Capítulo 37
D eambulo por la casa, un poco muerta del asco. Liam se ha ido a la escuela hace no demasiado, tengo cero ganas de estudiar francés y sé que si entro en mi dormitorio voy a acabar masturbándome otra vez pensando en el Señor Oscuro.
¿Por qué no me mató ya el puto camión?
Estar cachonda todo el rato es una absoluta mierda.
—Eso lo dices porque tu marido no te toca ni con un palo, Verónica. ¡Y eso es lo que te jode! —oigo la voz de Clara de sopetón.
Cuelga el teléfono y desaparece en dirección al jardín trasero.
Madre mía, qué bruta. Mucho rollo con la postura tiesa, la barbilla alzada y las perlas en el cuello, pero le pierde la boquita. Para que luego digan de la educación de la gente de la alta sociedad… No sé cómo sigue teniendo amigas.
Encuentro a Jonah y la jardinera cuchicheando. No me ven porque no he llegado a entrar en la sala. Si presto atención es porque están hablando de Kenerick.
—Ya van tres obras benéficas este mes.
—No entiendo cómo les queda dinero si el señor Ashcroft no deja de mirar por los menos favorecidos.
—Es por eso que todo el mundo que lo conoce está colado por él.
YA. TE. DIGO.
Subo a mi habitación y hago algo por entretenerme. Dejo la puerta abierta para no hacerlo desnuda. Decido decorar un poco mi cuarto de manicomio impoluto. En cuanto Clara se para frente a mi dormitorio, me doy cuenta del gravísimo error que ha sido.
—¿Qué estás haciendo?
—Oh, nada, es una tontería. He pensado que colocar algunos libros y mi elegante ropa nueva por la habitación podía darle un poco de color. Ya sabes, hacer algo de compañía al blanco. Me he levantado creativa, ¿te gusta?
El premio a la pregunta más tonta me lo llevo. Y me da que va a venir en forma de yunque y a aterrizar sobre mi puta cabeza.
—Tu habitación es blanca y tiene que seguir siendo blanca.
—Clara casi arranca las perchas de la estantería, la puerta del armario, la ventana…
—. Este lugar no es tuyo, Chloe. Solo se te ha prestado.
Eso significa que no puedes decorar, ni pintar, ni llenarlo de migas, ¡ni nada que se le parezca!
Y menos jugar con la carísima ropa que te…
—no termina la frase, la mira y aprieta los labios frunciendo aún más el ceño.
Está roja de rabia. Sudada. Impone un poquitín—.
Una que debería estar metida en el armario en todo momento.
—Creí que una de las normas de la casa era evitar discusiones innecesarias —murmuro.
—¿Cómo has dicho?
—He dicho que lo siento mucho, Clara.
Me lanza una mirada envenenada, pero algo me dice que si me hubiera oído, ya estaría muerta.
—Fue un regalo muy caro, ¿sabes?
—Lo sé. No se volverá a repetir.
Guarda todo en el pequeño armario y cierra la puerta tras de sí como si temiera que fueran a escaparse por su propio bien. Exhala y viene a cogerme las manos. Imagino que esto reduce las posibilidades de llevarme un bofetón, ¿no?
—Esfuérzate más en no alterar el orden de esta casa, ¿de acuerdo?
—Sí, Clara.
—Porque tú quieres estar aquí, ¿verdad? Todavía quieres ganar algo de dinero para tu amiga porque a las dos os hace mucha falta.
No tiene pinta de estar preguntándomelo de verdad, más bien solo recordándomelo.
—Por supuesto. A Annabelle y a mí nos vendrá muy bien. Además, estoy encantada de trabajar aquí. Tú eres genial, Liam es un encanto de niño, y Kenerick es un hombre muy, muy atento.
—¿Muy, muy atento? —pregunta con inquina, estrechando la mirada.
—Perdona, a veces por los nervios tartamudeo un poco.
—No has tartamudeado, has hecho hincapié en esa palabra. ¿Por qué?
Ya está celosa otra vez. Tengo la impresión de que le gustaría que ni siquiera pronunciara su nombre.
—No ha sido a propósito, en serio. Parecéis la familia perfecta.
—Lo somos —me corrige. Desvía la mirada al suelo y se le suben las cejas hasta la coronilla—. ¿Y esta tierra de dónde ha salido?
—Del jardín. Perdona. Me gusta dar paseos y no sabía que me los había traído a mi dormitorio. Ahora lo limpio.
—Bien, hazlo. Y tira todos esos papeles del escritorio, por favor.
—Son notas, Clara. No puedo tirarlas. Son muy importantes para mí.
—¿Notas?
—Sí, me las escribió mi novio.
—No sabía que tenías novio.
—Sí. Es algo cursi que… bueno, que hacemos desde hace poco. Pero me gustan mucho.
Se queda un poco blanca y se inclina para observar el papel doblado.
—Jo-Jonah va a venir con la compra dentro de un rato. Podrías ayudarle con las bolsas más pesadas. Te he visto cargar libros y es evidente que eres más de lo que pareces.
—¿Yo?
—Sé que eres la au pair , pero podría darte un dinero extra si hicieras algunas labores más. ¿Te apetece? —rodea la habitación con la mirada—. Así ocuparía tu mente creativa.
Sonrío y asiento. Es lo más sensato.