Capítulo 10
V oy a buscar a Chloe a su habitación, pero la encuentro vacía. La camiseta infantil de color rosa con la estrella amarilla en el centro ahora está en la cama. Doblada. Como si no estuviera manchada de sangre. Como si pensara guardarla así en el armario.
La encuentro en la cocina comiéndose un sándwich en compañía de Marthia. La pobre tiene cara de estar muy incómoda, así que supongo que Chloe la habrá obligado a hablar de más de lo imprescindible.
—Estás aquí. Veo que has encontrado la cocina.
—Soy una abejita exploradora buenísima, señora Ashcroft. Perdón, Clara.
Recorro el atuendo que lleva ahora puesto. Es una blusa abotonada. No habría reparado en ella más de dos segundos seguidos de no ser porque es del mismo color que mi vestido. Blanco.
—He pensado que sería ideal ir acorde con mi habitación.
—Es estupendo. Sígueme. —Salgo al pasillo y me sigue sin rechistar.
—Sois un matrimonio encantador. Kenerick parece tan dulce como tú.
Freno mis pasos y la estudio con la mirada.
No me gusta un pelo que lo tutee. De nuevo, no soy celosa, pero ese es un comentario extraño que decir sobre tu jefe. Sobre todo porque Kenerick es de todo menos dulce.
—¿Te lo ha parecido?
—Sí. Como tú. —Sonríe con demasiada alegría.
No sé qué es lo que me molesta, nadie en su sano juicio se quejaría de que la sonrisa de otra persona es demasiado alegre. Pero es que tiene tantos, tantísimos dientes…
—Verás, Chloe, sé que esta va a ser tu residencia y de corazón pretendo que te sientas cómoda. Pero hay zonas de la casa a las que preferiría que no fueras. Es una mansión muy grande, así que de cualquier forma tendrás espacios de sobra en los que entretenerte .
—Estoy segura de que sí.
Me mira como diciendo «puedo encontrar a tu marido y follármelo en cualquier habitación fuera de tu estúpida lista», y siento una punzada de rabia. Lo achaco a que Verónica suele soltar comentarios inapropiados y me ha puesto a la defensiva.
Desvío la mirada y echo a andar de nuevo.
Estás demasiado dolorida para pensar con claridad, tonta. Chloe es maja y Liam la necesita, ¡no la pifies!
—¿Crees que podrías decirme las salas a las que tengo prohibido ir?
—Claro —hago una mueca pensativa subiendo la escalera—. Para empezar, el sótano.
—¿Por qué? ¿Es donde guardáis a las au pairs que no dieron la talla? Perdona, era solo una broma.
—El dormitorio principal, ya que no se te ha perdido nada allí —prosigo—. Ah, y al de Liam tampoco puedes ir.
—¿No estudiaremos en su habitación?
—No. Desde luego que no. Vas a ser su profesora, pero os reuniréis solo en la planta baja. Es sano que ambos tengáis privacidad.
—Me parece muy bien.
—Por descontado, tienes prohibido ir al despacho de mi marido y…
—No pensaba ir al despacho de Kenerick, tranquila.
Me va a llevar por el camino de la amargura oírla pronunciar su nombre.
—Al jardín trasero tampoco puedes ir. Y eso sería todo.
Ella me mira con una diversión juvenil que evidencia que desearía preguntarme por qué está prohibido. No lo hace.
—Ningún problema.
—Gracias por tu comprensión, Chloe —digo con una sonrisa tensa—. Vamos, mi marido nos espera en su despacho.
—Creía que no podía entrar allí.
—Obviamente puedes hacerlo si uno de nosotros te lo pide, Chloe, por favor —evito las ganas de poner los ojos en blanco.
Si no fuera tan cordial pensaría que se está riendo de mí.
Yo soy así, quiero tratarla bien. ¿Por qué me irrita tanto?
—Después puedo enseñarte algunas salas divertidas —le digo cuando estamos a punto de llegar—. ¿Te gusta leer? ¿El cine? ¿Hacer deporte? Tenemos un gimnasio.
—Me gusta hacer ejercicio, pero creo que viviendo en un lugar como este ya cubriré mi cupo de calorías gastadas. Tu casa es preciosa, Clara, y muy grande.
Me hace sentir orgullosa oírla hablar bien de la mansión Ashcroft y por fin, le sonrío con complicidad.
Vamos a llevarnos bien, Chloe. Quizá incluso podamos ser amigas. Quizá encuentre en ti lo que no consigo tener con Verónica.
—Muchas gracias. De acuerdo, ahora no hagas muchas preguntas, escucha con atención y nos iremos pronto del despacho, ¿vale? Mi marido tiene mucho trabajo y no puede perder el tiempo contigo, ¿de acuerdo?
—Hecho. ¿Puedo hacerte una pregunta a ti, Clara? —se balancea sobre sus talones, un gesto que se me antoja demasiado cordial.
Acabamos de conocernos, no debería estar tan cómoda conmigo.
Quizá debería replantearme lo de tutearnos.
—Sí, Chloe, dime.
—¿Quién es Melisa?
El corazón deja de latirme en el pecho. El subidón que me ha dado acostarme con mi marido me lo quita de golpe la joven au pair .
Es como si me hubiera clavado un puñal en el pecho.