Capítulo 3
M enuda choza, colega. ¿Así vive la peña? Santa Madonna.
ESTO ES UN PALACIO.
Visto lo visto me sorprende que no haya venido a recibirme un séquito de esclavos perfumados con el bigote rizado en las puntas y un palo metido por el culo.
Quizá sea la forma que tiene la señora de la casa de parecer más cercana. Una tía campechana de las que dicen «eh, seré rica, pero tengo algo de humanidad en el cora» .
Ná más cruzar el umbral de la puerta se me descoloca la mandíbula como si fuera a hacer la mamada del siglo. La inmensa lámpara sobre mi cabeza posee una flipante amalgama de pequeños cristales colgantes que tienen pinta de estar bendiciendo a los mortales que llegan a esta mansión.
El recibidor parece el lugar donde el banco te arranca un riñón, pero el saloncito principal al que me lleva la señora Ashcroft es ya donde te quitan los dos pulmones del tirón.
Hay mármol blanco con vetas grises por todas partes. Pero del caro. No del que dice «tengo pasta gansa», sino del que grita «podría comprar el edificio en el que vives, echarlo abajo y construir encima un jardín solo para mis putas hortensias».
Paredes altísimas que te hacen sentir un bote de lubricante olvidado en un cajón, un piano de cola que seguro que hasta los mayordomos saben tocar a la perfección, un sofá blanco frente a otro, separados por una mesita de café, una chimenea… En fin, el típico salón de enseñar.
El pretencioso. El de «mirar sí, tocar no, respirar ya veremos».
Fijo que aquí es donde reciben a todas las visitas y el resto de habitaciones de la casa están tan vacías como mi alma. Me pregunto si tendrán biblioteca propia y si contarán con algún diccionario de francés que puedan prestarme.
—Toma asiento —dice la señora Ashcroft y si no se está preguntando si tengo piojos o si va a tener que llamar a seguridad para que me largue de aquí, yo ya me contento.
—Es una casa preciosa. —Sonrío aliviada de que todavía no tenga ganas de atropellarme con su Bentley.
—Gracias, eres muy amable.
Vale, es evidente que no le ha gustado la sorpresa. Mátame camión.
—Gracias por acceder a entrevistarme —digo sincera.
Se hace el silencio.
En los túneles del terror lo que abundan son los sustos porque a todos nos aterra un poquitín lo que no podemos controlar y esta mujer tiene pinta de que si la ropa no le queda bien planchada, la vuelve a poner a lavar. ¿Saes’ lo que te digo?
Clara separa los labios y estoy segura de que es para decirme que me vaya poniendo delante del capó de su Bentley, pero en vez de eso…
—¿Annabelle está bien? ¿El accidente ha sido grave?