Capítulo 31
A provechando que está boquiabierta por mi confesión y dudosa sobre qué responder, me acerco a la estantería. Cojo la botella de whiskey, la destapo y me bebo lo poco que le quedaba de un trago.
—¿Q-qué estás…? —pregunta mientras me acerco a ella, que aún tiene las piernas separadas y el camisón subido hasta la cintura.
—Quiero meterte algo que no sean mis dedos. —Saco la lengua y la paso por el cuello de la botella y ella gime. Le bajo las tiras para dejar sus tetas expuestas—. Ábrete el coño para mí.
Es una orden y tiene la desfachatez de no obedecer de inmediato. Gime, eso sí.
Debería resultarle humillante desearme tanto.
Separo yo sus pliegues y llevo el cuello de la botella a su centro. Mirándola a los ojos, se lo meto varios centímetros.
—No me cabrá, Kenerick —jadea aferrándose a mi hombro con una mano.
—Shhhh —masajeo su clítoris hasta que se calla la puta bocaza.
No lo hago lento, ataco su clítoris como un parabrisas en mitad de una fuerte tormenta.
El sonido acuoso retumba por las paredes.
Clara quiere cerrar las piernas pero no se lo permito porque entonces no se correrá bien.
Empujo el cuello de la botella más y más.
Entra y sale de su coño, dentro y fuera, en un baile frenético.
—Mira cómo goteas, joder. Siempre estás tan necesitada.
—Eres tú el que m-me ha tocado dormida, salido —se le saltan las lágrimas del esfuerzo.
—Porque es el único momento en el que cierras la boca —hago resbalar dos dedos por su lengua para que se calle y se los meto bien hondos, hasta que tiene una arcada.
La dilato cada vez más. Quiero empujar tan fuerte la botella que se rompa y le corte las putas entrañas. Clara se aferra a mi cuello, me clava las uñas mientras mece las caderas contra la botella de cristal.