Ha entrado en casa (Depredador Enmascarado 1) Capítulo 53
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Capítulo 53

D espués de treinta minutos hablando con el doctor Wilomer, sé que no debería haber accedido a esto. Ojalá pudiera volver atrás en el tiempo y no pisar su puta consulta.

—No estoy diciendo que te inventes nada, Clara.

—¿Y por qué lo parece, doctor?

—Solo digo que tu sistema nervioso puede estar interpretando mal ciertos estímulos y que el cansancio y las migrañas hagan que creas ver algo que no está ahí. —Mueve la pantalla de su ordenador para enseñarme una diapositiva de un cerebro humano, como si eso me ayudara en algo .

—No estamos hablando de confundir un bol de melocotones con uno de nectarinas.

—Lo sé.

—¿Seguro? Porque mi familia y algunos conocidos me han asegurado que cosas que recuerdo detalladamente, nunca ocurrieron —me aterra decirlo siquiera en voz alta, pero necesito respuestas y es evidente que mi marido no le va a apretar las tuercas.

Así que soy yo quien le tira de la lengua. Consigo que se deje de milongas y me hable claro.

Es el mayor error de toda mi vida.

—Es evidente, por lo que me cuentas, que ahora mismo no eres una fuente fiable para interpretar lo que está pasando a tu alrededor, Clara. Así que voy a recetarte algo de medicación para que tu cabeza deje de molestarte.

—¿Medicación?

—Defina dejar de molestar —dice Kenerick.

—Lo que me habéis contado no es en absoluto nada raro, no os preocupéis. ¡Aún sois muy jóvenes! No, no, de hecho, es bastante habitual en personas con mucho estrés o migrañas crónicas. En cualquier caso, me gustaría que no os alarmarais.

—Pues vamos por mal camino —estrecho la mirada.

—Clara, lo que más te conviene es asumir que tu mente no está procesando bien las cosas ahora mismo. A veces la resistencia de los seres humanos a tener razón puede hacer largo un proceso que en otras ocasiones duraría horas .

—¿O sea que me he vuelto loca por cabezonería? ¿Es eso?

—No digo que estés loca. Y no solo porque no se nos está permitido usar ese término en medicina. —Suelta una risita—. Solo desregulada. Nada más.

—Desregulada.

—Sí. Te encuentras atrapada en un estado psicológico que, sin mi ayuda, empeorará. Nada más.

—¿Empeorará? —pregunta Kenerick aferrándose a mi mano desde la silla de al lado.

—¿Cuánto? ¿Y cómo de rápido?

—Sin la medicación, a pasos agigantados.

—Estupendo, ahora me quedo mucho más tranquila.

—Prefiero ser directo y que tengáis toda la información. Es probable que te den arrebatos violentos injustificados si no te medicas, Clara. Más pronto que tarde.

—¿Sabe qué, doctor? Puedo imaginarme teniendo uno justo ahora.

—¿Solo afectaría a los cambios de humor? —pregunta Kenerick en un tono más neutro.

—No, a su lógica y su razonamiento también. En los casos similares a los de Clara…

—¿Qué? —insisto cuando deja la frase a medias.

El doctor Wilomer carraspea y se sube las gafas empujando el índice de manera ascendente por su nariz de patata.

—Acabaría recomendando internarte en un centro adecuado para tus necesidades. Pero seguro que no tendremos que llegar a eso.

Se me escapa un grito.

Todavía faltan un par de horas para que alguien tenga que ir a recoger a Liam a la escuela. Si lo piensas, es el momento perfecto para que el doctor de confianza de la familia Ashcroft me diga que estoy lista para que me encierren.

—No llegaremos a eso —promete Kenerick aferrándose a mi mano.

—¿Encerrarme? —interrumpo sus tecnicismos médicos que me importan una mierda—. Esto debe ser una broma. ¡Kenerick!

—Cariño, cálmate. No va a pasar.

—Opino igual, no hace falta ser extremista —dice Wilomer— . La medicación que le voy a recetar nos permitirá saltarnos ese paso.

«Ese paso» es mi peor maldita pesadilla.

¿Y si se me va la cabeza de verdad?

