Ha entrado en casa (Depredador Enmascarado 1) Capítulo 1
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Capítulo 1

Westchester, NY.

H oy es un gran día. Hace un sol de verano espectacular y me he puesto mi vestido más ideal, a juego con las perlas que más me gustan.

Quedan algo ocultas por mis intentos de taparme la piel con el cuello del vestido, pero me hacen sentir bien incluso cuando solo las veo yo.

Llevar a Liam a la escuela de verano me ha regalado un trayecto en coche lleno de risas y, para rematar, ahora estoy tomando un café negro con mi mejor amiga en mi restaurante favorito. ¿Qué más se le puede pedir a la vida? Nada, supongo.

—¿Quieres un cigarrillo de postre, amiga? —pregunta Verónica, a quien ni siquiera le gusta fumar.

—Sabes que dejé el vicio hace tiempo.

—Cierto, cierto.

—Cualquiera diría que te gusta tentarme.

—¿A mí? No, mujer, no. —Mueve el cigarro como si fuera incienso—. ¿Cómo está tu hijo, Clara? ¿Está contento en la escuela de verano?

—Sí, le encanta. Es muy sociable, además dice que está aprendiendo mucho. ¿Al tuyo también le va bien? —Me intereso por pura educación, por ser recíproca, aunque en verdad me da súper igual.

SOY LO PEOR.

No, a ver, me preocuparía si le ocurriera algo malo a su hijo y, ojo, ¡no deseo que eso ocurra! Pero si está sano y salvo, preferiría que no fuera el centro de nuestra conversación. Al menos, no de t-o-d-a-s.

Verónica Cashmore se pasa diez minutazos hablando sobre las nuevas raquetas de pádel de su hijo mientras yo repaso mentalmente la última escena erótica que leí anoche en el libro que estoy devorando.

Él es un motero y ni siquiera se quitó el casco, con eso te lo digo todo.

Lo cierto es que dudo que Verónica y yo fuéramos amigas de no ser porque ambas tenemos hijos de ocho años que estudian juntos.

Me esfuerzo por tres motivos: porque es la mujer del alcalde y si te odia, te odiarán todas las madres, porque no quiero estar más sola que la una y porque no quiero crearle problemas a Liam en el cole de verano o el otro.

Sé muy bien lo mal que se pasan los años escolares cuando te consideran un bicho raro.

—¿No te parece que antes los camareros eran más elegantes? —pregunta mirando por encima del hombro al personal que, por suerte, está lo bastante lejos como para no oírnos.

—¿Tú crees? —Hago una mueca.

Me examina con la misma antipatía.

—¿Ese vestido no era más bonito antes?

—¿Antes?

—¿No tenía una raya lateral y unos pines en el pecho?

—No, ese… ese es otro vestido. — Se fija tanto en los detalles que da un poco de mal rollo—. Cielo, me tengo que ir ya a casa. Hoy llega el nuevo miembro de mi familia.

—Ay, Clara, ¡qué cosas tienes! —Se lleva la mano a la boca para carcajearse a gusto en ese gesto snob que hace ella y todas sus amigas.

—¿Qué quieres decir? —Frunzo el ceño sin perder la sonrisa.

—No finjas que no lo sabes. —Se inclina sobre la mesa como si fuera a contarme un gran secreto—. Se llama au pair, pero se traduce como esclava. Estás contratando a una criada por el precio de una estudiante. ¿Qué ocurre? ¿Las cosas no van bien en el negocio de Kenerick? —Vuelve a carcajearse.

Aprieto los dientes enrabiada con su pregunta y molesta de oír el nombre de mi marido en los labios de otra. Lo cierto es que no, el negocio no está pasando su mejor momento, pero eso ella ya lo sabe. Cometí el error de decírselo tras una discusión con mi marido. Un error que no volveré a repetir.

—No será ninguna criada, Ronnie. —Uso el diminutivo porque sé que lo odia y disfruto de ver cómo se tensa su expresión.

Me levanto tardando eones en colgarme mi bolso al hombro, que, por cierto, es cinco veces más caro que el suyo, a la espera de que lo vea bien—.

La encantadora chica que va a enviarnos la agencia se encargará de enseñar francés a mi hijo, nada más.

—Pero vivirá con vosotros, ¿no?

—Sí. La mansión Ashcroft es tan grande que podríamos traer dos docenas de au pairs y ni siquiera cruzarnos durante el día.

—Suena genial. —Sonríe tensa.

—Ah, y ya que muestras tanto interés, te alegrará saber que las cosas han mejorado mucho en la empresa.

—¿Sí? ¿Desde cuándo?

—Desde que consiguieron un grupo nuevo de inversores hace dos semanas. —Le guiño el ojo—. Estás invitada al desayuno, cielo.

Antes de salir hago un leve gesto a Louie, el camarero que siempre me atiende, para que lo cargue en mi cuenta. Él sonríe porque sabe que siempre que lo hago, le dejo el doble de propina por las molestias.

Creo que odio a esa tía.

Al llegar al coche me aseguro de que las ventanillas están subidas y grito hasta quedarme a gusto.

Me quito los tacones y los dejo en el suelo del copiloto donde hay algo gris parecido a ceniza, pero que no puede ser porque ni mi marido ni yo fumamos.

—“Istís cintritindi ini criidi” —imito su voz mientras me recojo el perfecto pelo liso en un moño mal hecho—. ¡Será repelente!

De repente, miro a mi alrededor en el aparcamiento con una sensación extraña en el pecho. Llevo días… mira, fijo que no es nada, que son paranoias mías, pero tengo la impresión de que alguien me observa allá donde voy. En pilates, en la peluquería, cuando cojo el coche, cuando voy de paseo…

Sé que es imposible, pero ahí está otra vez: el nudo en mi pecho.

—Paranoica —canturreo solo para mí.

Sacudo la cabeza y saco el móvil del carísimo bolso que mi marido me regaló en nuestro primer aniversario y compruebo si tengo mensajes nuevos.

Tengo uno. Es de mi marido.