Capítulo 35
N O.
NO PUEDE SER.
¿Tengo a un hombre enmascarado en mi jardín? Haberme quedado dormida con el móvil sobre el pecho sería la explicación más lógica, pero me duele el corazón de lo rápido que me late y eso lo hace muy real.
Recorro su cuerpo con la mirada intentando descifrar si conozco a este hombre o no.
Tiene una espalda indecentemente ancha, la cintura bastante estrecha y los bíceps del tamaño del estado de Nueva York. Es muy sexy y alto como nadie.
Y. Lleva. Una. Puta. Máscara.
—Hola —digo como una idiota.
Solo le oigo respirar.
Mira, justo lo que yo no puedo hacer.
Un puto desconocido está en mi jardín. Es de noche. Y solo tengo un cigarrillo como defensa. ¡¡¡Y ESTÁ APAGADO!!!
Retrocedo un paso y él alza una mano al aire, pidiéndome que pare. La luz de la luna cae sobre la máscara con el movimiento y veo que está tallada con mucho mimo, hecha de un complejo material que es similar a la plata y a la obsidiana juntas.
—¿Te conozco? —musito.
El hombre enmascarado niega repetidas veces.
Hago un repaso mental de mis opciones. Mis andares nerviosos e insómnicos me han alejado bastante de la casa. Aunque gritara, no sé si alguien me oiría como para despertarse. Fijo que no.
Podría correr. Aunque el temblor de mis piernas me asegura que no llegaría lejos.
Estoy a su merced. Madre de dios, voy a morir. ¿Y si es así por qué siento este calor y un puto charco entre mis piernas? De adolescente tendrían que haberme llevado al psicólogo y no a una biblioteca. Me hace un gesto para que me acerque, pero no lo hago.
—¿Quién eres?
Vuelve a sacudir la cabeza. La tensión me oprime los pulmones. Decido hacer la pregunta del millón.
—¿Vas a hacerme daño?
Niega una vez más.
Bien. Bien.
En realidad, no las tengo todas conmigo.
—¿Y entonces qué quieres? —apenas me sale la voz.
Vuelve a hacerme un gesto para que me acerque y cuando no lo hago, exhala y es él quien reduce la distancia.
Retrocedo, pero no hay caso, sus zancadas son mucho más largas que las mías.
Coge mi mano con la suya enguantada por cuero negro y emito un sollozo raro.
Me suelta enseguida, alzando las manos, y en cuanto cierro el puño veo que me ha dado algo. Una nota.
Estoy de tu parte, Clara Ashcroft.
—¿Q-qué quieres decir?
No contesta. Vuelvo a fijarme en la nota y veo que al final hay otra palabra escrita. IMJA .
Muerta de curiosidad y a punto de ser asesinada por tonta, doy un paso hacia él. Su mano sube hasta mi rostro. Alcanza un mechón de pelo y lo pone detrás de mi oreja con mimo. Se muestra jodidamente cómodo invadiendo mi espacio vital. Y yo se lo permito, ¿por qué se lo permito?
Ha sido un grave error y lo sé cuando sus dedos bajan hasta mi garganta, me rodean el cuello y aprietan. No como para matarme, pero sí para que me muera de miedo.
Un jadeo ahogado sale de mí mientras me mira desde las alturas. Intento chillar, pero no me sale la voz. Acerca mucho su rostro al mío, hasta que le veo los ojos a través de la máscara. Son de un castaño claro imposible. Hipnóticos se quedaría corto. Son una droga y lo último que voy a ver.
Estoy segura de que voy a morir, pero entonces me suelta.
—¡¿Qué estás…?! —dejo de hablar cuando se baja el buff negro que le cubre el cuello y me enseña una franja de piel donde hay un tatuaje.
Uno en concreto de los muchos que adornan su piel y el único que entiendo.
Una C.
Como en C lara .
La electricidad zumba de mi pecho, a mi estómago, a mi sexo. Por si tenía alguna duda, el enmascarado lleva su índice a mi pecho y me da un toque a la altura del corazón. No es un gesto sexual, apenas un roce y acaba antes de que pueda registrarlo.
—¿Es por mí?
Asiente.