¿Y si Liam se queda sin su madre por culpa de mi cerebro defectuoso?

¿Y si no estoy verdaderamente presente en su vida? ¿Y si me lo pierdo todo?

—Clara, respira —susurra Kenerick solo para mí .

—¿Qué me hará esa medicación? No quiero ser una madre ausente y estoy harta de pasarme todo el día durmiendo. ¿Seguro que no hay otra manera de llevar esto?

—No, me temo que no, Clara. —Mira a Kenerick—. ¿Ha empezado a mostrar actitudes o reacciones emocionales desmedidas?

—¿Por qué no me lo pregunta a mí? Estoy justo aquí —me irrito, ganándome una larga mirada de ambos.

—Ha estado un poco más alterada que de costumbre.

—¿Qué? No es cierto.

—Celosa, doctor. De la nueva profesora particular de nuestro hijo, lo cual es ridículo.

—Suele ocurrir.

—¡Eso no es cierto! ¡Kenerick! —exclamo ultrajada.

Puede que sea un poquitín verdad, ¿pero de qué va soltándoselo a nuestro médico después de que me llame desequilibrada mental? De repente Kenerick se arrodilla frente a mí y me sonríe.

—Has estado celosa de Chloe desde que llegó, amor, ¿crees que no me iba a dar cuenta? Soy tu marido y te quiero. Solo deseo lo mejor para ti. —Me gusta la forma que tiene de abrazarme, de sonreír, de embelesarme con esa mirada que promete que todo saldrá bien.

Me doy cuenta de que soy una esclava de sus atenciones. ¿Pero cómo no hacerlo? Si incluso en una situación como esta me hace sentir mejor.

—Estar celosa no significa nada, tonto. ¿Tú te has visto?

—Sí, amor, significa que no estás en tus cabales, ¿porque cómo iba yo a mirar a otra mujer?

—Kenerick, ¡no hagas bromas! Esto no tiene gracia. ¡Claro que estoy en mis cabales!

—No seas terca, Clara. Un par de meses de medicación y lista. Recuerda lo que he dicho sobre la cabezonería —interviene Wilomer.

El doctor se carcajea, ajeno a lo poco que me falta para tener un ataque de pánico apoteósico.



Nos encontramos a la au pair nada más llegar a casa, con un libro de francés en el brazo y dispuesta a pasar el rato en el jardín delantero. Creo que va a preguntarnos cómo ha ido la visita, pero qué va.

—¿Qué significa la palabra Imja?

No.

No, no, no, no.

—¿Qué? —pregunta Kenerick frunciendo el ceño—. ¿Es de los deberes de francés de Liam? Porque te aseguro que yo suspendería .

—No, es algo de ella —Chloe me señala, como si estuviéramos en párvulos y la profe acabara de preguntar quién ha roto el jarrón de la clase.

Contengo las ganas de cogerla del pelo porque Kenerick me aferra contra sí.

—¿De qué hablas, Chloe?

—He cogido el coche de Clara esta mañana y bajo la alfombrilla del copiloto estaba esa palabra escrita más de quince veces.

Como soy profe de idiomas, me ha generado mucha curiosidad.

—Sonríe mostrando una exagerada dentadura.

Tiene dos filas de dientes y más dientes—.

Es albanés. Pero estaba escrito como si lo hubieran tallado con un cuchillo.

—No tengo ni idea de lo que estás hablando, Chloe —aseguro sin oxígeno.

Ella vuelve a explicarlo desde el principio.

—¿Alguien te ha rallado el coche y no te has dado cuenta? —pregunta Kenerick.

—No suelo mirar bajo las alfombrillas del coche, ¿tú sí?

Kenerick hace una mueca y dice no sé qué de llevarlo al taller. Pero yo no pienso en eso. Ni siquiera en el enmascarado que hizo que me corriera casi sin tocarme.

Pienso en que Chloe nos ha visto antes de irnos al médico.

Hacía horas que había vuelto de llevar a Liam a la escuela de verano. Ha tenido oportunidades de mencionar el tema, pero ha decidido hacerlo ahora.

El asunto del coche se resuelve diez minutos después. Sale ardiendo.