Capítulo 23
V erónica. La que faltaba. Esta no tiene casa propia.
—He visto a la policía llegar y tardar un montón en irse, ¿ha pasado algo? ¿Estáis todos bien?
—Sí, creíamos tener un intruso en casa, pero ha resultado ser Damon. Las autoridades le han advertido de que no vuelva a colarse en una casa de la que no tiene llave —me giro hacia él y muevo la barbilla invitándole a marcharse.
La ofensa le queda muy bien, para qué mentir.
Así con la mandíbula tensa y los mechones rubios tapándole los ojos ensombrecidos por el mal humor, está hasta guapo. Quizá en un mundo en el que Kenerick no existiera, y yo fuera sorda y no tuviera voz y voto, podría fijarme en él.
Nunca lo sabremos.
—He venido a ver a Kenerick, Clara, no a ti.
—Está muy ocupado. No te va a poder atender. Además, pasan de las cinco. Lo mejor será que lo dejéis para mañana.
—Como gustes, Clara.
Cimi gistis, Cliri.
Me dan ganas de sacarle la lengua cuando cruza la entrada malhumorado. Y también de darle una torta en el cogote.
—¿A mí también vas a darme puerta?
Rodeo la muñeca de Verónica con los dedos y la meto en casa de un tirón poco cortés, cerrando de un portazo.
—¿Te vale eso como respuesta? —En cuanto veo cómo me está mirando, me calmo, consciente de que estaré pareciendo una perturbada—. Perdona, no sé dónde están mis modales. Me duele un poco la cabeza y ha sido un día de locos.
—Ya… ¿Ese no era el socio de tu marido?
—Sí, sí lo era. ¿Podemos hablar de cualquier otra cosa que no tenga que ver conmigo, ni con nadie que viva en esta casa?
Verónica se coge a mi brazo y emprende la marcha hacia la cocina .
—¿Qué tal si hablamos de que Taylor Maclean ha sido infiel a su marido con el instructor de esgrima de su hijo?
—No te creo.

Verónica consigue distraerme durante un par de horas, pero al final termino con la cabeza como un bombo, sintiéndome bastante mal por el señor Maclean.
Justo cuando la despacho y voy a mi dormitorio, me topo con mi marido.
—¿Estás bien? No haces buena cara.
—Tanto ajetreo me ha dado migraña, voy a acostarme pronto, ¿vale?
—Espera, cariño, he averiguado algo que te gustará saber.
He estado haciendo muchas llamadas y ambas chicas tienen muy buenas referencias.
Por lo visto Chloe pertenece a una agencia de Londres.
Me ha costado lo mío encontrarla, pero sin importar el lugar, solo hablan maravillas de ella.
Igual que ocurre con Annabelle. Ambas son buenas chicas.
—Entonces lo de la policía ha sido todo un malentendido. Me siento todavía peor por ella.
—No es culpa tuya .
—Ya, pero figúrate, su mejor amiga ha sido agredida hasta acabar en coma y en su segundo día de trabajo, vienen a acusarla del delito. Menuda pesadilla.
Kenerick se acerca a mí para besarme la frente.
—No lo pienses más y acuéstate. Yo me encargo de cenar con Liam.
Aliviada y algo más relajada, me meto en el oscuro dormitorio agradeciendo la ausencia de luz. Hoy ni siquiera tengo ánimo para escribir a mis chicas lectoras.
Sonrío pensando que quizá me duela la cabeza tan a menudo por la mente sucia que tengo. Nunca se lo confesaría a mi marido, pero además del fetiche con máscaras, también tengo la fantasía de ser perseguida y follada en el bosque.
Me imagino en la piel de la protagonista de esas novelas que tanto disfruto. El miedo te dice que corras, el cuerpo te grita que te quedes, ¡y tu cabeza te susurra que eres una desequilibrada calenturienta y vas a morir por ello!
Maldigo por todas las lecturas que me estoy perdiendo por no estar al día con ellas.
Por desgracia, esta noche no estoy para comentar nada.
Cojo el bote de las pastillas moradas que tengo en la mesita de noche, las que uso para poder dormir cuando me dan estas migrañas, y doy un trago de agua.
La pulcritud y el silencio me envuelven.
Al tumbarme, los moratones que tengo por el cuerpo por culpa de mi salvaje marido se me quejan, y casi no me doy cuenta de que las sábanas están algo deshechas.
¿He venido antes? Juraría que no.
Mi último pensamiento es que, por mucho que deteste los comentarios de Ronnie, puede que tenga razón y necesite a una asistenta que me ayude con las labores de la casa…