Ha entrado en casa (Depredador Enmascarado 1) Capítulo 18
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Capítulo 18

A l llegar a casa estoy lista para darme una ducha larga pensando en los bíceps del capullo de mi marido buenorro apretando el manillar de una moto que nunca ha tenido. Después pienso ponerle los cuernos metafóricos con algún personaje ficticio de mis lecturas, y luego…

Me topo con Chloe bajando la escalera central.

El segundo asalto de boxeo a mi autoestima empieza cuando la au pair se gira a cámara lenta para mirarme, todavía con todas las bolsas de las compras colgando del brazo .

Virgen santísima. ¿Qué he hecho?

El traje caro de falda y blusa roja le queda como un guante. Roza esa línea débil que separa a una prostituta de lujo y una mujer de negocios empoderada. ¡¡Y YO CREÉ ESA LÍNEA!!

Fui tonta al creer que la ropa elegante ocultaría sus atributos. Tonta de remate.

Intentaba taparla un poco, apagarla para que no llamara tantísimo la atención, pero ahora solo he conseguido convertirla en una versión lujosa de lo que era antes.

¿Y lo del pelo fuera de la cara? Eso tampoco ha sido una buena idea. Ahora sus facciones dulces quedan totalmente al descubierto y yo… me quiero morir. Aquí y ahora.

Los celos me oprimen el pecho porque sí, los siento, y mucho. Estoy sudada, despeinada, y ella está tan joven y preciosa…

—Clara, ¿estás bien?

—¿P-por qué vas de rojo?

—No sabía qué color elegir así que he pensado en los colores que tú sueles llevar. Como solo he estado aquí dos días, he elegido el blanco y el rojo.

Esto tiene que ser una broma.

Tiro de sus bolsas y veo que dice la verdad . Debería haber ido con ella. Debería haber controlado la situación.

—¿Estás bien? ¿Te ha sentado mal la clase de pilates? ¿Quieres sentarte? ¿Te traigo un vaso de agua?

Levanto la mano para que deje de parlotear. Exhalo y sonrío.

Todo tiene solución.

—Estás preciosa, Chloe. La ropa te queda muy bien.

—Gracias, Clara, eres muy…

—Puedes dejar las bolsas en la entrada, las recogeré cuando salga de la ducha.

—¿C-cómo? No lo entiendo.

Subo otro escalón y otro más, hasta que, cuando la miro, mis ojos quedan por encima de los suyos.

—Te he dado mi tarjeta para que compraras atuendos adecuados para una profesora de francés de un niño de ocho años, no para que te disfrazaras de una versión joven y barata de la señora Ashcroft.

—Y-yo…

—A partir de ahora, si vas a estar con Liam o moverte por mi casa, irás con prendas discretas y si no sabes distinguir la diferencia, estaré encantada de enseñártela.

—Lo siento mucho. No pretendía…

—Debí suponer que una jovencita como tú no sabría escoger bien a la primera, así que te haré el favor de ir a la tienda y enmendar tu error. ¿Me devuelves mi tarjeta?

Se la saca del bolso, avergonzada, con las mejillas coloradas. Ella no lo sabe, pero eso es lo más cerca que va a estar del rojo en las próximas semanas .

—El gris es un color fabuloso, ¿verdad, Chloe? —Le sonrío al cogerla entre los dedos y me dirijo al piso de arriba con una sensación de victoria digna única y exclusivamente de la zorra de la señora Ashcroft.