Ha entrado en casa (Depredador Enmascarado 1) Capítulo 41
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Capítulo 41

A rrugo la nota y la tiro a mis pies, ignorándola, con la piel ardiendo y los pulmones vacíos. Él chista la lengua sin alterarse demasiado.

—Solo he venido porque tengo preguntas que quiero hacerte. Eras tú, ¿verdad? El motorista que me salvó —no doy más detalles porque sé que él no los necesita.

Veo su iris imponente a través de la máscara cuando se acerca y aun así no retrocedo. El miedo a lo desconocido me lo impide.

No salgo de la zona de árboles en la que él se siente cómodo. Estoy temblando como una maldita hoja inconsciente que se ha dejado guiar por un fetiche tonto. Dios, me he puesto yo sola en esta situación. ¡YO SOLA!

Igual que la otra noche, se agacha a recogerla para devolvérmela, pero esta vez no se levanta de inmediato. Ladea la cabeza retándome con esos ojos imposibles, pero me niego a dar un paso atrás.

Sus ojos me atraviesan con perversión.

—No la he tirado para que te postres ante mí, deja de mirarme así. —Es evidente que no me cree y aunque no debería importarme, sí me irrita y me ofende la insinuación—. He dicho que n…

Esta vez cuando inhala lo hace mucho más cerca de mí que la otra vez.

Emite un gruñido que me hace arrepentirme de no haberme puesto bragas bajo el camisón. Un escalofrío placentero me recorre las venas acompañado de una gran dosis de adrenalina.

Alarga la mano con la nota arrugada y al tiempo que se pone de pie la mete entre mis piernas. El roce del cuero de sus guantes con la cara interna de mis muslos es solo un anuncio de lo que viene. El papel acaba contra mi sexo. La fricción es minúscula, pero aun así tiemblo por la puta osadía.

Debería arrancarle la máscara. ¡¡Y luego la cabeza!! Pero antes de que pueda gritarle, el roce termina, su mano libre coge mi barbilla y me separa los labios.

No puede besarme, no se lo permitiría y además, lleva una maldita máscara.

Pero no es eso lo que él tenía en mente.

Acerca el papel humedecido a mis labios y me lo introduce en la boca metiéndome los dedos. Mi propio sabor estalla en mi lengua y es entonces cuando baja la mano hasta mi garganta y aprieta.