Ha entrado en casa (Depredador Enmascarado 1) Capítulo 32
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Capítulo 32

K enerick sigue embistiéndome y el dolor empieza a sobrepasar el placer, pero entonces el orgasmo me sacude y me vuelvo maleable, blanda y muy dispuesta a sus perversiones cada vez más agresivas.

Es un buen orgasmo a manos del miedo. La fría mano del pánico me rodea la garganta y aprieta con fuerza al ver que no se detiene.

Que sigue empujando. Entrando y saliendo de mi centro.

Agarro su muñeca para frenar sus embestidas. Saca la botella de golpe y maldigo todo lo maldecible. Kenerick mira mi miel deslizándose por el interior del cuello de cristal.

Me lame una lágrima de la cara despacio, regocijándose en lo que ha hecho.

—Para no querer correrte has quedado hecha un puto asco.

—¿Q-qué? —intento ignorar la punzada de miedo que me produce su voz.

—¿Quieres que te limpie?

—N-no. Me daré una ducha —digo sonrojada como un tomate sintiendo que cada día descubro una faceta nueva de mi marido.

—Está bien —deja la botella en la mesita de noche y se limpia las manos en mis pechos en vez de lamerse los dedos como hacía al principio de nuestra relación.

Se marcha después y exhalo el jadeo que no sé por qué estaba conteniendo. Me tambaleo hasta el cuarto de baño, dolorida pero muy satisfecha. Achaco al terrible aspecto que tengo que se haya ido sin una erección. Qué desastre.

Me ducho y se me vienen a la mente todos los libros oscuros que he leído.

En cómo los protagonistas de los dark romance que tanto me gustan siempre parecen dispuestos a cualquier cosa por salvar y proteger a la mujer a la que aman.

Matar a quien haga falta, llegar hasta límites escalofriantes, pero nunca…

Kenerick parecía disfrutar más haciéndome daño que dándome placer.

—Deja de comerte la cabeza —pido, pero es lo único que ronda mi mente mientras me preparo para mi cita secreta.

Necesito que me vea un médico, que me haga pruebas.

No decírselo a nadie lo va a hacer mucho más fácil para mí.

Me miro las uñas y veo que las tengo hechas un desastre.

—Casi parecen garras —me recrimino.

Es por culpa de mis nervios. Me las corto un poco aprovechando que el esmalte aún se ve bien. Media hora después voy de camino a la cocina cuando escucho algo que me deja un poco mareada. Tengo un feo déjà vu y me acerco a la entrada a toda prisa.

—¿Liam? ¿Qué haces aquí todavía, tesoro?

—Chloe no sabía que iba a llevarme y ha subido a por los zapatos corriendo —explica y un segundo después oigo el repiqueteo de los tacones de la au pair bajando la escalera central.

Trae un modelito blanco exquisito que devolví. O creí haber devuelto. Odio todos los problemas que me ha traído su presencia.

—Espera, ¿y tu padre, tesoro?

—Kenerick se ha ido ya al trabajo.

Kenerick. Kenerick. Kenerick. Sigue llamándolo por su nombre.

—¿Por qué se ha ido al trabajo? Tenía que llevarlo .

—¿Y él lo sabía? —pregunta Chloe dudosa, como si no encajara con lo que ella ha visto.

No. No puede ser. No me he imaginado la conversación de antes, ¿verdad?

Me empapo en sudor mientras Chloe sonríe de oreja a oreja y con mucha alegría exclama:

—¡Corre chiquitín, que vamos tarde!

Tengo ganas de vomitar. Llamo a Kenerick, pero me salta el buzón de voz que se activa siempre que está reunido. No puede estarlo si hasta hace no demasiado estaba ofreciéndome su cuerpo para animarme, ¿no?

Me estoy mareando.