Capítulo 65
S acude la cabeza y se acerca a mí, poco a poco.
—Muchas gracias por tu labor. Espero que no acabes muy agotado, un puñado de niños con una buena dosis de azúcar significa energía infinita —carraspeo y cuando no sé qué más decir porque mis habilidades sociales han estado sin usar las últimas semanas me bebo el vaso de agua de golpe.
Nunca se me ha dado bien entablar conversación con desconocidos porque soy bastante introvertida y dudo a menudo de si lo que voy a decir está bien o no. Por eso me escondo tras trajes caros, para encajar.
Se me sigue acercando.
—¿Quieres un vaso de agua?
Asiente despacio. Desvío la mirada algo tensa y cojo un vaso limpio para llenarlo hasta arriba. Cuando se lo voy a dar, se ladea y mi brazo choca contra él. El líquido baila y se sale del recipiente acabando en su pecho.
Los músculos… imaginaba que eran falsos. Pero es evidente que no. Dios mío, ¿está así de fuerte solo para animar fiestas? Eso sí es dedicación.
Gruñe y me pone el vello del cuerpo de punta.
—Perdón. Yo… —me doy cuenta de que sigo con la vista clavada en sus abdominales, la parte del traje que ahora se ha quedado pegada a su piel y él emite una especie de risita suave, apenas un susurro molesto.
Me pongo roja como un tomate.
—Oye, que no ha sido adrede.
Ladea la cabeza, como diciendo, «venga ya, ¿en serio?».
Resoplo. Me ofendo. Resoplo todavía más.
—Mira, no sé quién te crees que eres, Casanova, pero yo estoy casada.
Asiente y puedo asegurar que no ha habido un asentimiento en toda mi vida que me irrite tanto como ese. Estoy a punto de coger otro vaso de agua y tirárselo en la cara, a ver si así se le aclaran las ideas, pero entonces se lleva la mano a la cremallera junto al hombro.
Y tira de ella .
—¿Qué…? ¿Pero tú quién? ¿Q-qué crees que…?
Tira un poco más.
Y más.
Todo su torso queda al descubierto y no estaba preparada para ver toda esa piel tatuada, tersa, dura… Sé que esto está fatal, la voz de mis altísimas autoexigencias me lo deberían estar recordando, pero ese es el quid. No ocurre.
Me tienta.
—¿Estás loco? Haz el favor de no ser un degenerado y… —dejo de hablar y esta vez lo que me interrumpe no es su exhibicionismo.
Es su olor. Lo reconozco. Dios mío, no puede ser. Es él. NO PUEDE SER.
Pero entonces se saca una nota arrugada y mojada de un bolsillo interior de su traje, una en un papel especial. Tira de mi mano y me pone la nota en la palma.
No estás loca, Clara Ashcroft.