Ha entrado en casa (Depredador Enmascarado 1) Capítulo 12
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Capítulo 12

T eniendo en cuenta que sus padres son el Señor Oscuro y Mary Poppins, esperaba que Liam fuera un niño raro. Repelente y estirado, como poco.

No es el caso. En cuanto me ve junto a su madre en la puerta del colegio, se le iluminan los ojos como si hubiera visto a uno de sus superhéroes favoritos.

—Encantado de conocerte, Chloe —me da la mano cuando su madre le pide que sea educado.

Me doblo sobre las rodillas y alzo la barbilla para mirarlo.

—Tu es vraiment grand pour un garçon de huit ans —le digo en tono cantarín, rezando porque no se note mi mal acento.

En la entrevista he salido del paso gracias a las palabras sueltas que he oído a lo largo de mi vida como nómada, pero sobra decir que, a diferencia de Annabelle, yo no sé francés.

—Oh, no… No sé qué significa, perdóname —se disculpa Liam sonrojándose, al tiempo que agacha la cabeza como si hubiera cometido un crimen.

—Mejor. Si no, no tendría nada que enseñarte. He dicho que eres un hombrecito muy alto para solo tener ocho años.

—Gracias —dice sonriente y orgulloso.

Qué tierno.

En cambio yo soy una falsa total. Puede que se me tache de cotilla monumental, pero en el tiempo que me han dejado a solas he podido encontrar la biblioteca y, gracias a todo lo santo, un libro de francés.

Ojo, no es casualidad, tenían una estantería de techo a suelo que era básicamente diccionarios en todos los idiomas. No me sorprendería nada que hubieran sido los cuentos de cuna del crío, eso explicaría por qué con ocho años ya domina el italiano y el alemán, según su madre.

—Te pareces mucho a tu padre, ¿lo sabías? —Tiene sus peculiares ojos, pero en el caso de Liam no parecen una tormenta salvaje a punto de romperse, más bien un cielo despejado.

Nadie hace ningún comentario al respecto.

—Vamos, tengo el coche en doble fila.

Liam y yo seguimos a su madre, pero nos quedamos algo rezagados porque no tenemos andares rápidos y furiosos. Parece que alguien le ha metido un palo por el culo a la señora de la casa. ¿Tendré que aprender a caminar así?

—Tu acento es bonito.

—Gracias, Liam.

—¿Dónde creciste, Chloe?

—Si te digo la verdad, viajando por todas partes como una nómada —me gano una mirada poco amistosa de su madre y trato de arreglarlo—. He vivido en Inglaterra, en París, y aquí, en Estados Unidos.

Echo las manos hacia delante y hago la rueda. La conecto con otra seguida, porque soy así de chula y termino con un pino puente.

—¿Y dónde aprendiste a hacer eso? —pregunta Liam rebosante de emoción.

Justo como quería.

Clara se da la vuelta sin entender qué se ha perdido y reprende a su hijo.

—Liam, no la atosigues a preguntas. Compórtate.

De inmediato Liam cuadra los hombros y cierra la boca.

Me sabe mal, sobre todo porque tengo la impresión de que lo que quería decir Clara era «no te intereses más por esta chica insulsa que tu madre soy yo».

Espero a que se dé la vuelta, miro a Liam y vocalizo sin emitir ningún sonido «en el circo». Él me sonríe con complicidad.

Me cae bien.

Llegamos a casa bastante rápido, pero ninguno dice nada en el trayecto. La cosa no está tensa, apenas. Voy a durar cinco minutos en este trabajo. Y que me despida va a suponer un montón de problemas. Para empezar, el pobre Liam no sabrá francés.

—Ve a lavarte las manos que vas a merendar mientras estudias con Chloe, tesoro.

—Sí, mamá.

Liam se pierde más allá de la entrada de la casa y es entonces cuando Clara se gira hacia mí poniendo los brazos en jarras.

—No quiero que te tomes tantas confianzas con mi hijo. Eres su profesora y si al final del verano no sabe francés, será culpa mía.

—¿No sería mía?

—Yo soy quien te ha contratado y quien ha puesto su confianza en ti —chista la lengua y me revalúa—. Ya tiene ocho años, no puedo consentir que pierda el tiempo.

—Entiendo que necesita estudiar, ¿pero no quieres que también se divierta un poco?

La expresión de Clara se arruga, pero luego se alivia, como si hasta ahora no se hubiera dado cuenta de lo que decía.

—Claro que sí. Es verano. Debería pasárselo bien.

—Entonces estamos de acuerdo.

A la jefa no le gusta nada que lo estemos, así que me lleva al salón de estudio poniendo cara larga y se marcha sin despedirse.

La sala es grande, bonita y victoriana, lo cual se traduce en una mesa inmensa con sillas antiguas en las que probablemente posaban el culo monarcas europeos muy nazis.

Es evidente que los Ashcroft no tienen ascendencia americana.

Me encantaría cotillear su historia en internet, pero para eso haría falta un móvil que no tengo.

Miro el cuaderno y los libros que hay en una de las esquinas de la mesa y ya tengo ganas de bostezar. Aunque si quiero conservar el empleo, más me vale empezar a hincar los codos.

Marthia, la cocinera, viene con un batido de frutas en la mano para Liam y me pregunta si quiero algo. Sacudo la cabeza de nuevo. Canturreo en soledad mientras saco algo similar a una perla del dobladillo de mi ropa interior y vierto su contenido sobre el batido.

Luego muevo la pajita de cristal y espero a que esos pasos rápidos y ligeros lleguen hasta mí.