Ha entrado en casa (Depredador Enmascarado 1) Capítulo 30
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Capítulo 30

L os últimos tres días no han sido fáciles para mí. Le pregunté a Kenerick si vio a Chloe vestida de gris y me dijo que no. Entré en pánico y después volví a tener migraña. Lo cierto es que he estado durmiendo bastante.

¡Qué maldita pesadilla! Quiero despertar, pero está claro que no voy a hacerlo hoy, he aquí la razón.

Estos días he encontrado objetos cambiados de lugar y me han desaparecido cosas tontas como horquillas o pendientes de perlas.

Pero esta mañana, cuando aparto la cara de la almohada, descubro una quemadura de cigarrillo en la funda de seda, pero yo ya no fumo.

No voy a acabar como mi madre… no voy a acabar loca como ella… no, por favor.

Arrincono, enjaulo e ignoro mis miedos para no estallar en otro ataque de pánico, y me incorporo al ver a mi marido ya vestido con el traje.

—Duérmete, cariño. Aún es pronto —Kenerick deposita un beso en mis labios, pero ni siquiera lo disfruto.

Me aferro a la manga de su camisa mientras intento arreglarme un poco el pelo con la otra mano. Ayer estuve llorando bastante, imagino que debo tener una pinta horrible.

—Kenerick.

—Dime, cariño. —Se sienta en la cama, a mi lado.

—No… No estoy bien —digo con voz temblorosa—. Algo me pasa. Algo malo.

—El médico te dijo por llamada que podía ser debido a la migraña. Te dan unos dolores muy fuertes. —Exhala con dulzura en el rostro y acaricia el mío con su inmensa mano—. No le des más importancia. Sería por cansancio, seguro. Nada más.

Eso dice él, pero yo no lo veo así.

—Me visto y llevo a Liam a la escuela de verano, ¿vale? Se lo pasa muy bien cuando lo llevo yo —hago una mueca—. ¿Qué? ¿Por qué me miras así?

Su cuerpo grandote y musculoso parece todo hecho ternura cuando me coge la mano.

—Cariño, puedes hacer lo que quieras, lo dejo a tu elección, pero creo que si estás distraída no deberías conducir. Además, hoy voy a irme a la hora perfecta, puedo llevarle yo.

—No estoy distraída —digo sin poder esconder el temblor de mi labio inferior—. Estoy imaginándome cosas, Kenerick, que es mucho peor.

Me coge la cara y me da un tirón hacia él.

—No estás loca, ¿vale? —Me besa y me recuerda las palabras exactas que mi padre solía decirle a mi madre.

Parecerme a ella ha sido una pesadilla recurrente que ahora se está haciendo realidad.

—Eh.

—Te escucho —digo con lágrimas en los ojos.

—Deja de hablarte tan mal y de aterrorizarte. Siempre eres demasiado dura contigo misma.

Me besa y yo pienso que lo soy por mis padres.

Ellos lo tenían todo y yo quería darles la versión de mí más perfecta posible.

Murieron antes de presenciar mi éxito. Y aun así dejé de fumar, me casé con el hombre perfecto y tuve al hijo perfecto.

Y aunque ellos nunca lo verán, son a quienes quiero impresionar y a quienes siento que estoy decepcionando.

—Clara —me coge de la barbilla con brusquedad y siento que vuelvo a estar contra el cuerpo de un motorista desconocido y bruto durante un instante—. Todos tenemos días malos.

—Vale.

—Lo digo en serio, he ido a la cómoda dos veces a por la corbata y todavía no llevo puesta ninguna, ¿qué te dice eso?

—¿Que tú tampoco deberías llevar a Liam a la escuela de verano?

—Entonces no podría llevarlo nunca. Vamos, ya me conoces, siempre me dejo el móvil en el coche y tengo que volver varias veces. O algún documento. A Damon lo tengo harto.

Me arranca una carcajada. Se inclina y esta vez me besa con lengua, me mete mano. Amasa mis pechos mientras la otra mano se cuela entre mis pliegues y cae directa a mi clítoris.

—Dime, ¿quieres que despeje tu mente? Estaré encantado de llegar tarde por ti, si me lo pides.

Es tentador, pero no estoy de humor.

Sobre todo por las nuevas reglas de las que no sé nada. Todo lo que sea salirse del plan me hace sentir muy insuficiente y no creo que mi autoestima pudiera llevarse otro golpe en este momento.

—No, tonto, vete.

—¿Me estás rechazando?

—No, es que me duele el vientre. Creo que me va a venir la regla.

—¿Y si eso no me frenara esta vez ?

Otro cambio en sus normas.

Sacudo la cabeza sintiendo un retortijón de malestar en el estómago.

—Te quiero.

—Y yo a ti, Clara. Te veré por la tarde. —Se arregla la corbata que ahora sí ha cogido y entonces inclina la cabeza en un gesto pensativo—. Espera. No puedo irme.

Suspiro y le doy mis bragas porque es un tío muy turbio y perturbado. En cuanto las tiene en la mano se las lleva a la cara y las huele. Se acerca a mí y mientras gruñe, me separa las piernas para ver mi coño expuesto.

—Menos mal que te he metido un poco los dedos mientras dormías. Si no, apenas olerían a ti —inhala fuerte—. Joder, cariño. ¿Seguro que no q…?