Capítulo 26
D espués de llevar a Liam al cole, vuelvo a casa más serena. Así que nada más entrar por la puerta, voy a ver a la au pair, lista para solucionar todo esto. La encuentro en la sala que estudia con Liam.
—Chloe —la llamo con voz tajante y ella se pone de pie tan deprisa que la silla casi se cae al suelo.
—Perdona, Clara. ¿He hecho algo mal?
Su tono inocentón me crispa los nervios.
—¿Se puede saber cómo te las has apañado para recuperar esa ropa ?
—No lo entiendo, pero cambiaré lo que necesites. ¿Debería haber escogido uno de los conjuntos blancos para el día de hoy? ¿Quieres que te vuelva a enseñar el resto de mis compras y decida cuál prefieres para hoy? —pregunta a la carrera, como una metralleta.
—Mamá, es bastante tarde —oigo la voz de Liam en la entrada de la habitación y me quedo boquiabierta.
Noto un escalofrío.
—Tes-tesoro, ¿qué haces tú aquí? ¿Cómo has…? ¿Cómo has llegado a casa tan rápido?
Sacude la cabeza y yo creo que voy a perder la mía.
—Te has ido sin mí.
Me deja de piedra.
¿Es posible que haya conducido hasta la escuela de verano y haya vuelto sin percatarme de que mi hijo ni se subía ni se bajaba del coche? Dios santo.
Miro a Chloe. Parece muy consternada. Y Liam tiene toda la pinta de recriminarme haberme olvidado de él, ¡¡y con razón!!
Me llevo una mano a la frente y dudo. Esta mañana va a acabar por darme un ataque.
—Ya lo hablaremos más tarde —le digo a Chloe y luego me acerco hacia mi hijo y hablo solo para él—. Vamos, te llevo ahora mismo. Lo siento, tesoro, no volverá a pasar. Diremos que ha sido culpa mía, ¿vale? Que me dolía la cabeza .
Y esa excusa al final no va a ser ni mentira.
En el trayecto allí pongo música animada en la radio y consigo que Liam se anime. Me siento fatal. Peor que eso. A veces que la casa sea tan grande significa perder contacto con las personas importantes que viven en ella.
—Adiós, mami.
—¿Me has perdonado?
—Claro —se ríe con timidez, como si conmigo no pudiera estar enfadado.
—¿De verdad? Porque lo siento muchísimo. Sé que no es excusa, pero tengo mil cosas en la cabeza y ni sé lo que hago. Perdóname.
—Perdonada.
—¿De verdad?
—Sí, me alegra que no estuvieras enfadada porque no distinga bien los colores.
—Ay, mi tesoro. —Me rompe el corazón—. Eso jamás, ¿me oyes? Nunca.
Sonríe ampliamente.
—¿Abrazo?
—Siempre.
Me agacho a su altura y lo estrecho entre mis brazos. Entro con él y hablo con una de las profesoras a cargo para librar a mi hijo de toda culpa, y luego me marcho.
MENUDA MAÑANITA.