetearle. Inhalo el olor masculino y especial que desprende su piel y me quedo muy quieta, aplastando los talones contra el suelo.

Mueve la cabeza hacia la puerta. ¿Voy a dejarlo marchar? Paso la lengua por el interior de mi labio y al notar la marca, asiento. Voy a dejarlo marchar.

Y entonces me doy cuenta de que esa marca es lo único real que he tenido en semanas.

Lo único que nadie me puede quitar.

Lo único que demuestra que existo fuera de la cabeza enferma que todos dicen que tengo.

Por eso en el último segundo me lo pienso mejor y me aferro a su mano.

—No vuelvas a desaparecer —suplico.

Parece ser esclavo de mis deseos porque al instante gruñe como un monstruo rabioso y me arrolla. Su mano enguantada me agarra de la nuca al tiempo que tira de su disfraz para dejar su boca al descubierto. Solo su boca. Un instante después sus labios colisionan contra los míos.

No es delicado. No quiere serlo. Su lengua se abre paso con la misma fiereza con la que me ha mordido antes y reclama todos los rincones que mi marido no ha sabido encontrar en mí jamás .

Sabe a sangre y a algo mucho más excitante que se mezcla con la menta y me deja mojada y palpitando en cero coma. A él. Es su sabor. Y me encanta.

Clavo las uñas en sus hombros y él enreda los dedos en mi pelo frotando su enorme erección contra mí. Cualquiera que nos viera diría que nos odiamos de las ganas que nos tenemos y la rabia que nos da reconocerlo aunque sea en susurros y jadeos.

Me deshago en gemidos necesitados.

Me arrebata el miedo y lo convierte en puro fuego.

Quiero más, pero se arranca de mi cuerpo y sale de la maldita cocina antes de que pueda volver a frenarlo.

Me apoyo en la pared para no caerme al suelo exhalando todo el aire contenido en cuanto vuelvo a quedarme sola.

Llevo los dos vasos al fregadero y me tomo un momento para recomponerme. ¿Qué voy a hacer ahora? De repente recuerdo que Kenerick quiso poner cámaras de vigilancia por toda la mansión cuando contratamos a personal para vivir con nosotros.

Por eso no se ha quitado la máscara. Sabe mucho más de la mansión Ashcroft de lo que cabría esperar para alguien que la ha pisado por primera vez.

Recojo la nota del suelo y me la guardo en el bolsillo. Antes de que tenga la oportunidad de volver al jardín con el resto, alguien entra en la cocina.

Me quedo sin respiración al ver que es Chloe.