Capítulo 2
E ntro en el chat de Kenerick y veo que tengo un mensaje pendiente de leer.
Kenerick
Se me seca la boca. Tiro el móvil dentro del bolso, arranco el coche y acelero con el pulso desbocado.
Ahora sí que se me ha echado el tiempo encima.

En cuanto llego a casa, salgo del coche a toda velocidad.
Lo habitual es que mi marido trabaje parte de su jornada en el despacho de la mansión y parte en la empresa. Eso significa que ahora está en la oficina, así que, por desgracia, no puedo enmendar mi error.
Creo oír pisadas en el piso de arriba y durante un ridículo segundo tengo palpitaciones. Al subir la gran escalera central me doy cuenta de que no es más que mi imaginación.
Qué pena.
Hago lo que está en mi mano para que, cuando Kenerick vuelva a casa, lo encuentre todo a su gusto. Justo al terminar oigo el timbre. ¡La au pair ya está aquí! A veces Marthia, la cocinera, va a la puerta si no puedo atenderla yo, así que corro escaleras abajo para que no tenga que molestarse.
—¡Tranquila, Marthia, yo me encargo! —le digo de lejos, pero ella no me responde, solo da media vuelta y se va.
La verdad es que es una mujer algo seca, no muy dada a hablar si no es necesario. Ni a sonreír. Pero cocina que te mueres .
Tiro de la puerta y pongo mi mejor sonrisa para recibir a nuestra nueva criada. ¡Au pair! Nuestra nueva au pair. ¡Maldita seas, Ronnie!
—¡Bienvenida, Annab…! —me quedo a medias de la frase cuando encuentro a una chica preciosa, pero distinta a la que iba a enviarme la agencia—. ¿Puedo ayudarte en algo?
—Hola, soy la nueva au pair… con suerte.
—No lo entiendo, ¿eres Annabelle Brown? —La repaso de arriba abajo por si me falla la vista.
La muchacha se frota las manos nerviosa y reparo en sus uñas. Son demasiado pequeñas. Casi inexistentes. Hace una mueca y sacude la cabeza.
—Nop. Verá, señora Ashcroft, esto le va a sonar mal y espero de corazón que no crea en el destino, ni en los malos augurios, pero… Annabelle ha sufrido un accidente muy chungo.
—¿Qué me dices? ¿Cuándo?
—Esta mañana, hace bien poco. Mi mejor amiga me ha pedido que viniera a cubrirla.
Ambas nos dedicamos a lo mismo y necesitamos el dinero.
Mucho —hace hincapié en esa palabra—. Le he prometido que bordaría la entrevista y que le daría el cincuenta por ciento de lo que ingrese, así que aquí estoy…
Pensando en que quizá no debería haber vendido la piel del oso antes de cazarlo.
—El cincuenta por ciento es muy generoso por tu parte.
—No tanto. Es mi mejor amiga .
Me conmueve.
Hasta me contrae un poco el corazón.
El accidente ha sido esta mañana y su mejor amiga ha saltado de inmediato. Dejando a un lado los planes que seguro que tenía.
No me imagino lo que sería tener a alguien así a tu lado.
—No puedo prometerte nada, pero podría hacerte una entrevista y ver si encajas en lo que busco.
—Eso sería genial.
—¿Puedo saber cómo te llamas?
—Chloe Vilmort. Entonces, ¿puedo pasar, señora Ashcroft?
—Claro, cielo, adelante. Entra en casa.
La puerta emite un gran estruendo al cerrarse tras ella.