Capítulo 36
A caba de asentir. Tiemblo como una hoja cuando el enmascarado se agacha frente a mi cuerpo sin llegar a rozarme, su cercanía provocándome la sensación de que sí lo hace.
Justo al llegar a la altura de mi sexo, respira de manera profunda sin romper el contacto visual. Mi clítoris vibra sin control alguno mientras él sigue ahí arrodillado.
Intento decir algo, pero solo emito sonidos sin sentido, susurros estrangulados por la adrenalina. Una voz en mi interior me grita que está sonriendo bajo la máscara.
Recupera la nota, se yergue y me la pone en la mano de nuevo.
Luego se aleja de mí, entre los árboles, en dirección a la salida. Doy un paso en su dirección, pero luego recupero la cordura que me queda y me reconozco que perseguir a un desconocido enmascarado no es una buena idea.
Al entrar en casa oigo un ruido, como si hubiera alguien despierto. La idea de que Kenerick lo haya visto todo y crea que le soy infiel me aterra. No es un hombre al que quieras de enemigo, ¡¡además de que yo nunca lo engañaría!!
Subo la escalera central a toda prisa, buscando alguna luz encendida que me advierta si verdaderamente hay alguien más despierto en la mansión Ashcroft, pero reina la oscuridad. Tengo la impresión de oír a alguien cantar, pero al frenar mis pasos, el silencio es lo único que me responde.
Me apresuro a llegar hasta el dormitorio y suspiro de alivio al ver a Kenerick durmiendo plácidamente. Guardo la nota en la mesita de noche y me acuesto. Entonces me doy cuenta de que ya había olido esa esencia masculina, picante y atractiva.
En el motorista que me salvó.

Días después sigo mirando la nota que me dio el desconocido y por más que intento convencerme de que no es real, de que no ocurrió, no puedo por esta estúpida nota. IMJA. Tras una búsqueda rápida en internet sé que significa «mía» en albanés.
No le cuento nada de esto a Kenerick porque es una locura. Una tan grande que ni me atrevo a decirla en voz alta. Pero debería.
Un psicópata enmascarado se ha colado en nuestra propiedad.
Y si pudiera pensar con claridad, me daría cuenta de la gravedad del asunto.
¿Pero cómo voy a pensar con claridad si un hombre enmascarado me cogió del cuello y empezó a asfixiarme casi como si se hubiera leído «El libro secreto de las oscuras verdades de Clara Ashcroft»?