Ha entrado en casa (Depredador Enmascarado 1) Capítulo 47
50%

Capítulo 47

—¿Q -qué pretendes…?

Me roba el cigarro y toma posesión de mi mano. Me suelto y vuelvo a pegarle, a zafarme de él. Entonces me coge por la garganta y aprieta. Para mí eso es casi como si me follara. No, es peor, es más íntimo porque quiere decir que me conoce mejor que yo misma.

No respiro ni siquiera después de que me libere, cuando me coge la mano y mete mis dedos bajo su máscara. Noto sus labios. Son gruesos. Suaves. Y me secan la garganta.

Lo siguiente que noto es su lengua contra mi piel. Me prueba, calculando cuánto de mí podría tragar de una sentada si decidiera empezar a comerme aquí mismo. Es lo más erótico que me han hecho nunca y no entiendo por qué si es un gesto de lo más…

—Eres asqueroso, ¿lo sabías?

Sus ojos se enfadan, pero no se detiene. Me arranca un gemido retorcido del cuerpo.

Mi sexo babea y tiembla ante la humillante necesidad mientras me imagino esos movimientos justo en el clítoris. Me aprieta tanto la muñeca que la carne se me queda blanca, pero de manera enfermiza quiero que apriete hasta dejarme una cicatriz.

Me revuelvo y gimo más fuerte. No hago nada por apartarme, ni por alejarme de sus ojos. Él me observa con atención, regodeándose de cómo le ha dado la vuelta a la situación, disfrutando de su victoria.

No, tonta, te está estudiando.

Le gusta mirarte, igual que a ti te gusta que lo haga mientras te lame.

Apaga el cigarro contra su pantalón, lo deja caer y sube su mano hasta mis costillas.

Es inmensa en comparación con mi cuerpo y eso me gusta.

Me atrae hacia sí mientras su mano sigue subiendo hasta uno de mis pechos, apenas protegidos con la seda del camisón.

Su pulgar se aventura hasta mi pezón y lo alcanza.

Los sonidos que salen de mis labios en ese momento ni siquiera se pueden considerar gemidos. No me reconozco. Mis pezones están tan duros y sensibles que la descarga de placer es demencial.

Me lo imagino abriendo la boca como Venom y tragándome entera.

Junto las piernas desesperada por la más mínima fricción frente al hombre con la máscara de obsidiana y plata.

Veo cómo se le dilatan las pupilas, oigo cómo su lengua sigue humedeciendo mis dedos mientras su saliva corre por mis nudillos igual que mi miel gotea de mi coño.

Le odio. Le odio tanto por forzar mi rendición, por doblegarme con tanta facilidad.

Joder, si ni siquiera se ha desvestido.

Pellizca mi pezón. Una vez. Solo una. Y mientras lo hace sus ojos me preguntan sin palabras algo que entiendo a la perfección. « ¿Quién te ha tocado así antes de mí, Clara?». Y yo, con la lengua de mi depredador enmascarado jugando conmigo le respondo la pura verdad.

¿Así? Nadie.