Ha entrado en casa (Depredador Enmascarado 1) Capítulo 7
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Capítulo 7

M átame camión.

Si quisiera decirlo finamente, diría que esto no es ná’ de lo que esperaba. Vamos, que esperaba otra cosa.

La casa tiene un rollo victoriano gótico y gris que solo he visto en mis pesadillas, ¿pero la pequeña habitación que me presenta Clara? Es luminosa a rabiar. Tiene dos grandes ventanales de techo a suelo, con una peculiar ausencia total de… cortinas.

Y es evidente que las hubo porque todavía está la barra donde se colgaban.

Las paredes son blancas y la cama también. Y el suelo. Y el pequeño armario. Y el diminuto baño con ducha que hay tras una puerta. También blanca. De hecho, lo único que no es de color blanco soy yo, que voy toda colorida.

—Es bonita, ¿verdad?

—Como un bonito manicomio —murmuro.

—¿Cómo dices? —se gira hacia mí sonriente.

—Me encanta. Pero la cama es un poco pequeña, ¿no? —y los muebles también lo son.

—Esta era la antigua habitación de mi hijo.

La voz de mi cabeza grita que miente.

No solo porque ningún niño vivo podría permanecer aquí durante más de dos minutos sin mancharlo todo. O al menos algo.

Sino porque todo se ve nuevo, sin usar. ¿Por qué la señora Ashcroft es una sucia embustera?

—Espero que, pese a todo, te sientas cómoda.

—Desde luego, Clara. Gracias.

—De nada, ¿sabes lo mejor de todo? —me acompaña a la ventana y señala con el índice—. Ese de ahí es nuestro dormitorio.

—Anda, sí… qué guay.

—¿Te gusta?

—Es una habitación preciosa, Clara. Además, el aire fresco me encanta y… —me estampo contra la ventana cuando la empujo y no se abre más que un palmo—. ¿Le pasa algo a esta ventana?

—No se abre más que eso. Es por seguridad, Chloe, estás en un segundo piso, pero la caída de aquí es mortal. Es mejor no correr riesgos.

Hay un deje espeluznante en cómo lo dice.

Como si ya hubiera pasado antes. Como si alguien ya se hubiera espachurrado contra el suelo tras caer del lugar exacto en el que estoy yo ahora, y los locos que habitan entre estas paredes hubieran decidido tapar el color de la sangre con el blanco de manicomio.

Esta mansión tiene pinta de haber despachado ya a unos cuantos.

De repente oímos a alguien en el pasillo y Clara lleva sus nerviosos andares hasta la puerta.

—¿Amor? ¿Eres tú? —Me mira mordiéndose el labio como una chica de instituto que espera que aparezca su novio el quarterback con la moto barata que ha podido… robar—. Reconozco sus pasos. Es él.

—Soy yo. Y no estoy contento —su voz rotunda y cabreada es bastante cautivadora.

Dándome la espalda, el señor Ashcroft empuja a Clara hasta la pared de enfrente y le mete la lengua hasta la campanilla acelerándome el pulso y secándome la boca.

Qué dulce. ¿Cuántos son los morreos de rigor antes de sacar el látigo ?

Aunque quizá no sea él quien la maltrate, quizá ella le esté poniendo los cuernos con el entrenador de pádel.

¿Follarán con la ropa puesta para que él no se haya percatado?

—Amor, espera, tenemos compañía —dice ella entre susurros y risitas—. La nueva au pair ha llegado. Está detrás de ti, en la habitación.

—¿Aquí?

—Sí, así no se echarían a perder… —Clara baja tanto el tono que no oigo el resto de la frase, pero me da que «los muebles usados» no era como iba a terminarla.

—Si así es como quieres hacer las cosas… —Kenerick da el tema por zanjado, pero la disconformidad en su tono ha crecido.

Entonces Mr Hombros Anchos se da la vuelta y, aunque ya sabía que era alto, lo último que cualquier inocente au pair esperaría es que…

Guau.