Ha entrado en casa (Depredador Enmascarado 1) La sombra
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La sombra



Nació con el corazón limpio. Ellos se encargaron de ahorcarlo hasta que crujiera, de ahogarlo en podredumbre hasta que no se diferenciara de ella.

Ladrillo a ladrillo construyeron al monstruo perfecto, uno capaz de soportar una vida entre maníacos.

La pequeña aprendiz creció y se convirtió en la gran maestra. Fue cuando el cuervo más joven acabó tragándose los ojos de todos.

—No los necesitaréis —canturrea La Sombra deambulando por la mansión oscura—. En este mundo negro nadie ve nada. Así que nadie necesita ver.

A ella le bastaba con oler el miedo.

A ella le bastaba con seguir el rastro de sangre fresca para poder encontrarlos y divertirse arrancando con sus garras todas las venas y las arterias que pudiera encontrar.

Si la policía hubiera querido mirar alguna vez por esa mirilla, se habría horrorizado, pero ellos nunca lo hicieron. No acudieron. No les importaba, ¿verdad?

—Teme a quien no le des vía de escape. Teme a quien encierres con el aire justo para sobrevivir porque lo hará. Lo hará y vendrá a por ti para vengarse —La Sombra se muerde el labio mientras clava sus pequeñas garras en un cuadro, rasgando la imagen para siempre.

Ríe con el repiqueteo de los dientes de sus maestros sonando en su mano libre. Siempre los lleva consigo. Al fin y al cabo, ellos tienen que ver lo que ha conseguido.

—Querrán descansar en paz, pero no se lo merecen…

La paz que no le dieron a ella en vida, no merecen experimentarla en su muerte.

N está despierta.

N tiene hambre.

N quiere jugar.