Capítulo 42
E l interior de mis muslos se moja con el pecado. Estoy enferma por excitarme en un momento así, pero me convierto en una cascada ante la evidente amenaza. Palpito mirándole a los ojos, notando mi sabor y sin el más mínimo control.
Estoy a punto de correrme por la falta de oxígeno, el miedo y la locura de todo esto. Debí ir al médico. Buscar ayuda cuando tuve la oportunidad. Ahora voy a morir como una chalada calenturienta.
Aparta la mano de mi cuello, escupo el papel y recupero el oxígeno que me falta con una abrupta inhalación. Esta vez no lo tiro al suelo, lo aferro a mi puño con tal de que no lo repita.
Sr. Montaña me da la espalda y le propino varios puñetazos a su monumental espalda, pero ni se inmuta. Es como si lo estuviera zurrando una mosca, ¡no soy más que un insecto!
—¿Pero de qué mierda vas? ¿Con qué derecho te crees q…? Hago pilates, ¿sabes? Podría hacerte muchísimo daño.
No soy capaz de reconocerme que lo que más rabia me da es que haya parado antes de que estallara el orgasmo. Me faltaba muy poco. Dios, me doy asco.
Se apoya la suela de una de sus rudas botas y la espalda contra el árbol que tiene detrás, y tarda una eternidad en asentir.
El corazón se me acelera un poco más. Me arden las mejillas de la vergüenza, la humillación y, siendo honesta, la excitación. No entiendo cómo este desconocido enmascarado conoce todos mis puntos débiles. Dónde tocar para acabar con mis defensas.
Pero lo voy a averiguar.
— Imja significa mía en albanés. ¿Por qué lo escribiste en la otra nota? ¿Eres de la mafia albanesa o algo así? ¿Me parezco a alguien a quien mataron los italianos o los rusos y te has encaprichado conmigo por eso?
Sacude la cabeza tres veces, así que no debo ir ni remotamente bien encaminada.
—¿Entonces qué?
No contesta.
Y por lo visto, no tiene más notas para mí.
Lo veo jugar con algo en su mano. Llama mucho la atención en contraste con el cuero negro. Me llevo la mano a mi oreja y veo que el pendiente de perla ya no está ahí. He debido estar demasiado preocupada recuperando el oxígeno como para darme cuenta.
—Mira, voy a tener que estar a solas con mucha gente, pero contigo no. Y más te vale que ningún ave muerta sufra las represalias de tu psicosis o llamaré a la policía. Tienes un tatuaje y unos ojos peculiares, dudo que tarden en encontrarte.
No sé por qué mi amenaza suena tan poco creíble, puede que porque me tiembla la voz y estoy realmente asustada. Tampoco entiendo por qué sé que está sonriendo bajo la máscara.
Pero de lo que estoy segura mientras corro de vuelta a la mansión con la angustia atascada en el pecho, es de que he perdido completamente la cabeza.
Sobra decir que no pego ojo en toda la noche.