Ha entrado en casa (Depredador Enmascarado 1) Capítulo 46
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Capítulo 46

M e cierro la bata de seda porque el camisón no es suficiente para protegerme de la brisa nocturna que se ha levantado tras la salvaje tormenta de verano de esta tarde. Los truenos todavía suenan lejanos en el cielo, pero hace rato que en esta zona ya no llueve.

Las nubes han tapado el cielo en cuanto mi supuesta amiga ha dicho la frase, «¿me dejarías el vestido que te pusiste el día que te casaste con Kenerick?».

— Será bruja la muy envidiosa. ¡Cualquier día me pide que la deje dormir en nuestra cama abrazada a él! ¿Me dejarías follarme a tu marido, Clara? ¡Es que me gusta más que el mío!

Camino y camino absorta en mis agitados pensamientos. Pero todo queda en silencio cuando al pasar junto a un cúmulo de árboles oigo la rueda de un mechero. El pulso se me dispara, mi corazón golpeando todavía más fuerte contra mi pecho.

Más, porque desde la primera noche que lo encontré aquí no puedo salir al jardín sin que se me corte la respiración.

—Tú otra vez —intento que mi voz suene neutra, despectiva, y lo consigo.

El enmascarado ni siquiera parece estar alerta. Se enciende el cigarro más a gusto que si esta fuera su casa, y eso me cabrea.

—Esto tiene que parar.

Me acerco a los árboles.

Él reduce mucho la distancia, cerniéndose sobre mí cual pantera hambrienta.

Quiero pedirle que se largue, pero todavía tengo tantas preguntas, que una vez más cometo una insensatez .

—¿Por qué estás aquí? ¿Qué tengo que hacer para que te vayas? —susurro solo para él y el mimo musculoso de piernas kilométricas sacude la puñetera cabeza—. ¿Por qué tienes una C tatuada en el cuello?

Sr. Montaña alarga el brazo hacia mi pecho con la intención de tocar el punto exacto del otro día, que todavía me quema por las noches, pero le doy un buen manotazo a sus intenciones. Uno que retumba contra cada una de las hojas que nos rodean.

—No me vengas con más gestos, háblame. ¿Qué pasa, eres un mimo? —intento sonar irritante, pero sigue mudo y me pregunto si seguiría callado si le hiciera daño.

También me pregunto qué aspecto tiene debajo de toda esa ropa negra y qué pensarían Food4VillanosTatuados, MorallyGreyFucker y NoSoyTuMami_OSí sobre todo esto.

Pero me centro en la primera cuestión y cuando vuelve a alzar el brazo le doy otro manotazo, y otro más fuerte, y antes de que pueda darme cuenta nuestros brazos se enredan.

La situación se vuelve en mi contra más pronto que tarde y acaba inmovilizándome. Mi espalda contra su torso y él cogiéndome las muñecas con una sola mano. Lleva la del cigarrillo a mi boca y me obliga a darle una calada.

El sabor del tabaco solía agradarme, pero ahora solo es la mierda que tapa su esencia. Su sabor.

Siento su pene duro contra mí. Debería repugnarme, pero tengo la respiración tan agitada que mis tetas están a punto de escaparse del camisón.

Deberían pasar muchas cosas en mi cabeza que ocurren de la manera contraria.

Porque estoy rota. Y me da la sensación de que él está roto de la misma forma que yo.

Le doy otra calada y a duras penas aguanto el gemido cuando noto que inhala con fuerza un punto en mi cuello. Debería intentar darle una patada en la rodilla y rompérsela, pero su aliento en mi cuello me hechiza y su polla me mantiene quietecita.

Siento la lava candente humedecer la cara interna de mis muslos. Y esto… esto está mal, muy mal. Fatal.

—S-suéltame —digo con el anillo de casada quemándome en el dedo igual que un nudo en la garganta.

Él hace lo contrario.

El enmascarado me aprieta con fuerza haciéndome daño en los brazos y solo entonces me libera. Como si quisiera asegurarse de que mi piel lo recordara antes de dar varios pasos atrás.

—Mira, no sé por qué haces esto, pero no soy una infiel —jadeo—. Y no porque crea en el infierno, sino porque creo en el matrimonio. En los votos. En…

Dejo de hablar cuando se saca una nota del bolsillo y me la lanza como si le aburriera oírme hablar de mi marido.

O como si le diera rabia. A mí me la da que lleve guantes todo el tiempo.

Sobre todo porque me gustaría saber que estoy tocando algo que ha tocado él, para luego metérmelo entre las piernas y sentir…

No.

No, eso no.

—No quiero leer tus notas. Si no vas a hablarme nunca, ¿para qué vienes?

¿Para amenazarme con tirar animales muertos a mi ventana y luego no cumplir tu promesa?

He estado con mucha gente a solas y no has venido.

—¿ QUÉ ACABO DE DECIR? —. No, o sea… me encanta.

No te lo estaba recriminando. Yo quiero que no aparezcas.

Mira, lo mejor será que te vayas. ¿Por qué no dejas de mirarme?

Dios, esos ojos. Me penetran, me embisten y me hacen suya sin siquiera tocarme.

Debería correr, pero cuando reduce la distancia no doy ni un mísero paso.