Capítulo 59
A l salir de la ducha me detengo desnuda frente al espejo un buen rato, con un objeto afilado en la mano que promete acabar con todos mis problemas.
Termino con las tijeras y procedo a maquillarme como una puerta para tener buena cara. La luz de mis ojos se está marchitando a una velocidad pasmosa.
En cuanto cierro los ojos lo veo a él.
Su máscara, sus iris castaños imposibles, su silueta apoyada en un árbol con un cigarrillo encendido en la mano .
Siento sus guantes de cuero aferrándose a mí. Siento…
—No fue real —susurro una y otra vez, pensando en los tatuajes de su mano, ocultando el único que tengo yo con maquillaje como hago siempre.
Me tiembla la mano al aplicarme otra capa de máscara de pestañas, pero no pasa nada. Salgo del baño vestida, maquillada y con el pelo seco, y Verónica grita.
—¿Es que has perdido la cabeza? Perdón, esa no es una frase muy adecuada ahora. ¡¿Es que vas drogada?!
Me toco las puntas del pelo, ahora sobre mis hombros. Odiaba verme ese mechón corto, así que me lo he cortado todo para igualarlo.
Mi corazón me asegura que ese maldito mechón no lo corté yo, ¿pero cómo iba a entrar alguien en nuestro dormitorio sin que Kenerick se despertara?
No importa, ahora ya no está.
—¿Eso es que no te gusta? —hago una mueca.
—No, sigues estando muy guapa. Lo bien que te queda siempre todo hace que te odie un poco, sinceramente.
Kenerick entra en el dormitorio de repente y me tenso, sin saber muy bien si estoy presentable, demasiado arreglada o rara. En honor a la verdad: sin entender cómo puede querer estar casado conmigo todavía.
—Sor… ¿presa? —alzo las manos como una tonta.
—¿Puedo hablar contigo a solas un momento? —pregunta desde la puerta, sin hacer comentarios sobre mi pelo.
—Te espero abajo —dice Verónica un poco molesta de tener que marcharse de la vera de mi marido.
Él entra y cierra tras de sí. Se acerca a mí despacio, como un animal que ha salido a cazar. Trago saliva con dificultad. Nuestra vida sexual ha caído en picado por culpa de mis problemas y añoro cómo estaban las cosas antes.
—¿Qué le has hecho a tu melena? —pregunta con suavidad, mientras me inspecciona.
—Igualarla un poco. No es un gran cambio, ¿no? Solo uno pequeño —miento descarada.
Él me coge de las mejillas y sonríe en plan «¿en serio?», pero luego me besa así que supongo que le gusta. Me mete la lengua despacio en la boca y gimo desesperada porque me desnude y me haga suya.
Gruñe de gusto y coge lo que queda de mi pelo y lo envuelve en su puño.
—Todavía se puede coger, me gusta.
—Q-qué bien, me alegro. —Dejo de hablar cuando vuelve a besarme.
—No tengo mucho tiempo. Pero esta noche Liam no estará, ¿verdad?
—No.
Vamos a celebrar una gran fiesta en casa y luego se irá a casa de uno de sus amigos a hacer una fiesta de pijamas.
Hasta hace dos segundos no estaba nada contenta con la idea. Pero ahora mismo Kenerick me está arrebatando el aire de los pulmones a besos y no puedo pensar.
—Bien.
—¿Bien?
—Sí, les daré la noche libre a todos y así podré follarte en cada habitación de esta inmensa mansión —promete y me retuerzo con anhelo y anticipación.
Me sujeta cuando las piernas me flojean y se ríe entre dientes.
—No puedes decirme eso y esperar que no reaccione —le doy un manotazo en el pecho.
—De verdad que odio tener que irme a trabajar. Ahora mismo odio muchísimo a Damon.
—Pues ya somos dos.
—Un equipo para todo.
Sonrío ampliamente.
Un equipo. Nosotros. Juntos frente a las adversidades.
Me encanta.
—¿De qué querías hablar?
—Ah, sí —se yergue un poco y su rostro se ve invadido por la seriedad—. He recibido una llamada interesante.