Capítulo 40
T irada en la cama, empastillada, abro mi grupo de lectoras. Por alguna razón que no quiero ni pensar me quedo embobada mirando mi nombre de usuario.
TuMáscaraEntreMisPiernas .
Estoy loca de atar. Entro en el chat y se me acelera el pulso a más no poder.
Me quedo boquiabierta mirando la ilustración del torso desnudo del villano de la novela que todavía no he empezado. Es atractivo y musculoso. Mi corazón esprinta, pero no es un personaje de ficción quien ocupa mi cabeza. Es lo que pasó en el jardín aquella noche. Lo que pasó en la calle aquel día.
¿Qué aspecto tendrá bajo la máscara? ¿Y bajo su ropa negra? Apuesto a que solo tiene músculos firmes. ¿Tendrá tatuajes?
¡Por dios, Clara, ¿y a ti qué más te da? Estás felizmente casada!
Bloqueo la pantalla del móvil sintiéndome una adúltera. Es evidente que no me interesa, por eso no he salido al jardín ninguna noche desde aquel día.

Damon Sanderson llama a la puerta de mi dormitorio cuando el cielo ya está oscuro. Vaya por dios, justo cuando mi dolor de cabeza estaba remitiendo. Mis infinitos modales me obligan a dejarle pasar, pero en el fondo me cabrea tener que encender la luz por él.
—¿Cómo estás?
—Estoy bien, Damon. ¿Ocurre algo?
—Kenerick me ha hablado de tus migrañas. —Se apoya contra la pared con la mirada sombría. Le gustan las pelis antiguas y creo que está manteniendo las distancias para fingir que es un caballero—. ¿Se sabe a qué son debidas?
—¿Defectos de fábrica?
—Tú no tienes defectos, aunque me alegra ver que estás de buen humor. —Sonríe de lado, aunque se me antoja un gesto un poco triste.
—¿Qué otra cosa me queda además del sarcasmo?
—Clara —carraspea—. ¿Son por mi culpa?
—¿Qué?
Se acerca a la cama, despacio. Ya estaba tardando.
—¿Son por el estrés que te he causado? ¿Por acercarme demasiado a ti? ¿Estás así por culpa mía?
—No.
—¿Estás segura? Porque no volveré a pisar esta casa si lo son.
Me conmueve. Le he pedido unas cuantas veces que me deje en paz, incluso le he mandado a la mierda, y ahora el incordio parece preocupado por mí. ¿Qué se supone que debo hacer? ¿Bajar la guardia? Con Damon eso puede ser peligroso.
—Damon, no son culpa tuya.
—¿En serio?
—Sí. Y hazme el favor de recordar mis palabras, ¿vale? Lo más seguro es que yo no lo haga.
—No tienes Alzheimer, Clara. ¿Por qué hablas así?
—Porque no recuerdo cosas que hago y por lo visto me imagino que hago otras que no han pasado —el retortijón de miedo en el estómago me hace contener una arcada. Se me hace un nudo en la garganta—. Pero eh, no pasa nada, no tengo ningún tumor en la cabeza, ¡solo estoy loca!
Suelto un grito ahogado cuando algo rompe la ventana del dormitorio. Es un pájaro. Un pájaro muerto con algo muy similar a un papel antiguo de color beige saliéndole de la boca.
—Dios, ¿qué cojones…? ¿Es eso un pájaro? —grazna Damon.
Yo ni siquiera puedo respirar.
Me abalanzo hasta la ventana, pero no se ve a nadie. No importa, sé que está ahí fuera. El mensaje que ha querido enviar está jodidamente claro.
Yergo la espalda y me enfundo en mi máscara.
—Sí, esto ya ha pasado alguna vez antes. Los pobres se desorientan por la ausencia de luz. —Hago una mueca, luchando por no dar ningún paso en falso—. No se lo digas a Kenerick o se enfadará conmigo.
—¿Por qué contigo?
Porque hay un psicópata rondando la casa y no estoy dando la voz de alerta. Ni siquiera sé si puedo darla, si hará daño a mi familia si lo cuento.
Me digo que primero tengo que averiguar de qué narices va el enmascarado, pero en el fondo la curiosidad tiene mucho peso a la hora de mantener mi boquita de perturbada cerradita con llave. Eso y el recuerdo de tenerlo agachado a mis pies, inhalando con fuerza, que me despierta todas las noches.
Voy a acabar muerta, maullando como una gata idiota y curiosa.
—¿Clara?
—Porque nuestro balcón está a oscuras, porque mis migrañas han transformado todo esto en una cueva. Damon, creo que deberías irte. Quiero estar sola.
— Estás asustada. No quiero dejarte sola .
—Y yo no quiero que te olvides de lo que te dije la última vez que hablamos. No me siento cómoda estando contigo a solas y ahora mismo no quiero hablar con nadie. Lo mejor será que te vayas.
Por primera vez, el mejor amigo de mi marido hace lo que le pido. No sin antes llevarse al pobre animal fallecido, lo cual es todo un detalle que, si no estuviera al borde del infarto, apreciaría mucho.
Esa es la primera noche que salgo al jardín a buscarlo.