Capítulo 11
—H abéis tardado mucho —les reprocho a ambas en cuanto las recibo, despegando los ojos de mi portátil como si pudiera concentrarme en algo más que mi polla satisfecha.
El reloj sobre mi cabeza me excita tanto que como no deje de pensar en ello, una inmensa erección me romperá los pantalones del traje. Y eso sería una verdadera putada.
Damon llegará en dos minutos y medio, y todavía no he terminado el puto informe que quería analizar con él. Se me acumula el trabajo y aún hay que domesticar a la au pair.
—Estaba enseñándole la casa a Chloe .
—Es curioso. No es eso lo que te he pedido que hagas.
Los ojos de mi mujer se encienden.
Hace nada que ha recibido su castigo por no dejarme sus bragas en la almohada esta mañana como le tengo dicho y, por lo visto, ya quiere cobrarse otro.
—Tendré más consideración la próxima vez —dice, a duras penas pudiendo contener su sonrisa lujuriosa.
Con toda seguridad, ya tendrá un charco en las bragas, y estará muerta de ganas de meterse la mano entre las piernas.
Desvío la mirada hasta la nueva. Se ha cambiado de ropa y los vaqueros que lleva ahora son un poco más elegantes que los que llevaba antes, igual que la blusa.
—Bien, Chloe, como ya hemos comentado antes, en esta casa hay unas reglas. He llevado a la cima a una empresa que no era nada, así que sé lo que me hago. Síguelas y no tendrás ningún problema con nosotros. ¿Piensas apuntarlas en alguna parte?
—Oh, no hace falta. Tengo muy buena memoria.
—Insisto —le aguanto la mirada igual que ella a mí y le tiendo un trozo de papel y boli—.
No se interrumpe a nadie cuando habla, no es educado.
Debes evitar las discusiones innecesarias, puesto que es lo más eficiente.
Las puertas cerradas permanecen cerradas.
Puedes tratar la mansión como tu casa, pero entiende que también es la nuestra y necesitamos privacidad.
—Sí, la señora Ashcroft me ha hecho una lista de los lugares prohibidos —asiente como la alumna perfecta.
No tiene ni idea de que, mientras apunta con obediencia, mi mujer me mira como cuando le meto la polla hasta el fondo de la garganta. Como cuando el semen se le desborda por las comisuras de los labios y ella sonríe con la boca llena.
—La puntualidad es una muestra de respeto que se te exigirá dentro del horario laboral. Elevar la voz no resuelve nada y la improvisación no será bien recibida. Como su profesora, esperamos que te tomes la educación de Liam muy en serio.
Se hace el silencio.
—¿Eso es todo? —La sorpresa se impregna en su rostro como las moscas a un cadáver en descomposición.
—¿No te satisfacen?
—Sí, pero… es solo que creía que sería una lista más larga.
—Espero que no te lleves una mala impresión de mí. Las normas facilitan la convivencia. Trabajo en casa, muchas reuniones importantes tienen lugar en distintas zonas de la mansión, y no siempre podré avisaros con tiempo. Lo mejor será que aprendas a respetar el espacio y así no habrá problema.
—Lo hará genial, ¿verdad, Chloe? —pregunta Clara en tono dulce .
La au pair no tiene oportunidad de contestar porque Damon Sanderson entra en el despacho dando tal golpe a la puerta que rebota. Se toma muchas confianzas cuando se la encuentra entornada.
—Vaya, ¿interrumpo? —Mi mejor amigo saluda a Clara, pero yo sigo mirando a la au pair.
Sus ojos parecen ser expresivos a la fuerza, como si se estuviera esforzando mucho en causar una buena impresión.
—Menuda sonrisa, señorita Ashcroft.
—Señora Ashcroft —le corrige.
—¿Alguien está teniendo un buen día? ¿Has hecho alguna maldad, Clara?
—No, Sanderson, ninguna —el tono de mi mujer es seco con él, como siempre.
—¿Qué tal, señor Ashcroft?
—Damon —le saludo—. Aguarda un momento, no hemos terminado todavía. Mi mujer te ha hecho una pregunta, Chloe. No contestarla es descortés.
«Lo hará genial, ¿verdad, Chloe?»,
«Lo hará genial, ¿verdad, Chloe?»,
«Lo hará genial, ¿verdad, Chloe?»,
«Lo hará genial, ¿verdad, Chloe?».
—Por supuesto, señor Ashcroft. Kenerick —se corrige parpadeando muy rápido—. Voy a esforzarme por satisfacer sus exigencias. ¿Puedo hacer una pregunta?
—Adelante .
—¿Existen penalizaciones? —pregunta sobresaltando a mi mujer.
—¿Cómo dices?
—Si cometo algún error, aunque os prometo que voy a esforzarme mucho en no hacerlo, ¿me despediréis en el acto? Si es así, creo que no podré pegar ojo del miedo —hace una mueca.
—Habrá sanciones.
—¿Cuáles?
—Las discutiremos cuando ocurran.
—Si ocurren.
—Si ocurren —corroboro—, pero no te preocupes. Estoy seguro de que sabrás muy bien cómo acatar las normas y seguir estas instrucciones tan sencillas.
—Tío, estás empezando a parecer un mafioso —interviene Damon—. Vas a quedarte sin profe de alemán.
—Francés —le corrige Clara de forma arisca.
—Aw, cierto, me habré confundido. A veces me despisto sin querer. —Damon la mira por encima de su hombro y si fuera el típico marido celoso ya le habría hecho tragarse sus propios dientes.
—Chloe, ¿te parece si me acompañas a buscar a Liam?
La au pair se ofrece a ir sola, pero Clara no quiere que conozca a Liam sin estar ella presente. Siempre ha sido muy protectora con nuestro hijo.
Tic tac, tic tac, tic tac.